Meditaciones del Reverendo David J. Calvo de la IELU del 27 de Noviembre al 6 de Enero de 2012

16 11 2011

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Meditaciones del Reverendo David J. Calvo de la IELU

19 05 2011

Domingo 22 de Mayo 5°-Pascua-A-Constructores

Domingo 29 de Mayo6° Pascua-A-Iglesia del amor

Domingo 5 de Junio Ascensión-A- Ascensión

Dominfo 12 de JunioPentecostés-A-Revolución

Domingo 19 de Junio Trinidad-A-Icono





Cristo Jesus, Respuesta a La Crisis

30 07 2010

Catedral de San Lorenzo, Alemania.

28 de Julio de 2010.

Mateo 14: 13-20

  1. INTRODUCCIÓN.

El trabajo del Reino es cansado, se requiere de energía y cuando interviene las fuerzas de la energía del Espíritu Santo, existe la capacidad para soportar tanto trabajo, tantos esfuerzos, tantos problemas, tantas necesidades, tantas incomprensiones y hasta traiciones. Lee el resto de esta entrada »





Confesión de Augsburgo

24 06 2009

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INTRODUCCION HISTORICA

La versión castellana de la Confesión de Augsburgo que ofrecemos aquí es traducción del original alemán. Está destinada al público en general que desee leer en español este documento de verdadera relevancia histórica.

La traducción estuvo a cargo del Profesor Roberto Hoeferkamp, del Centro Augsburgo de México.

La confección y la presentación de la Confesión de Augsburgo constituyeron el punto culminante del movimiento reformista de la iglesia occidental durante la década de 1520 a 1530.

En 1521 Martín Lutero y sus seguidores fueron puestos bajo el interdicto imperial a consecuencia de la acción de la dieta de Worms. Sin embargo, no fue posible hacer cumplir el decreto de Worms, ya que el emperador Carlos V estuvo ocupado en guerrear contra Francia e Italia y en los preparativos para hacer frente a la amenaza de los turcos.

Entretanto, los príncipes y algunas ciudades de Alemania se habían declarado a favor de una u otra parte. En general, el sur permaneció fiel a Roma. En 1524 un legado papal, Lorenzo Campegio, logró la formación de una liga de los príncipes católicos de la región. El norte se inclinaba hacia Lutero. Los príncipes de Brandenburgo, Nüremberg y Mansfeld simpatizaban con él. Ciudad tras ciudad, inclusive algunas del sur, se declararon a favor del reformador, entre ellas Magdeburgo, Augsburgo, Estrasburgo, Nüremberg y Ulm.

Cuando se reunió la dieta en Espira, el 25 de junio de 1526, a pesar de la exigencia del emperador de que el edicto de Worms fuese cumplido, la dieta decretó que, “pendiente un concilio o asamblea nacional”, cada uno de los príncipes “viviese, gobernase y se portase en la forma el que espera y confía dar cuenta a Dios y a su majestad imperial”. Esto fue interpretado en el sentido de dar a los príncipes y a ciudades luteranas la autoridad de regular sus asuntos religiosos como les pareciera. Cuando apartir del 21 de febrero de 1529 la dieta se reunió de nuevo en Espira, dominada por una mayoría católica romana, se ordenó que no se hiciese ningún cambio más en la religión, que en los territorios católicos romanos no se diese libertad de culto a los luteranos, pero que en los territorios luteranos se decretase la tolerancia a los católicos romanos. Los luteranos de la dieta presentaron una protesta formal (19 al 25 de abril), dándose origen al término “protestante” que se aplicó a los que disentían de la opinión de la iglesia romana. Uno de los resultados de la segunda dieta de Espira fue la tentativa de formar una federación política entre los luteranos, los alemanes del sur y los suizos. Los individuos que tuvieron más interés en esta federación fueron el langrave Felipe de Hesse y Jacobo Sturm de Estrasburgo. Sin embargo, Lutero y su colaborador, Felipe Melanchton, se opusieron a la propuesta de una federación política que no tuviese como base la unión de la profesión de la fe en común. Durante una reunión en Saalfed, el 8 de julio el margrave Jorge de Brandenburgo-Ansbach pidió como condición para cualquiera federación la adopción de una confesión y orden eclesiástico comunes y otros arreglos prácticos. De acuerdo con esta petición, el lector Juan de Sajonia ordenó que Lutero, Melanchton y tal vez algunos otros teólogos preparasen unos artículos doctrinales. El documento preparado entre el 26 de julio y el 14 de septiembre contenía diecisiete artículos, que exponían la posición distintiva de Lutero, especialmente en cuanto a la cena del Señor. Los antecedentes doctrinales de estos artículos se hallan tanto en la confesión que Lutero añadió a su escrito Confesión acerca de la Santa Cena de Cristo del año 1528, como en la Instrucción para los Visitadores que fue elaborada con motivo de las visitaciones eclesiásticas realizadas en Sajonia durante el mismo año.

También con miras a establecer la federación política entre los luteranos y los suizos, el langrave Felipe de Hesse propuso una reunión entre Lutero y Ulrico Zwinglio, el jefe de la reforma suiza. Aunque Lutero se opuso al principio a tal reunión, al fin dio su consentimiento.

Durante los días 1 al 4 de octubre de 1529 se encontraron frente a frente Lutero y Melanchton con Zwinglio y Ecolampadio en el castillo del langrave Felipe de Hesse en Marburgo. En el transcurso de estos días se hizo más y más evidente la imposibilidad de un acuerdo, sobre todo referente a la cena del Señor. Sin embargo, Felipe no desesperaba de poder formar una liga defensiva y persuadió a los dos partidos a redactar una declaración de quince artículos. En catorce de éstos estuvieron de acuerdo las dos partes. El decimoquinto tenía que ver con la santa cena, y aún en éste hubo acuerdo en todos los puntos, menos en el que trata de la naturaleza del a presencia de Cristo en el sacramento. Sin embargo, todos firmaron con la estipulación de que “cada cual mostraría amor cristiano hacia el otro hasta donde la conciencia de cada uno lo permitiera”. A estos quince artículos, por el lugar en que se formularon, se los denominó “los Artículos de Marburgo”. Aproximadamente quince días después de la reunión de Marburgo, varios príncipes se reunieron en la ciudad bávara de Schwabach con el fin de llevar a cabo la anhelada federación protestante. Los artículos escritos por Lutero y Melanchton, con la cooperación de otros teólogos en el verano de 1529, a los que acabamos de referirnos, fueron presentados como la base doctrinal o confesional de la federación. Por ser presentados en este lugar, los diecisiete artículos recibieron el nombre de “los Artículos de Schwabach”. En ellos se registra la primera tentativa de crear una confesión común del protestantismo alemán, en base de la cual se procuró establecer un acuerdo político entre Sajonia y Brandenburgo, por una parte, y las ciudades de Alemania, por otra. Los del sur, que estaban bajo la influencia de Zwinglio, insistieron en una modificación de la doctrina del sacramento de altar, y los del norte rehusaron rotundamente la sugestión. Por tanto, los Artículos de Schwabach sirvieron únicamente como base de unión entre el elector Juan el Constante de Sajonia, el margrave Jorge de Branderburgo-Ansbach y los representantes de la ciudad meridional de Nüremberg. A principios de 1530 el emperador mismo tomó cartas en el asunto político-religioso. Carlos ya había derrotado tanto al rey de Francia como a las fuerzas militares aliadas con el papa. Las tropas imperiales de España y Alemania habían saqueado a Roma. Sin embargo, Carlos se había reconciliado con el papa y estaba a punto de ser coronado por éste. Sintiéndose ya lo suficientemente fuerte como para encarar los problemas de Alemania, el día 21 de enero Carlos convocó una dieta que se reuniría en Augsburgo dentro de pocos meses. La convocatoria mencionaba los dos propósitos de la dieta: Borrar las diferencias religiosas, y conjurar el problema del turco. El emperador prometió escuchar a todas las representaciones. Esto exigía de los protestantes una declaración de sus creencias y de sus críticas a las antiguas prácticas religiosas. Según la convocatoria, el fin deseado de las negociaciones de la dieta sería el que “todos adoptemos y retengamos una sola religión verdadera y que todos vivamos en una sola comunión, iglesia y unidad, tal como todos vivimos y guerreamos bajo un solo Cristo”. Cuando la convocatoria llegó a manos del elector Juan de Sajonia, el 11 de marzo, éste comisionó inmediatamente a sus cuatro teólogos más distinguidos: Martín Lutero, Felipe Melanchton, Justo Jonas y Juan Bugenhagen para preparar un documento que explicara la posición doctrinal y las peticiones de la iglesia de Sajonia. El documento finalmente constaba de diez artículos y fue designado con el nombre de “los Artículos de Torgau”, porque fueron presentados al elector en la ciudad sajona de Torgau, el 27 de marzo. Estos artículos tratan principalmente de los abusos relacionados con la práctica eclesiástica que habían sido corregidos en la iglesia de Sajonia, ya que se consideraba que los Artículos de Schwabach, que trataban de la doctrina afirmativa de los sajones, podrían ser utilizados para exponer al emperador tal doctrina. La comitiva sajona, que constaba de teólogos y asesores jurídicos y que era encabezada por el elector Juan el Constante, salió de Wittemberg y Torgau a principios de abril rumbo a la ciudad bávara de Augsburgo. La comitiva se detuvo largo rato en el castillo de Coburgo, ubicado en la frontera entre Sajonia y Baviera. Fue necesario que Lutero permaneciera en Coburgo, por estar todavía bajo el interdicto imperial y por no haber podido obtener salvoconducto. Ya que debido a ello Lutero no pudo tomar parte activa en las negociaciones realizadas en Augsburgo, se le dio a Felipe Melanchton el encargo de escribir la apología (como al principio se la llamaba) de los sajones. Sin embargo, hubo contacto casi continuo con Lutero durante los cinco meses de la permanencia de los sajones en Augsburgo. Existen más o menos setenta cartas dirigidas por Lutero a la ciudad de Augsburgo durante ese período, treinta y dos de ellas a Melanchton. Sabemos de treinta y nueve cartas escritas desde Augsburgo por Melanchton a Lutero.

Cuando la comitiva sajona llegó a Augsburgo el 2 de mayo, se topó con un acontecimiento inesperado. El Dr. Juan Eck, teólogo y apologista romano, había hecho publicar y circular en Augsburgo 404 artículos o tesis contra los luteranos. En estos artículos Eck había coleccionado muchas citas de las obras de Lutero, Melanchton, Zwinglio y otros, sacándolas de sus contextos. Mediante estas citas Eck se propuso mostrar que había poca diferencia entre las enseñanzas de los luteranos y la de los anabaptistas y que todas ellas no eran sino un recrudecimiento de herejías ya condenadas por los concilios de la iglesia. En el prefacio de su documento Eck incitó a Carlos a defender la fe ortodoxa y a proceder con energía contra los nuevos herejes. Melanchton obtuvo un ejemplar de este documento e inmediatamente se dio cuenta del efecto mortífero que ejercía contra la causa luterana. Se hizo muy evidente la necesidad de que los sajones preparasen y presentasen otro tipo de documento en el que se hiciera resaltar la relación del movimiento encabezado por Lutero con la fe ortodoxa de la iglesia antigua y en el que se señalaran enfáticamente las diferencias entre los luteranos, por un lado, y los anabaptistas y zwinglianos, por el otro. Solo de esta manera se podía contrarrestar el efecto de los artículos de Eck.

Melanchton se puso a trabajar afanosamente para poder tener listo algo adecuado en un plazo perentorio. Para el 11 de mayo ya había terminado un borrador de su manuscrito que remitió a Lutero en Coburgo. En la carta adjunta al manuscrito Melanchton escribió: “Nuestra ‘apología’ ha sido enviada a ti, aunque es más bien una confesión; porque el emperador no dispondrá del tiempo para escuchar largas discusiones. Sin embargo, he dicho aquellas cosas que consideré especialmente provechosas y apropiadas. Con este propósito he incluido más o menos todos los artículos de la fe, porque Eck ha publicado las calumnias más diabólicas contra nosotros. Contra ellas quise yo proporcionar un remedio. Juzga en cuanto a todo lo escrito, conforme a tu espíritu”. Este documento constaba de un prefacio, una sección de “artículos sobre la fe y doctrina”, una sección de “artículos sobre los cuales hay división, en los cuales se enumeran los abusos que han sido modificados”, y una conclusión. Para la primera sección se utilizaron los Artículos de Schwabach, que recalcaban las diferencias entre los luteranos y los partidarios de Zwinglio, los “sacramentarios” y los anabaptistas, en lugar de los Artículos de Marburgo, que más bien subrayaban semejanzas y concordancias. Como base de la segunda sección se echó mano de los Artículos de Torgau. Este documento posteriormente se perdió, y por lo tanto no sabemos si Lutero hizo cambios o no. No obstante, tenemos la carta que Lutero escribió el 15 de mayo, al devolver el manuscrito a Melanchton en Augsburgo,. Un párrafo de la carta reza así: “He leído la apología del maestro Felipe. Me agrada y no sé qué mejorar o cambiar en ella; ni sería correcto hacerlo, porque no puedo pisar tan gentil y suavemente. Cristo nuestro Señor conceda que lleve mucho fruto; así esperamos y oramos. Amén”. El borrador más antiguo de la confesión que conocemos lleva fecha del 31 de mayo. Este se envió a Nuremberg con el siguiente comentario: “Todavía faltan un artículo o dos al final, y también una conclusión, en la composición de los cuales los teólogos están trabajando”. El texto de este borrador difiere en algunos puntos del borrador que había visto Lutero, pero contiene las mismas partes. Entre el 31 de mayo y el 15 de junio se hizo una tercera formulación de la confesión. Durante ese período se decidió que la confesión fuera presentada no sólo por los sajones, sino que constituyera la confesión de fe en común de todos los territorios y ciudades alemanas que habían acogido la reforma de Wittenberg, Aparentemente se tomó esta decisión con el fin de presentar mayor solidaridad ante el emperador, quien había llegado a Augburgo el 7 de junio y por diversas acciones mostraba que en lo personal no estaba bien dispuesto hacia los adherentes de la reforma. Los artículos XX y XXI ya aparecen en el borrador del 15 de junio, el cual constituye el eslabón entre el borrador del 31 de mayo y el documento final que se presentó y se leyó ante el emperador.

Al langreve Felipe de Hesse se le persuadió durante el transcurso de junio que sería imposible presentar una confesión de fe común que abarcara tanto a los suizos como a las ciudades alemanas meridionales (Estrasburgo, Constanza, Memmingen y Lindeau) que eran partidarias de Zwinglio. Felipe accedió a firmar la confesión, pero él influyó en la formulación del último borrador. Por ejemplo, logró convencer a los demás que el prefacio escrito por Melanchton, que apelaba solamente al juicio del emperador, estaba fuera de lugar. Por consiguiente, el canciller sajón Jorge Brueck compuso un nuevo prefacio, en el cual hizo referencia a las decisiones de otras dietas y así colocó la confesión dentro de un marco legal. También se redactó de nuevo la conclusión. Hasta el 23 de junio continuó haciéndose toda clase de cambios estilísticos en el texto de la confesión. Los que firmaron fueron el elector Juan, duque de Sajonia; el margrave Jorge de Brandenburgo; el duque Ernesto de Luneburgo; el langrave Felipe de Hesse, Juan Federico, duque de Sajonia; Francisco, duque de Luneburgo; el príncipe Wolfgang de Anhalt, y las ciudades de Nuremberg y Reutlingen.

Cuando llegó la tarde del día 24 de junio, los firmantes estaban preparados. El canciller Brueck tenía la versión latina, que todavía estaba escrita con el puño y letra de Melanchton, por haber faltado el tiempo para copiarla. El Dr. Cristián Beyer, colega del Dr. Brueck, tenía en su posición la versión alemana. Pero por lo visto el emperador y Fernando, su hermano, trataron de posponer la lectura pública del documento para evitar que se leyera en su totalidad. Ya muy tarde, después de la discusión del problema de los turcos, se concedió la palabra al canciller Brueck. El emperador sugirió que se le entregara el documento sin ser leído. Pero el canciller recordó a Carlos que el permiso de la lectura pública ya se había concedido y pidió que esa lectura se hiciera en alemán. Ni Carlos ni Fernando quisieron permitir que se leyera en alemán, haciendo otro esfuerzo porque la confesión no fuera conocida por el pueblo. El elector Juan hizo mención de que, puesto que la dieta se había reunido en tierra alemana, sería muy conveniente dar lectura al documento en el idioma del país. Carlos vio que no le quedaba otra salida y anunció la lectura pública en alemán para el día siguiente a las tres horas de la tarde. Pero el emperador cambió el lugar de la sesión de la amplia sala conciliar, normalmente usada, a la sala capitular del palacio del obispo (la residencia de Carlos), que no admitía a más de doscientas personas.

En la tarde del 25 de junio el Dr. Cristián Beyer dio lectura al ejemplar alemán de la confesión de un modo tan fuerte y claro que la oyeron, no sólo las personas que estaban dentro de la sala, sino también las que se encontraban fuera en el atrio grande. La lectura duró aproximadamente dos horas. Al concluir la lectura, se hizo entrega de los dos ejemplares, el alemán y el latino, al emperador. Desde entonces no se ha sabido más del ejemplar alemán. Según una tradición que es probablemente correcta, el ejemplar latino fue depositado en los archivos de Bruselas. Pero en 1569, el emperador Felipe II dio instrucciones al duque de Alba de traer el documento a España, “para que se hunda para siempre tan malvada obra”. Debe tomarse nota del hecho de que otras dos confesiones protestantes fueron presentadas ante la dieta de Augsburgo: la “Tetrapolitana” de las cuatro ciudades meridionales de Alemania, escrita por Martín Bucero; y la “Fidei Ratio” (Razón de la Fe) de Zwinglio. Para justipreciar la índole de la Confesión de Augsburgo y sus efectos históricos, es necesario llamar la atención sobre el hecho de que ella es a la confesión de la fe fundamental de todas las ramas de la iglesia evangélica luterana esparcidas a través del mundo. En algunos países el nombre oficial de la iglesia luterana es “la iglesia de la Confesión de Augsburgo”. La confesión es verdaderamente católica porque confiesa los dogmas de la antigua iglesia católica. A la vez es genuinamente evangélica, por cuanto la enseñanza paulina de la justificación por la gracia y por la fe es el centro de la confesión e ilumina todas las doctrinas expuestas en ella. Puesto que los originales se han perdido, los textos de la confesión tienen que ser reconstruidos de los veinticuatro borradores y manuscritos (no ejemplares impresos posteriormente) que hasta la fecha se han descubierto. Los textos alemán y latino en que se basan las traducciones que aparecen en este libro son los que se han reconstruido y publicado en Die Bekenntnisschriften der evangelisch-lutherischen Kirche (4ta edición, Gotinga, 1959).

El texto latino de la confesión no es traducción del texto alemán; tampoco representa el texto alemán una traducción del texto latino. Los dos fueron compuestos independientemente, uno junto al otro. Ya que los dos textos fueron entregados al emperador, ambos han de ser considerados auténticos y autorizados.

ILS MODERNA

LA CONFESION DE AUGSBURGO

I. DIOS

En primer lugar, se enseña y se sostiene unánimemente, de acuerdo con el decreto del Concilio de Nicea, que hay una sola esencia divina, la que se llama Dios y verdaderamente es Dios. Sin embargo, hay tres personas en la misma esencia divina, igualmente poderosas y eternas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. Todas las tres son una esencia divina, eterna, sin división, sin fin, de inmenso poder, sabiduría y bondad; un Creador y Conservador de todas las cosas visibles e invisibles. Con la palabra persona no se entiende una parte ni una cualidad en otro, sino que subsiste por sí mismo, tal como los padres han empleado la palabra en esta materia.

Por lo tanto, se rechazan todas las herejías contrarias a este artículo, tales como la de los maniqueos, que afirmaron dos dioses, uno malo y otro bueno; también la de los valentinianos, los arrianos, los eunomianos, los mahometanos y todos sus similares. También la de los samosatenses, antiguos y modernos, que sostienen que solo hay una persona y aseveran sofísticamente que las otras dos, el Verbo y el Espíritu Santo, no son necesariamente personas distintas, sino que el Verbo significa la palabra externa o la voz, y que el Espíritu Santo es una energía engendrada en los seres creados.

II. EL PECADO HEREDITARIO

Además, se enseña entre nosotros que desde la caída de Adán todos los hombres que nacen según la naturaleza se conciben y nacen en pecado. Esto es, todos desde el seno de la madre están llenos de malos deseos e inclinaciones y por naturaleza no pueden tener verdadero temor de Dios ni verdadera fe en él. Además, esta enfermedad innata y pecado hereditario es verdaderamente pecado y condena bajo la ira eterna de Dios a todos aquellos que no nacen de nuevo por el bautismo y el Espíritu Santo.

Al respecto se rechaza a los pelagianos y otros que niegan que el pecado hereditario sea pecado, porque consideran que la naturaleza se hace justa mediante poderes naturales, en menoscabo de los sufrimientos y méritos de Cristo.

III. EL HIJO DE DIOS

Asimismo se enseña que Dios el Hijo se hizo hombre, habiendo nacido de la inmaculada virgen María, y que las dos naturalezas, la divina y la humana, están tan inseparablemente unidas en una persona de modo que son un solo Cristo, el cual es verdadero Dios y verdadero hombre, que realmente nació, padeció, fue crucificado, muerto y sepultado con el fin de ser un sacrificio, no solo por el pecado hereditario, sino también por todos los demás pecados y expiar la ira de Dios. El mismo Cristo descendió al infierno, al tercer día resucitó y está sentado a la diestra de Dios, a fin de reinar eternamente y tener dominio sobre todas las criaturas; y a fin de santificar, purificar, fortalecer y consolar mediante el Espíritu Santo a todos los que en él creen, proporcionándoles la vida y toda suerte de dones y bienes y defendiéndolos y protegiéndolos contra el diablo y el pecado. El mismo Señor Jesucristo finalmente vendrá de modo visible para juzgar a los vivos y a los muertos, de acuerdo con el Credo Apostólico.

IV. LA JUSTIFICACIÓN

Además, se enseña que no podemos lograr el perdón y la justicia delante de Dios por nuestro mérito, obra y satisfacción, sino que obtenemos el perdón del pecado y llegamos a ser justos delante de Dios por gracia, por causa de Cristo mediante la fe, si creemos que Cristo padeció por nosotros y que por su causa se nos perdona el pecado y se nos conceden la justicia y la vida eterna. Pues Dios ha de considerar e imputar esta fe como justicia delante de sí mismo, como San Pablo dice a los romanos en los capítulos 3 y 4.

V. EL OFICIO DE LA PREDICACION

Para conseguir esta fe, Dios ha instituido el oficio de la predicación. Es decir, ha dado el evangelio y los sacramentos. Por medio de éstos, como por instrumentos, él otorga el Espíritu Santo, quien obra la fe, donde y cuando le place, en quienes oyen el evangelio. Éste enseña que tenemos un Dios lleno de gracia por el mérito de Cristo, y no por el nuestro, si así lo creemos.

Se condena a los anabaptistas y otros que enseñan que sin la palabra externa del evangelio obtenemos el Espíritu Santo por disposición, pensamientos y obras propias.

VI. LA NUEVA OBEDIENCIA

Se enseña también que tal fe debe producir buenos frutos y buenas obras y que se deben realizar toda clase de buenas obras que Dios haya ordenado, por causa de Dios. Sin embargo, no debemos fiarnos en tales obras para merecer la gracia ante Dios. Pues recibimos el perdón y la justicia mediante la fe en Cristo, como él mismo dice: “Cuando hayáis hecho todo esto, decid: Siervos inútiles somos”. Así enseñan también los padres, pues Ambrosio afirma: “Así lo ha constituido Dios, que quien cree en Cristo sea salvo y tenga el perdón de los pecados no por obra, sino sólo por la fe y sin mérito”.

VII. LA IGLESIA

Se enseña también que habrá de existir y permanecer para siempre una santa iglesia cristiana, que es la asamblea de todos los creyentes, entre los cuales se predica genuinamente el evangelio y se administran los santos sacramentos de acuerdo con el evangelio.

Para la verdadera unidad de la iglesia cristiana es suficiente que se predique unánimemente el evangelio conforme a una concepción genuina de él y que los sacramentos se administren de acuerdo a la palabra divina. Y no es necesario para la verdadera unidad de la iglesia cristiana que en todas partes se celebren de modo uniforme ceremonias de institución humana. Como Pablo dice a los efesios en 4: 4-5: “Un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo”.

VIII QUE ES LA IGLESIA

Además, si bien la iglesia cristiana verdaderamente no es otra cosa que la asamblea de todos los creyentes y santos, sin embargo, ya que en esta vida muchos cristianos falsos, hipócritas y aún pecadores manifiestos permanecen entre los piadosos, los sacramentos son igualmente eficaces, aun cuando los sacerdotes que los administran sean impíos. Es como Cristo mismo nos indica: “En la cátedra de Moisés se sientan los fariseos”. Por consiguiente, se condena a los donatistas y a todos los demás que enseñan de manera diferente.

IX. EL BAUTISMO

Respecto al bautismo se enseña que es necesario, que por medio de él se ofrece la gracia, y que deben bautizarse también los niños, los cuales mediante tal bautismo son encomendados a Dios y llegan a serle aceptados.

Por este motivo se rechaza a los anabaptistas, que enseñan que el bautismo de párvulos es ilícito.

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X. LA SANTA CENA

Respecto a la Cena del Señor se enseña que el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo están realmente presentes en la Cena bajo las especies de pan y vino y que se distribuyen y se reciben allí.

Por lo tanto, se rechaza toda enseñanza contraria.

XI. LA CONFESIÓN

Respecto a la confesión se enseña que la absolución privada debe conservarse en la iglesia y que no debe caer en desuso, si bien en la confesión no es necesario relatar todas las transgresiones y pecados, por cuanto esto es imposible. Sal. 19: 12: “Los errores, ¿quién los entenderá?”.

XII. EL ARREPENTIMIENTO

Respecto al arrepentimiento se enseña que quienes han pecado después del bautismo pueden obtener el perdón de los pecados toda vez que se arrepientan y que la iglesia no debe negarles la absolución. Propiamente dicho, el arrepentimiento no es otra cosa que contrición y dolor o terror a causa del pecado y, sin embargo, a la vez creer en el evangelio y la absolución, es decir, que el pecado ha sido perdonado y que por Cristo se ha obtenido la gracia. Esta fe, a su vez consuela el corazón y lo apacigua. Después deben seguir la corrección y el abandono del pecado, pues éstos deben ser los frutos del arrepentimiento de que habla Juan en Mat. 3: 8: “Haced frutos dignos del arrepentimiento”. Se rechaza a los que enseñan que quienes una vez se convirtieron ya no pueden caer.

Por otro lado se rechaza también a los novacianos, que negaban la absolución a los que habían pecado después del bautismo.

También se rechaza a los que enseñan que no se obtiene el perdón de los pecados por la fe, sino mediante nuestra reparación.

XIII. EL USO DE LOS SACRAMENTOS

En cuanto al uso de los sacramentos se enseña que éstos fueron instituidos no sólo como distintivos para conocer exteriormente a los cristianos, sino que son señales y testimonios de la voluntad divina hacia nosotros para despertar y fortalecer nuestra fe. Por esta razón los sacramentos exigen fe y se emplean debidamente cuando se reciben con fe y se fortalece de ese modo la fe.

XIV. GOBIERNO ECLESIASTICO

Respecto al gobierno eclesiástico se enseña que nadie debe enseñar públicamente en la iglesia ni predicar ni administrar los sacramentos sin llamamiento legítimo.

XV. RITOS ECLESIASTICOS

De los ritos eclesiásticos de origen humano se enseña que se observen los que puedan realizarse sin pecado y sirvan para mantener la paz y el buen orden en la iglesia, como ciertas celebraciones, fiestas y cosas semejantes. Sin embargo, se alecciona no gravar a las conciencias con esto, como si tales cosas fueran necesarias para la salvación. Sobre esta materia se enseña que todas las ordenanzas y tradiciones instituidas por los hombres con el fin de aplacar a Dios y merecer la gracias son contrarias al evangelio y a la doctrina acerca de la fe en Cristo. Por consiguiente, los votos monásticos y otras tradiciones relacionadas con la distinción de las comidas, los días, etc. por medio de las cuales se intenta merecer la gracia y hacer satisfacción por los pecados, son inútiles y contrarias al evangelio.

XVI. EL ESTADO Y EL GOBIERNO CIVIL

Respecto al estado y al gobierno civil se enseña que toda autoridad en el mundo, todo gobierno y las leyes fueron creadas e instituidas por Dios para el buen orden. Se enseña que los cristianos, sin incurrir en pecado, pueden tomar parte en el gobierno y en el oficio de príncipes y jueces; asimismo, decidir y sentenciar según las leyes imperiales y otras leyes vigentes, castigar con la espada a los malhechores, tomar parte en guerras justas, prestar servicio militar, comprar y vender, prestar juramento cuando se exija, tener propiedad, contraer matrimonio, etc.

Al respecto se condena a los anabaptistas, que enseñan que ninguna de las cosas susodichas es cristiana.

Se condena también a aquellos que enseñan que la perfección cristiana consiste en abandonar corporalmente casa y hogar, esposa e hijos y prescindir de las cosas ya mencionadas. Al contrario, la verdadera perfección consiste sólo en genuino temor a Dios y auténtica fe en él. El evangelio enseña una justicia externa ni temporal, sino un ser y justicia interiores y eternos del corazón. El evangelio no destruye el gobierno secular, el estado y el matrimonio. Al contrario, su intento es que todo esto se considere como verdadero orden divino y que cada uno, de acuerdo con su vocación, manifieste en estos estados el amor cristiano y verdaderas obras buenas. Por consiguiente, los cristianos están obligados a someterse a la autoridad civil y obedecer sus mandamientos y leyes en todo lo que pueda hacerse sin pecado. Pero si el mandato de la autoridad civil no puede acatarse sin pecado, se debe obedecer a Dios antes que a los hombres. Hechos 5: 29.

XVII. EL RETORNO DE CRISTO PARA EL JUICIO

También se enseña que nuestro Señor Jesucristo vendrá en el día postrero para juzgar y que resucitará a todos los muertos. Dará a los creyentes y electos vida y gozo eternos, pero a los hombres impíos y a los demonios los condenará al infierno y a castigo eterno.

Consiguientemente, se rechaza a los anabaptistas, que enseñan que los demonios y los hombres condenados no sufrirán pena y tormento eternos.

Asimismo se rechazan algunas doctrinas judaicas, y que actualmente aparecen, las cuales enseñas que, antes de la resurrección de los muertos, sólo los santos y piadosos ocuparán un reino mundano y aniquilarán a todos los impíos.

XVIII. EL LIBRE ALBEDRIO

Se enseña también que el hombre tiene, hasta cierto punto, el libre albedrío que lo capacita para llevar una vida exteriormente honrada y para escoger entre las cosas que entiende la razón. Pero sin la gracia, ayuda u obra del Espíritu Santo el hombre no puede agradar a Dios, temer a Dios de corazón, creer, ni arrancar de su corazón los malos deseos innatos. Esto sucede por obra del Espíritu Santo, quien es dado mediante la palabra de Dios. Pablo dice en I Cor. 2: 14: “El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios”. Para que se pueda apreciar que en esto no se enseña nada nuevo, se citan a continuación del tercer libro de Hipognosticon las palabras claras de Agustín acerca del libre albedrío: “Confesamos que en todos los hombres existe un libre albedrío, porque todos tienen por naturaleza entendimiento y razón innatas. Esto no quiere decir que sean capaces de hacer algo para con Dios, por ejemplo: amar de corazón y temer a Dios. Al contrario, sólo en cuanto a las obras externas de esta vida tienen la libertad de escoger lo bueno o lo malo. Con lo ‘bueno’ quiero decir que la naturaleza humana puede decidir si trabajará en el campo o no, si comerá o beberá o visitará un amigo o no, si se pondrá o quitará el vestido, si edificará casa, tomará esposa, si se ocupará en algún oficio o si hará cualquier cosa similar que sea útil y buena. No obstante, todo esto no existe ni subsiste sin Dios, sino que todo procede de él y se realiza por él. En cambio, el hombre puede por elección propia emprender algo malo, como por ejemplo arrodillarse ante un ídolo, cometer homicidio, etc”.

XIX. LA CAUSA DEL PECADO

Sobre la causa del pecado se enseña entre nosotros que, si bien Dios omnipotente ha creado y sostiene toda la naturaleza, sin embargo, la voluntad pervertida –es decir, la del diablo y de todos los impíos- produce el pecado en todos los malos y en quienes desprecian a Dios. Esta voluntad, tan pronto como Dios ha quitado la mano, se vuelve de Dios al mal, como Cristo dice en Juan 8: 4: “El diablo habla mentira de lo suyo”.

XX. LA FE Y LAS BUENAS OBRAS

Se nos acusa falsamente de prohibir las buenas obras. Pues nuestros escritos acerca de los Diez Mandamientos y otros ponen han proporcionado buenas y útiles exposiciones y exhortaciones respecto a las profesiones y obras verdaderamente cristianas. Acerca de esto se enseñó poco anteriormente; al contrario, mayormente se recalcaban en todos los sermones obras pueriles e innecesarias, como el rezo del rosario, el culto a los santos, el monacato, peregrinaciones, ayunos, fiestas, cofradías, etc. Nuestros adversarios ya no alaban tales obras innecesarias con tanta exageración como antes. Además, han aprendido ahora a hablar de la fe, sobre la cual en tiempos pasados no predicaban absolutamente nada. Ahora enseñan que no somos justificados ante Dios solamente por las obras, sino que añaden a ello la fe en Cristo. Dicen que la fe y las obras nos hacen justos delante de Dios. Tal enseñanza posiblemente proporcione algo más de consuelo que la enseñanza de que se confíe únicamente en las obras.

Ya que la doctrina de la fe, que es la principal de la existencia cristiana, dejó de recalcarse por tanto tiempo (como es forzoso admitir), y sólo se predicaba en todas partes la doctrina de las obras, los nuestros han enseñado lo siguiente respecto a estas cosas:

Primeramente, nuestras obras no pueden reconciliarnos con Dios ni merecer la gracia, sino que esto sucede sólo mediante la fe al creer que se nos perdonan los pecados por causa de Cristo, quien sólo es el mediador que reconcilia al Padre. Ahora bien, quien piense realizar esto mediante las obras y merecer la gracia, desprecia a Cristo y busca su propio camino a Dios en contra del evangelio.

Sobre esta enseñanza acerca de la fe discurre Pablo abierta y claramente en muchos textos, especialmente en Ef.: 2:8: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe”. Y que con esto no se introduce ninguna interpretación nueva se puede demostrar con los escritos de Agustín, quien trata este asunto esmeradamente y enseña que por medio de la fe en Cristo obtenemos la gracia y somos justificados delante de Dios y no mediante las obras, como pone de manifiesto todo su libro titulado El espíritu y la Letra.

Si bien es cierto que esta doctrina es muy despreciada entre personas que no han sido puestas a prueba, no obstante, es harto consolatoria y benéfica para las conciencias tímidas y aterrorizadas. Porque la conciencia no puede hallar paz y sosiego por medio de las obras, sino sólo por la fe que se persuade con seguridad de que a causa de Cristo tiene un Dios lleno de gracia, como Pablo dice en Rom. 5: 1: “Justificados, pues, por la fe tenemos tranquilidad y paz con Dios”. En tiempos pasados no se enseñaba este consuelo en los sermones; al contrario, las pobres conciencias eran estimuladas a apoyarse en sus propias obras, de modo que emprendían obras de diversas clases. La conciencia impulsó a algunos a entrar en los monasterios con la esperanza de merecer la gracia por medio de la vida monástica. Otros idearon otras obras con el fin de merecer la gracia y hacer satisfacción por los pecados. Muchos de ellos experimentaron que no se lograba la paz por estos medios. Por lo tanto, era necesario predicar y recalcar diligentemente esta doctrina de la fe en Cristo para que los hombres supieran que se consigue la gracia de Dios únicamente por la fe y sin el mérito propio.

Se enseña también que en este contexto no se trata de aquella fe que también los diablos y los impíos tienen, los cuales también creen la historia de que Cristo sufrió y resucitó de los muertos. Al contrario, se trata de la verdadera fe que cree que mediante Cristo obtenemos la gracia y el perdón del pecado.

Ahora bien, el que sabe que por medio de Cristo tiene un Dios lleno de gracia, éste conoce a Dios, le invoca y no vive sin Dios a semejanza de los paganos. Pues el diablo y los incrédulos no creen en este artículo del perdón del pecado; por consiguiente, son hostiles a Dios, no pueden invocarle y nada bueno esperan de él. Por lo tanto, la Escritura se refiere a la fe, como acabamos de indicar, pero no llama fe al conocimiento que poseen el diablo y los hombres impíos. En Hebreos 11: 1 se enseña que la fe no consiste solamente en conocer los relatos, sino en tener la confidente certeza de que Dios cumplirá con sus promesas. También Agustín nos recuerda que debemos entender que en la Escritura la palabra “fe” significa la confianza en Dios, la certeza de que él nos da su gracia, y no sólo el conocimiento de los sucesos históricos que también poseen los diablos. Además, se enseña que las buenas obras deben realizarse necesariamente, no con el objeto de que uno confíe en ellas para merecer la gracia; sino que han de hacerse por causa de Dios y para alabanza de él. La fe se apodera siempre solo de la gracia y del perdón del pecado. Y ya que mediante la fe se concede el Espíritu Santo, también se capacita el corazón para hacer buenas obras. Pues antes de creer, cuando no tiene el Espíritu Santo, el corazón es demasiado débil. Además está bajo el poder del diablo, que impulsa a la pobre naturaleza humana a cometer muchos pecados. Esto lo vemos en el caso de los filósofos quienes se propusieron vivir honrada e irreprochablemente. Sin embargo, no pudieron llevarlo a cabo, sino que cayeron en muchos graves pecados manifiestos. Así acontece cuando el hombre no tiene la verdadera fe ni el Espíritu Santo y se gobierna sólo con sus propias fuerzas humanas.

Por consiguiente, no se le ha de recriminar a esta doctrina de la fe que prohíba las buenas obras: al contrario, antes bien ha de ser alabada por enseñar que se deben hacer buenas obras y por ofrecer la ayuda con la cual realizarlas. Porque fuera de la fe y aparte de Cristo la naturaleza y el poder humanos son demasiado débiles como para hacer buenas obras, invocar a Dios, tener paciencia en medio del sufrimiento, amar al prójimo, llevar a cabo con diligencia los oficios que han sido ordenados, ser obediente, evitar los malos deseos, etc. Tales grandes y genuinas obras no pueden hacerse sin la ayuda de Cristo, como él mismo dice en Juan 15:5: “Sin mí nada podéis hacer”.

XXI. EL CULTO DE LOS SANTOS

Respecto al culto de los santos enseñan los nuestros que se ha de tener memoria de los santos para fortalecer nuestra fe viendo cómo ellos recibieron la gracia y cómo fueron ayudados mediante la fe. Además, debemos seguir el ejemplo de sus buenas obras, cada cual de acuerdo con su vocación. Su Majestad Imperial, al hacer guerra contra los turcos, puede seguir provechosa y píamente el ejemplo de David, ya que ambos representan el oficio real, que exige la defensa y protección de sus súbditos. Pero no se puede demostrar con la Escritura que se deba invocar a los santos e implorar su ayuda. “Hay un solo propiciador y mediador entre todos los hombres, Jesucristo” (I Tim. 2: 5). El es el único salvador y el único sumo sacerdote, propiciador e intercesor ante Dios (Rom. 8: 34). Y sólo él ha prometido oír nuestra oración. De acuerdo con la escritura, el culto divino más excelso es buscar e invocar de corazón a este mismo Jesucristo en toda necesidad y angustia: “Si alguno peca, abogado tenemos para con el Padre, a Jesús el justo” etc. Esta es casi la suma de la doctrina que se predica y se enseña en nuestras iglesias para instruir cristianamente y consolar a las conciencias y para mejorar a los creyentes. No quisiéramos poner en sumo peligro nuestras propias almas y conciencias delante de Dios por el abuso del nombre o la palabra divina, ni deseamos legar a nuestros hijos y descendientes otra doctrina que no concuerde con la palabra divina pura y la verdad cristiana. Puesto que esta doctrina está claramente fundamentada en la Sagrada Escritura y no es contraria a la iglesia cristiana universal, tampoco a la iglesia romana, hasta donde su enseñanza se refleja en los escritos de los Padres, opinamos que nuestros adversarios no pueden estar en desacuerdo con nosotros en cuanto a los artículos arriba expuestos: Por lo tanto, quienes se proponen apartar, rechazar y evitar a los nuestros como herejes, actúan despiadada y precipitadamente y contra toda unidad y amor cristianos; y lo hacen sin fundamento sólido en el mandamiento divino o en la Escritura. En realidad, la disención y la disputa se refieren mayormente a ciertas tradiciones y abusos. Ya que no hay nada infundado o defectuoso en los artículos principales, siendo esta nuestra confesión piadosa y cristiana, los obispos en toda justicia deberían mostrarse más tolerantes, aunque nos faltara algo respecto a la tradición; si bien, esperamos exponer razones bien fundadas por las que se han modificado entre nosotros algunas tradiciones y abusos:

Artículos en controversia, donde se detallan los abusos que han sido corregidos.

Respecto a los artículos de fe, nada se enseña en nuestras iglesias contrariamente a la Sagrada Escritura o a la iglesia universal. Solamente se han corregido algunos abusos, los cuales en parte se han introducido con el correr del tiempo, y en parte han sido impuestos por la fuerza. En vista de ello, nos vemos precisados a reseñar tales abusos y señalar el motivo por el cual se ha tolerado una modificación en estos casos. Así vuestra Majestad Imperial podrá darse cuenta de que en este asunto no se ha actuado de manera anticristiana o frívola, sino que hemos sido impulsados a permitir tales cambios por el mandamiento de Dios, el cual con razón se ha de tener en más alta estima que toda costumbre humana.

XXII. LAS DOS ESPECIES EN EL SACRAMENTO

Entre nosotros se dan a los laicos ambas especies del sacramento porque éste es un mandamiento y una orden clara de Cristo: “Bebed de ella todos”, Mat. 26: 27. En este texto, con palabras claras, Cristo manda respecto al cáliz que todos beban de él. Para que nadie ponga en duda estas palabras ni las interprete como referentes a los sacerdotes, Pablo indica en I Cor. 11: 20 ss. que toda la asamblea de la iglesia en Corinto usó de ambas especies. Este uso permaneció por mucho tiempo en la iglesia, como se puede demostrar con los relatos y con los escritos de los Padres. Cipriano menciona en muchos pasajes que en su época el cáliz se daba a los laicos. San Jerónimo dice que los sacerdotes que administran el sacramento distribuyen al pueblo la sangre de Cristo. El papa Gelacio mismo ordenó que no se dividiera el sacramento (Distinct. 2, “Sobre la consagración”, capítulo Comperimus). No se encuentra en ninguna parte canon alguno que ordene la recepción de una sola especie. Nadie puede saber tampoco cuándo o por quién se haya introducido esta costumbre de recibir una sola especie, aunque el cardenal Cusano menciona cuándo se aprobó esta usanza. Es obvio que tal costumbre, introducida contra el mandamiento de Dios y también contra los antiguos cánones, no es legítima. Por lo tanto, no es justo agobiar las conciencias de quienes desean celebrar el santo sacramento de acuerdo con la institución de Cristo ni obligarlos a actuar contra la ordenanza de nuestro Señor Cristo. Además, puesto que la división del sacramento es contraria a la institución de Cristo, se suprime entre nosotros la acostumbrada prosesión en la cual se carga el sacramento.

XXIII. EL MATRIMONIO DE LOS SACERDOTES

Se ha hecho oír en todo el mundo, entre toda clase de personas, ya de posición elevada ya humilde, una muy fuerte queja con respecto a la gran inmoralidad y la vida desenfrenada de los sacerdotes que no podían permanecer continentes y que con sus vicios tan abominables habían llegado al colmo. Para evitar tanto y tan terrible escándalo, adulterio y otras formas de lascivia, algunos de nuestros sacerdotes han contraído matrimonio. Estos aducen como motivo que los impulsó la gran angustia de su conciencia, ya que la Escritura afirma claramente que el matrimonio fue ordenado por Dios el Señor para evitar la impureza, como dice Pablo: “A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer”; asimismo: “Mejor es casarse que quemarse”. Y al decir Cristo en Mateo 19: 11: “No todos reciben esta palabra”, el mismo Cristo (y seguramente conocía la naturaleza humana) indica que pocos tienen el don de la continencia. “Varón y hembra Dios los creó”, Gén. 1: 27. La experiencia ha demostrado con sobrada claridad si el hombre, por sus propias fuerzas y facultades, sin don y gracia especiales de Dios, por propio empeño y voto, puede mejorar o cambiar la creación de Dios, quien es la suprema majestad. ¿Qué clase de vida buena, honesta y casta, qué conducta cristiana, honrosa y recta ha resultado de ello? Ha quedado de manifiesto que en la hora de la muerte muchos han sufrido en su conciencia horrible y espantosa inquietud y tormento, cosa que muchos de ellos mismos han admitido. Ya que la palabra y el mandamiento de Dios no pueden ser alterados por ningún voto o ley humana, los sacerdotes y otros clérigos se han casado movidos por éstos y otros motivos y razones. También se puede comprobar por los relatos y por los escritos de los Padres que en la iglesia cristiana de antaño los sacerdotes y diáconos acostumbraban casarse. Por eso dice Pablo en I Tim. 3: “Es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer”. Y no fue sino hace apenas cuatrocientos años que los sacerdotes en tierras germánicas fueron despojados con violencia del matrimonio y obligados a tomar el voto de castidad. Y fue tan generalizada y vehemente la oposición que un arzobispo de Maguncia, el cual había promulgado el nuevo edicto papal al respecto, por poco fue muerto en una insurrección de todo el sacerdocio. La misma prohibición desde el principio fue puesta en práctica tan precipitada y desmañadamente que el papa no sólo prohibió a los sacerdotes el matrimonio futuro, sino que disolvió los matrimonios de quienes habían estado casados por mucho tiempo, lo cual no sólo es contrario a todo derecho divino, natural y secular, sino que también es diametralmente opuesto a los cánones que los mismos papas habían formulado y a los concilios más célebres. Asimismo, muchas personas encumbradas, piadosas y entendidas, han exteriorizado la opinión de que este celibato forzado y el despojamiento del matrimonio, que Dios mismo instituyó y dejó al arbitrio de cada uno, jamás ocasionó nada bueno, sino al contrario ha dado origen a vicios graves y mucho escándalo. También uno de los mismos papas, Pío XII, como lo demuestra su biografía, dijo repetidas veces e hizo escribir que quizás haya razones que veden el matrimonio a los clérigos, pero hay muchas razones más poderosas, importantes y categóricas para permitirles nuevamente la libertad de casarse. No cabe duda que el papa Pío, como hombre inteligente y sabio, hizo esta aseveración tras mucha reflexión.

Por lo tanto, en sumisión a Vuestra Majestad Imperial, estamos confiados de que Vuestra Majestad, como emperador cristiano e ilustre, se dignará tener presente que en estos días postreros de los cuales habla la Escritura, el mundo se vuelve peor y los hombres se hacen siempre más débiles y frágiles.

Por consiguiente, es muy necesario, provechoso y cristiano comprender este hecho para que la prohibición del matrimonio no ocasione la introducción en tierras alemanas de inmoralidad y vicios más vergonzosos. Nadie puede disponer ni modificar tales cosas con más sapiencia o mejor que Dios mismo, quien instituyó el matrimonio para prestar auxilio a la debilidad humana y evitar la inmoralidad.

También los antiguos cánones dicen que a veces es necesario suavizar y disminuir la dureza y el rigor, a causa de la debilidad humana para prevenir y evitar el escándalo.

En este caso sería por cierto cristiano y necesario. ¿Cómo puede ser una desventaja para toda la iglesia cristiana el matrimonio de los sacerdotes y religiosos, especialmente el matrimonio de los pastores y otros que deben servir a la iglesia? En lo futuro habrá escasez de sacerdotes y pastores si esta dura prohibición del matrimonio permanece en pie.

El matrimonio de los sacerdotes y clérigos está fundamentado en la Palabra y el mandato divinos. Además, la historia demuestra que los sacerdotes contrajeron matrimonio y que el voto de castidad ha ocasionado tanto escándalo espantoso y anticristiano, tanto adulterio, inmoralidad horrible y vicio abominable que hasta algunos hombres honrados entre el clero de catedral y algunos cortesanos de Roma lo han admitido con frecuencia y han aseverado quejosamente que el predominio abominable de tal vicio entre el clero provocaría la cólera de Dios. En vista de esto, es lamentable que el matrimonio cristiano no sólo haya sido prohibido, sino que en algunos lugares se lo haya castigado muy precipitadamente, como si se tratara de un gran crimen, y todo esto a pesar de que en la Sagrada Escritura Dios ordenó tener en gran estima el matrimonio. El matrimonio también se ensalza en el derecho imperial y en todas las monarquías donde ha habido leyes y justicia. Sólo en nuestra época se empieza a martirizar a la gente inocente únicamente a causa del matrimonio, especialmente a los sacerdotes, con los cuales debiera guardarse más consideración que con otros. Esto acontece no solo contrariamente al derecho divino sino también al derecho canónigo. En I Ti. 4: 13 el apóstol Pablo llama doctrina de demonios a la enseñanza que prohíbe el matrimonio. Cristo mismo dice en Juan 8: 44 que el diablo fue asesino desde el principio. Estos dos textos concuerdan bien, porque necesariamente es doctrina de demonios lo que prohíbe el matrimonio y se atreve a mantener tal doctrina mediante el derramamiento de sangre.

Pero así como ninguna ley humana puede abolir o alterar el mandamiento de Dios, tampoco ningún voto lo puede alterar. Por lo tanto, San Cipriano aconseja que se casen las mujeres que no guardan la castidad prometida; así dice en su epístola undécima: “Pero si no quieren o no pueden conservar la castidad, es mejor casarse que caer en el fuego por causa de sus deseos, cuidándose muy bien de no hacer tropezar a los hermanos y hermanas.” Además, todos los cánones usan de mucha lenidad y equidad para con aquellos que en su juventud hicieron voto, y lo cierto es que la mayor parte de los sacerdotes y los monjes en su juventud ingresaron en ese estado por ignorancia.

XXIV. LA MISA

Se acusa a los nuestros sin razón de haber abolido la misa. Es manifiesto (lo decimos sin jactancia) que la misa se celebra con mayor reverencia y seriedad entre nosotros que entre los oponentes. Asimismo, se instruye al pueblo con frecuencia y suma diligencia acerca del propósito de la institución del santo sacramento y respecto a su uso; es decir, que debe usarse con el fin de consolar las conciencias angustiadas. Así se atrae al pueblo a la comunión y a la misa. Al mismo tiempo, también se imparte instrucción en cuanto a otras doctrinas falsas acerca del sacramento. Además, en las ceremonias públicas de la misa no se ha introducido ningún cambio manifiesto, excepto que en algunas partes se entonen himnos alemanes, junto a los cánticos latinos, para instruir y aleccionar al pueblo, ya que el propósito principal de todas las ceremonias debe ser que el pueblo aprenda lo que necesite saber de Cristo.

Se ha abusado de la misa de muchas maneras en tiempos pasados. Todo el mundo sabe que se ha hecho de la misa una especie de feria, que las misas se compraban y se vendían y se celebraban en todas las iglesias mayormente para lucrar. Estos abusos fueron criticados repetidas veces por hombres eruditos y piadosos, también antes de nuestra época. Nuestros predicadores han hablado de estas cosas, y se ha recordado a los sacerdotes la grave responsabilidad que debe pesar sobre cada cristiano, es decir, que quien use del sacramento indignamente es culpable del cuerpo y de la sangre de Cristo. Por consiguiente, tales misas privadas y misas votivas, que hasta ahora se han celebrado por fuerza y con fines de lucro y por interés de las prebendas, han sido suspendidas en nuestras iglesias.

Al mismo tiempo se ha repudiado el error abominable según el cual se enseñaba que nuestro Señor Cristo por su muerte hizo satisfacción sólo por el pecado original e instituyó la misa como sacrificio por los demás pecados, estableciendo así la misa como sacrificio por los vivos y los muertos para quitar el pecado y aplacar a Dios. De ahí se llegó a debatir si una misa celebrada por muchos vale tanto como una celebrada por un solo individuo. El gran número incontable de misas tienen su origen en el deseo de obtener de Dios por medio de esta obra todo lo que uno necesita, al paso que se ha echado al olvido la fe en Cristo y el verdadero culto a Dios.

Por esta razón, como sin duda lo exigía la necesidad, se ha dado instrucción para que nuestro pueblo tuviera conocimiento del uso debido del sacramento. En primer lugar, la Escritura indica en muchos lugares que no hay sacrificio alguno por el pecado original y otros pecados fuera de la única muerte de Cristo. Porque está escrito en la Epístola a los Hebreos que Cristo se santificó a sí mismo una sola vez y así hizo satisfacción por todos los pecados (10: 10, 14). En realidad es una innovación inaudita en la doctrina eclesiástica que la muerte de Cristo expía únicamente el pecado original y no los demás pecados. Por lo tanto, es de esperarse que todos entenderán que tal error no se ha reprobado sin causa justificada.

En segundo lugar, San Pablo enseña que obtenemos la gracia ante Dios por la fe y no mediante las obras. Manifiestamente contrario a esta doctrina es el abuso de la misa según el cual se supone que la gracia se consigue mediante esta obra. Además, es bien sabido que se emplea la misa con el fin de borrar el pecado y obtener de Dios la gracia y toda suerte de beneficios. El sacerdote cree hacer esto no sólo por sí mismo, sino también por todo el mundo y por otros, tanto vivos como muertos.

En tercer lugar, el santo sacramento no fue instituido para hacer de él un sacrificio por el pecado –porque este sacrificio ya se ha realizado- sino con el fin de despertar nuestra fe y de consolar nuestras coincidencias, al darnos cuenta mediante el sacramento de que la gracia y el perdón del pecado nos han sido prometidos por Cristo. Por esta razón este sacramento exige fe y sin fe se usa en vano. Puesto que la misa no es un sacrificio para quitar los pecados de otros, vivos o muertos, sino que debe ser una comunión en la cual el sacerdote y otros reciben el sacramento para sí, nuestra costumbre es que en los días de fiesta y en otras ocasiones cuando hay comulgantes presentes, se celebra la misa, para que comulguen quienes lo deseen. De modo que la misa se conserva entre nosotros en su debido uso, de la misma manera como se celebró antiguamente en la iglesia y como se puede comprobar en la Primera Epístola de San Pablo a los Corintios, cap. 11: 20 ss., y en los escritos de muchos Padres. Por ejemplo, Crisóstomo refiere cómo el sacerdote a diario estaba delante del altar, invitando a algunos a comulgar, pero prohibiéndoselo a otros. Los antiguos cánones indican que uno solo celebraba el oficio y daba la comunión a los sacerdotes y diáconos, porque así rezan las palabras del canon de Nicea: “Los diáconos en su orden deberán recibir, después que los sacerdotes, el sacramento de manos del obispo o del sacerdote”. De manera que no se ha introducido innovación alguna que no existiera en la iglesia de antaño, tampoco se ha hecho cambio alguno en las ceremonias públicas de la misa, salvo que se han suprimido las misas innecesarias que se celebraban, quizás a manera de abuso, al lado de la misa parroquial. Por consiguiente, en toda justicia, esta manera de celebrar la misa no deberá condenarse como herética y anticristiana. Antiguamente, aún en los templos grandes frecuentados por mucha gente, no se celebraban misas diarias ni en los días cuando concurría la gente, ya que la Historia Tripartita en el libro 9 indica que en Alejandría los miércoles y los viernes se leía y se interpretaba la Escritura, y por lo demás se celebraban todos los oficios sin la misa.

XXV. LA CONFESIÓN

La confesión no ha sido abolida por parte de los predicadores de nuestro lado. Se conserva entre nosotros la costumbre de no ofrecer el sacramento a quienes con antelación no hayan sido oídos y absueltos. A la vez se enseña diligentemente al pueblo que la palabra de la absolución es consoladora y que ha de tenerse en gran estima. No es la voz o la palabra del hombre que la pronuncia, sino la palabra de Dios, quien perdona el pecado, ya que la absolución se pronuncia en lugar de Dios y por mandato de él. Se instruye con mucha diligencia que este mandato y poder de las llaves es muy consolador y necesario para las conciencias aterrorizadas. También enseñamos que Dios ordena creer en esta absolución como si fuera su voz que resuena desde el cielo y que debemos consolarnos gozosamente en base de la absolución, sabiendo que mediante tal fe obtenemos el perdón de los pecados. En épocas anteriores los predicadores que daban mucha instrucción sobre la confesión no mencionaban ni una sola palabra respecto a estas enseñanzas necesarias; al contrario, sólo martirizaban las conciencias exigiendo largas enumeraciones de pecados, satisfacciones, indulgencias, peregrinaciones y cosas similares. Muchos de nuestros adversarios mismos reconocen que nosotros hemos escrito y tratado el verdadero arrepentimiento cristiano de una manera más conveniente que solía hacerse antes.

Respecto a la confesión se enseña que no se ha de obligar a nadie a enumerar los pecados detalladamente. Tal cosa es imposible, como el salmo dice: “Los errores, ¿quién los entenderá?”. También Jeremías dice: “El corazón del hombre es tan perverso que es imposible escudriñarlo”. La desgraciada naturaleza humana se ha sumido tan hondamente en los pecados que no los puede ver ni conocer todos. Si fuéramos absueltos solamente de aquellos pecados que podemos enumerar, poca ayuda recibiríamos. Por este motivo no es necesario obligar a la gente a enumerar los pecados en forma detallada. Los Padres opinaron de la misma manera; por ejemplo, en Dist. I, De poenitentia se citan las palabras de Crisóstomo: “No digo que debas exponerte públicamente ni que te denuncies ni admitas tu culpa en presencia de otro, sino obedece al profeta que dice: “Revela al Señor tu camino”. Por tanto, en tu oración confiésate a Dios el Señor, el verdadero juez; no manifiestes tu pecado con la boca sino en tu conciencia”. De estas palabras se desprende claramente que Crisóstomo no obliga a enumerar los pecados en detalle. También la nota marginal sobre De poenitentia, Dist. 5 enseña que la confesión no fue ordenada por la Escritura, sino instituida por la iglesia. No obstante, nuestros predicadores enseñan diligentemente que por el consuelo de las conciencias angustiadas y por algunos otros motivos, debe retenerse la confesión a causa de la absolución, la cual es el punto principal y la parte primordial de la confesión.

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XXVI. LA DISTINCIÓN DE LAS COMIDAS

Anteriormente se enseñó, se predicó y se escribió que la distinción de las comidas y tradiciones similares instituidas por los hombres sirven para merecer la gracia y hacer satisfacción por los pecados. Por este motivo se inventaron a diario nuevos ayunos, nuevas ceremonias, nuevas órdenes y cosas similares, insistiendo en ellas con vehemencia y severidad, como si tales asuntos constituyeran actos necesarios de culto, mediante los cuales, si se observan, se podía merecer la gracia, y que, de no observarlos, se incurriría en grave pecado. Esto ha dado origen a muchos errores perjudiciales en la iglesia.

En primer lugar, así se oscurecieron la gracia de Cristo y la doctrina acerca de la fe, que el evangelio nos propone con mucha seriedad, insistiendo con firmeza que el mérito de Cristo se tenga en alta estima y que se sepa que la fe en Cristo ha de colocarse muy por encima de toda obra humana. Por esta razón, San Pablo combatió enérgicamente contra la ley de Moisés y la tradición humana, para que aprendamos que ante Dios no nos hacemos justos mediante nuestras obras, sino que sólo por la fe en Cristo y que obtenemos la gracia por causa de él. Tal doctrina ha desaparecido casi del todo por haberse enseñado que debemos ganarnos la gracia mediante ayunos prescriptos, la distinción entre las comidas, el uso de ciertas vestiduras, etc.

En segundo lugar, tales tradiciones también han oscurecido el mandamiento de Dios, porque ellas se han colocado muy por encima del mandamiento divino. Se consideraba que la vida cristiana consistía únicamente en lo siguiente: quien guardaba las fiestas, quien rezaba, quien ayunaba, quien se vestía de determinada manera, se suponía que llevaba una vida espiritual y cristiana. Por otro lado, otras buenas obras necesarias se consideraban como profanas y no espirituales, es decir, las obras que cada cual está obligado a desempeñar según su vocación: por ejemplo, que el padre de familia trabaje para sostener a su esposa e hijos y educarlos en el temor de Dios, que la madre tenga hijos y los cuide, etc. Tales obras ordenadas por Dios, según se alegaba, constituían una vida profana e imperfecta; pero las tradiciones tenían la reputación aparatosa de que sólo ellas constituían obras santas y perfectas. Por este motivo nunca se dejó de inventar tales tradiciones.

En tercer lugar, tales tradiciones han resultado una carga onerosa para las conciencias. No era posible guardar todas las tradiciones; y no obstante, el pueblo tenía la opinión de que ellas constituían un culto necesario. Gerson escribe que debido a ello muchos cayeron en la desesperación y que algunos hasta se suicidaron porque no oyeron nada del consuelo de la gracia de Cristo. Se observa cómo se confundieron las conciencias entre los sumistas y teólogos, los cuales se propusieron coleccionar las tradiciones y buscar cierta mitigación, para ayudar a las conciencias, y sin embargo, estuvieron tan ocupados en este asunto que entretanto quedó marginada toda saludable doctrina cristiana acerca de cosas más necesarias: por ejemplo, la fe, el consuelo en duras tensiones y cosas similares. También muchas personas piadosas y eruditas se quejaron con vehemencia de que tales tradiciones ocasionaran tantas riñas en la iglesia que a la gente piadosa se le impedía llegar al conocimiento verdadero de Cristo. Gerson y algunos otros se quejaron amargamente sobre esto. En efecto también Agustín expresó su desagrado porque se oprimían las conciencias con tantas tradiciones. Por este motivo enseñó él que no se las debe considerar como cosas necesarias.

Por lo tanto, los nuestros han aleccionado respecto de estos asuntos, no por frivolidad o desprecio del poder eclesiástico, sino que una urgencia muy grande los ha impulsado a llamar la atención sobre los susodichos errores, que han surgido por una interpretación equivocada de la tradición. El evangelio obliga a recalcar en la iglesia la doctrina de la fe, la cual sin embargo no puede entenderse cuando se opina que la gracia se merece mediante obras de elección propia. A este respecto se ha enseñado que no es posible, mediante el cumplimiento de tradiciones inventadas por los hombres, merecer la gracia o reconciliar a Dios o hacer satisfacción por el pecado; y por esta razón no se deberá hacer de tales tradiciones un acto de culto necesario. Para ello, se citan al respecto pruebas de la escritura. En Mat. 15: 9 Cristo excusa a los apóstoles cuando no observaron las tradiciones acostumbradas y dice al respecto: “En vano me honran con mandamientos de hombres”. Ya que Cristo lo llama un servicio vano, éste no puede ser necesario. Poco después agrega: “Lo que entra en la boca no contamina al hombre” (15: 11). También Pablo dice en Ro. 14: 17: “El reino de los cielos no es comida ni bebida”. En Col. 2: 16 dice: “Nadie os juzgue respecto a comida, bebida, el sábado, etc.”. En Hechos 15: 19 s. Dice Pedro: “¿Por qué tentáis a Dios, poniendo sobre el cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? Antes creemos que por la gracia de nuestro Señor Jesucristo seremos salvos, de igual modo que ellos”. En este texto Pedro prohíbe oprimir a las conciencias con más ceremonias externas, ya sean de Moisés, o de otros. En I Ti. 4: 1, 3 las prohibiciones de comida, matrimonio, etc., se llaman doctrinas de demonios. Porque es diametralmente contrario al evangelio instituir o realizar tales obras con el fin de ganar el perdón del pecado, o como si nadie pudiese ser cristiano sin realizar tales actos de culto. A los nuestros se los acusa de prohibir, al igual que Joviniano, la mortificación de la carne y la disciplina, pero se verá de sus escritos que es todo lo contrario; pues siempre han enseñado que los cristianos tienen la obligación de sufrir bajo la santa cruz, que es la verdadera y sincera mortificación y no la fingida.

Al mismo tiempo se enseña que toda persona está obligada a disciplinarse con ejercicios corporales como el ayuno y otras obras, de modo que no dé lugar al pecado, pero no para merecer la gracia por medio de tales cosas. Estos ejercicios corporales no deben realizarse sólo en ciertos días fijos, sino constantemente. De esto habla Cristo en Luc. 21: 34: “Guardaos de que vuestros corazones no se carguen de glotonería”. También dice: “Los demonios no son echados sino mediante ayuno y oración”. Pablo dice que castiga su cuerpo y lo sujeta a obediencia; así indica que la mortificación no debe hacerse para merecer la gracia, sino para disciplinar al cuerpo de modo que no impida lo que cada cual está obligado a hacer según su vocación. Así el ayuno no se rechaza; lo que sí se reprueba es que se haya convertido en un acto de culto necesario, limitado a ciertos días y a ciertas comidas, con la consiguiente confusión de conciencias. Además, nosotros celebramos muchas ceremonias y tradiciones, por ejemplo, el orden de la misa y otros cánticos, fiestas, etc., las cuales sirven para mantener el orden de la iglesia. Pero al mismo tiempo se instruye al pueblo en el sentido de que tal culto externo no hace que el hombre sea aceptable ante Dios, y que se debe actuar sin agobiar a la conciencia, de modo que si se omiten tales actos sin dar ofensas, no se incurre en pecado.

Los Padres antiguos también sostuvieron esta libertad frente a las ceremonias externas. En el Oriente se celebraba la Pascua de Resurrección en fecha distinta que en Roma. Cuando algunos quisieron dar a esta diferencia el carácter de un cisma, otros les advirtieron que no es necesario mantener la uniformidad en tales costumbres. Irineo dice lo siguiente: “La falta de uniformidad en los ayunos no destruye la unidad de la fe”.También en el Dist. 12 está escrito que dicha falta de uniformidad en las ordenanzas humanas no es contraria a la unidad de la cristiandad. La Historia Tripartita en el libro 9 recoge muchas costumbres eclesiásticas disímiles y enuncia una sentencia cristiana muy útil: “ La intención de los apóstoles no fue instituir días de fiesta, sino enseñar la fe y el amor”.

XXVII. LOS VOTOS MONÁSTICOS

Al hablar de los votos monásticos se hace necesario, en primer lugar, tener presente las condiciones de los monasterios y el hecho de que en ellos sucedían muchas cosas a diario, no sólo contra la palabra de Dios, sino también contra el derecho papal. En el tiempo de San Agustín la vida monástica era voluntaria; después, cuando se corrompieron la verdadera disciplina y la enseñanza, se inventaron los votos monásticos y con ello se propuso establecer nuevamente la disciplina como por medio de una cárcel.

Además de los votos se impusieron muchas otras exigencias, mediante tales lazos y cargas se oprimió a muchos aún antes de que llegaran a una edad conveniente.

También muchas personas adoptaron la vida monástica por ignorancia, porque si bien no eran demasiado jóvenes, no habían medido ni entendido suficientemente su capacidad. Todas ellas, habiendo sido enredadas de esta manera, fueron obligadas a permanecer en estas ataduras, a pesar de que aún el derecho papal libera a muchos. La práctica fue más estricta en los conventos de mujeres que en los de los hombres, aún cuando debió haberse mostrado más consideración a las mujeres por pertenecer al sexo débil. La misma severidad y rigidez desagradó a mucha gente piadosa en tiempos pasados, porque bien pudieron observar que se encerraba tanto a muchachos como a muchachas en los monasterios para lograr su manutención corporal. También pudieron advertir que tal procedimiento acarreaba malos resultados y ocasionaba mucho escándalo y muchas dificultades para las conciencias. Mucha gente se quejó de que en un asunto tan importante los cánones ni siquiera fueran tomados en cuenta. Además, se formó un concepto tan exagerado de los votos monásticos que muchos monjes con un poco de entendimiento manifestaron su desagrado abiertamente.

Porque se sostenía que los votos monásticos eran iguales al bautismo y que mediante la vida monástica se merecía el perdón del pecado y la justificación ante Dios. Además de que se merecía la justicia y la piedad mediante la vida monástica, agregaban que por medio de tal vida se guardaban los “preceptos” y los “consejos” del evangelio, de modo que así se alababan los votos monásticos más que el bautismo. Se sostenía también que mediante la vida monástica se conseguía más mérito que por medio de todos los demás estados de vida ordenados por Dios, como los de pastor y predicador, de gobernador, príncipe, señor y de otros similares, todos los cuales sirven en su vocación conforme al mandamiento, palabra y precepto de Dios y sin santidad inventada. Ninguna de estas cosas puede negarse, ya que se encuentran en sus propios libros. Además, quien así queda atrapado al entrar en el monasterio aprende poco acerca de Cristo. Antaño había en los monasterios escuelas de Sagradas Escrituras y de otras artes útiles a la iglesia cristiana, para que de ellas salieran pastores y obispos. Pero ahora los monasterios tienen un aspecto muy diferente. En tiempos pasados la gente se congregaba en la vida monástica con el fin de aprender la Escritura. Ahora sostienen que la vida monástica es de tal índole que mediante ella se obtiene la gracia de Dios y la justicia delante de él. De hecho dicen que es un estado de perfección. Así la colocan muy por encima de los otros estados que Dios ha ordenado. Todo esto se aduce sin ningún deseo de calumniar, para que se pueda percibir y entender mejor cómo los nuestros enseñan y predican.

En primer lugar, se enseña entre nosotros, respecto a quienes desean casarse que todos los que no están preparados para la vida célibe tienen el poder y están en todo su derecho de casarse, ya que los votos no pueden anular la ordenanza y el mandamiento divino. El mandamiento de Dios reza así en I Cor. 7:2: “A causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una su propio marido”. No sólo el mandamiento divino, sino también la creación y ordenanza divinas compelen e impulsan al matrimonio a todos los que no han recibido el carisma de la virginidad mediante una obra especial de Dios, conforme a esta palabra de Dios mismo en Gén. 2:18: “No es bueno que el hombre esté solo; le haremos ayuda idónea para él”. Ahora bien, qué es lo que puede oponerse a esto? Por mucho que se alabe y ensalce el voto y la obligación, no obstante es imposible lograr por fuerza que el mandamiento divino quede invalidado. Los eruditos dicen que los votos contraídos contra el derecho papal son inválidos. ¡Cuánto menos deben obligar y tener vigencia y validez si se contraen en contra el mandamiento de Dios!

Si la obligación de los votos fuera tan rígida que no pudiese existir ningún motivo para anularlos, entonces los papas no habrían podido conceder dispensaciones de los votos; porque ningún hombre tiene la facultad de anular la obligación que tenga su origen en el derecho divino. Por eso, los papas han considerado acertadamente en el caso de tal obligación que se debe usar de lenidad; y con frecuencia han concedido dispensas, como en el caso del rey de Aragón y en muchos otros. Si se han concedido dispensas para mantener intereses temporales, con mucha más razón se deberá dispensar por causa de la necesidad de las almas.

Por consiguiente, ¿por qué insiste la oposición tan categóricamente en que deben guardarse los votos, sin investigar de antemano si el voto ha conservado su índole? Pues el voto debe abarcar lo que es posible, y ser voluntario y ajeno a su coacción. Pero, bien se sabe hasta qué punto la castidad perpetua está dentro de la capacidad humana. Además, han sido pocos, tanto hombres como mujeres, quienes por sí mismos, voluntaria y deliberadamente, han hecho el voto monástico. Antes de que lleguen al uso debido de la razón, se les persuade a hacer el voto monástico, y a veces aún se los obliga y fuerza. Por lo tanto, no es justo que se dispute sobre la obligación del voto con tanta precipitación y vehemencia, en vista de que todos reconocen que el contraer un voto involuntariamente y sin la debida deliberación es contrario a la naturaleza misma del voto.

Algunos cánones y el derecho papal invalidan el voto contraído antes de los quince años. Consideran que antes de alcanzar esa edad una persona no posee suficiente comprensión como para decidir sobre el estado en que vivirá durante toda su vida. Otro canon concede aún más años a la debilidad humana, prohibiendo contraer el voto monástico antes de cumplir los dieciocho años. Así, pues, la mayoría tiene razón y justificación para salir de los monasterios, porque la mayor parte entró en ellos durante la niñez, antes de llegar a tal edad.

Por último, aún cuando se pudiera censurar el rompimiento del voto monástico, no se podría concluir de ello que debiera anularse el matrimonio de quienes lo rompieron. San Agustín dice en pregunta 27, capítulo I de su escrito Nuptiarum que tal matrimonio no debe anularse. Ahora bien, la autoridad de San Agustín en la iglesia cristiana no es de poca monta, si bien es cierto que posteriormente otros opinaron de modo distinto que él.

Aunque el mandamiento de Dios respecto al estado de matrimonio libra y exime a muchos de los votos monásticos, los nuestros aducen aún más motivos en favor de su nulidad e invalidez. Todo acto de culto instituido y elegido por los hombres sin mandato y precepto divinos para obtener la justicia y la gracia de Dios se opone a Dios, al santo evangelio y al precepto divino. Cristo mismo dice en Mat. 15:9: “En vano me honran con mandamientos de hombres”. También San Pablo enseña en todas partes que no se debe buscar la justicia en nuestros preceptos ni en actos de culto ideados por los hombres, sino que la justicia y la piedad ante Dios provienen de la fe y la confianza al creer que Dios nos recibe en su gracia por causa de su único Hijo Jesucristo. Es evidente que los monjes han enseñado y predicado que la espiritualidad inventada satisface por los pecados y obtiene la gracia y la justicia de Dios. Ahora bien, ¿no significa esto minimizar la gloria y la magnitud de la gracia de Cristo y negar la justicia de la fe? De esto se sigue que tales votos acostumbrados eran actos de culto equivocados y falsos. Por lo tanto, no son obligatorios, porque un voto impío y contraído contra el mandato de Dios es nulo. También los cánones enseñan que el juramento no debe ser un lazo de pecado.

San Pablo dice en Gál. 5:4: “De Cristo os desligasteis, los que por la ley os justificáis, de la gracia habéis caído”. Por consiguiente, los que desean justificarse mediante los votos también se han desligado de Cristo y caen de la gracia de Dios. Los tales despojan a Cristo de su honor, quien sólo justifica, y se lo dan a sus votos y a su vida monástica. Tampoco se puede negar que los monjes han enseñado y predicado que por medio de sus votos, su vida monástica y su conducta eran justificados y merecían el perdón de los pecados. En efecto, han inventado cosas aún más ineptas y absurdas, diciendo que hacían partícipes a otros de sus buenas obras. Si uno quisiera recalcar y censurar todo esto con aspereza, ¡cuántas cosas podrían traerse a colación, cosas de las cuales los monjes mismos ahora se avergüenzan y quisieran no haber hecho! Además de todo esto, han persuadido al pueblo de que este inventado estado espiritual de las órdenes constituye la perfección cristiana. Esto es ciertamente alabar las obras con el fin de obtener la justificación por ellas. Ahora bien, no es un leve escándalo en la iglesia cristiana proponer al pueblo tal acto de culto que los hombres han inventado sin el mandamiento de Dios y enseñar que tal acto hace que los hombres aparezcan ante Dios como piadosos y justos. La noticia de la fe, la cual debe recalcarse ante todo en la iglesia cristiana, se oscurece cuando los ojos del pueblo son deslumbrados con esta extraña religiosidad angelical y con la afectación falsa de la pobreza, la humildad y la castidad.

Además, se oscurecen los mandamientos de Dios y el verdadero culto de Dios cuando el pueblo oye que solamente los monjes se encuentran en estado de perfección. Pues la perfección cristiana consiste en temer a Dios de corazón y con sinceridad, y no obstante tener una íntima confianza y fe de que por causa de Cristo tenemos un Dios lleno de gracia y de misericordia, que podemos y debemos pedir a Dios lo que nos hace falta y esperar confiadamente de él ayuda en toda tribulación, cada uno de acuerdo con su vocación y condición. Consiste también en que realicemos buenas obras diligentemente y en que atendamos a nuestro oficio. En esto consiste la verdadera perfección y el verdadero culto a Dios, y no en pedir limosna ni en usar capuchas de color negro o gris, etc. Pero El pueblo común deduce una opinión mucho más perjudicial de la falsa alabanza que se hace de la vida monástica, al oír que se alaba desmesuradamente el estado cálibe. De ello resulta que vive en el matrimonio con conciencia intranquila. Cuando el hombre común oye que sólo los mendigos deben ser contados como perfectos, no puede saber que se le permite tener posesiones y negociar con ellas sin pecado. Cuando el pueblo oye que no vengarse es solamente un consejo, resulta que algunos opinan que no es pecado vengarse fuera del ejercicio de su oficio. Algunos opinan que no corresponde a los cristianos, ni aún al gobierno, castigar el mal.

Se leen muchas cosas de hombres que abandonaron a esposa e hijos, e incluso su oficio civil, y se recluyeron en un monasterio. Según dijeron, esto es huir del mundo y buscar una vida más agradable a Dios que la de las otras personas. Y no podían tampoco saber que es necesario servir a Dios observando los mandamientos que él ha dado y no guardando los mandamientos inventados por los hombres. Un estado de vida bueno y perfecto es el que se apoya en el mandamiento de Dios, pero es pernicioso el estado de vida que no tenga de su lado el mandamiento divino. Fue necesario impartir al pueblo instrucción apropiada respecto a tales asuntos.

En otro tiempo Gerson también censuró el error de los monjes respecto a la perfección, indicando que en esa época era una novedad decir que la vida monástica constituyese un estado de perfección.

Muchísimas opiniones y errores impíos se relacionan con los votos monásticos: Se alega que nos hacen justos y piadosos ante Dios, que constituyen la perfección cristiana, que mediante la vida monástica se guardan tanto los consejos como los mandamientos del evangelio y que ella produce las buenas obras de supererogación que no estamos obligados a rendir a Dios. Puesto que todo esto es falso, vano e inventado, los votos monásticos son nulos e inválidos.

XXVIII. LA POTESTAD DE LOS OBISPOS

En tiempos pasados se escribieron muchas y diversas cosas acerca del poder de los obispos. Algunos han confundido impropiamente el poder de los obispos y el poder de la espada temporal. Tal confusión caótica trajo como consecuencia muy grandes guerras, tumultos e insurrecciones, porque los obispos, con el pretexto del poder otorgado por Cristo, no solamente han introducido nuevos actos de culto y mediante la reservación de algunos casos y el empleo violento del entredicho han oprimido a las conciencias, sino que se han atrevido a poner y deponer, a su antojo, a emperadores y reyes. Desde hace mucho tiempo personas eruditas y temerosas de Dios dentro de la cristiandad han censurado tales desafueros. Por este motivo nuestros teólogos, para consuelo de las conciencias, se han visto obligados a exponer la distinción entre el poder espiritual y el poder y la autoridad temporales. Los nuestros han enseñado que a causa del mandamiento de Dios se deben honrar con toda reverencia ambos poderes y autoridades y que deben estimarse como los dones divinos más nobles en este mundo.

Nuestros teólogos enseñan que, de acuerdo con el evangelio, el poder de las llaves, o de los obispos es un poder y mandato divino de predicar el evangelio, de perdonar y retener los pecados y de distribuir y administrar los sacramentos, porque Cristo envió a los apóstoles con el siguiente encargo: “Como me envió el Padre, así también yo os envío. Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos”, Juan 20: 21-23. Este mismo poder de las llaves o de los obispos se practica y se realiza únicamente mediante la enseñanza y la predicación de la Palabra de Dios y la administración de los sacramentos a muchas personas o individualmente, según el encargo de cada uno. De esta manera no se otorgan cosas corporales sino cosas y bienes eternos, a saber, la justicia eterna, el Espíritu Santo y la vida eterna. Estos bienes no pueden obtenerse sino por el ministerio de la predicación y la administración de los santos sacramentos, porque San Pablo dice: “El evangelio es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”. Ya que el poder de la iglesia o de los obispos proporciona bienes eternos y se emplea y ejerce sólo por el ministerio de la predicación, de ninguna manera estorba al gobierno ni a la autoridad temporal. Esta tiene que ver con cosas muy distintas del evangelio; el poder temporal no protege el alma, sino que mediante la espada y penas temporales protege el cuerpo y los bienes contra la violencia externa. Por esta razón las dos autoridades, la espiritual y la temporal, no deben confundirse ni mezclarse pues el poder espiritual tiene su mandato de predicar el evangelio y de administrar los sacramentos. Por lo tanto no debe usurpar otras funciones; no debe poner ni deponer a los reyes, no debe anular o socavar la ley civil y la obediencia al gobierno; no debe hacer ni prescribir a la autoridad temporal leyes relacionadas con asuntos profanos, tal como Cristo mismo dijo: “Mi reino no es de este mundo”; también: “¿Quién me ha puesto sobre vosotros como juez?” San Pablo dice en Filip. 3: 20: “Nuestra ciudadanía está en los cielos”, y en II Cor. 10: 4-5 dice: “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas y de toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios”. De este modo nuestros teólogos distinguen las funciones de las dos autoridades y poderes, mandando que se los estime como los más altos dones de Dios en este mundo.

En los casos en que los obispos tienen la autoridad temporal y el poder de la espada, no lo tienen como obispos por derecho divino, sino por derecho humano e imperial, otorgado por los emperadores romanos y los reyes para la administración temporal de sus bienes, cosa que nada tiene que ver con el ministerio del evangelio.

Por consiguiente, el ministerio de los obispos, según el derecho divino, consiste en predicar el evangelio, perdonar los pecados, juzgar la doctrina contraria al evangelio y excluir de la congregación cristiana a los impíos cuya conducta impía sea manifiesta, sin usar del poder humano, sino sólo por la palabra de Dios.

Por esta razón, los párrocos y las iglesias tienen la obligación de obedecer a los obispos, de acuerdo con la palabra de Cristo en Lucas 10: 16: “El que a vosotros oye, a mí me oye”. Pero cuando los obispos enseñen, ordenen o instituyan algo contrario al evangelio, en tales casos tenemos el mandamiento de Dios de no obedecerlos, en Mat. 7: 15: “Guardaos de los falsos profetas”. San Pablo dice en Gá. 1: 8: “Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema”. También dice en II Co. 13: 8: “Nada podemos contra la verdad, sino por la verdad”. Mas adelante dice: “Conforme a la autoridad que el Señor me ha dado para edificación, y no para destrucción”. Así también ordena el derecho eclesiástico II, pregunta 7, en los capítulos titulados “Sacerdotes” y “Ovejas”. También San Agustín escribe en la epístola contra Petiliano que ni siquiera se debe seguir a los obispos debidamente elegidos cuando yerren o cuando enseñen u ordenen algo contrario a la Escritura divina.

Cualquier otro poder y autoridad judicial que tengan los obispos como, por ejemplo, en asuntos de matrimonio o de los diezmos, lo poseen por derecho humano. Pero cuando los ordinarios son negligentes en tal función, los príncipes están obligados, ya sea voluntariamente, ya sea a regañadientes, a administrar la justicia a favor de sus súbditos por causa de la paz y para evitar la discordia y los disturbios en sus territorios.

Además, se disputa sobre si los obispos tienen la autoridad de introducir ceremonias en la iglesia y de establecer reglas concernientes a comidas, días de fiesta y las distintas órdenes de clérigos. Los que conceden esta autoridad a los obispos citan la palabra de Cristo en Juan 16: 12-13: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad”. Además, citan el ejemplo de Hechos 15: 20, 29, en donde se prohibió la sangre y lo ahogado. También se aduce el hecho de que el sábado se convirtió en domingo –en contra de los Diez Mandamientos, según dicen. Ningún ejemplo se cita y recalca tanto como el de la mutación del sábado, queriendo demostrar con ello que la autoridad de la iglesia es grande, ya que ha dispensado los Diez Mandamientos y ha alterado algo en ellos. Sobre esta cuestión los nuestros enseñan que los obispos no tienen la autoridad de instituir y establecer nada contra el evangelio, como queda expuesto arriba y como el derecho eclesiástico enseña a través de toda la Distinción 9. Es manifiestamente contrario al mandamiento y la palabra de Dios convertir opiniones humanas en leyes o exigir que mediante tales leyes se haga satisfacción por los pecados para conseguir la gracia, pues se denigra la gloria del mérito de Cristo cuando nos proponemos merecer la gracia mediante tales ordenanzas. También es manifiesto que a causa de esta opinión dentro de la cristiandad, las ordenanzas humanas se han multiplicado infinitamente, pero la doctrina sobre la fe y la justicia de la fe casi se ha suprimido. A diario se han prescrito nuevos días de fiesta y nuevos ayunos y se han instituido nuevas ceremonias y nuevos honores tributados a los santos, todo con el fin de merecer de Dios la gracia y todo bien.

Quienes instituyen ordenanzas humanas también obran contra el mandamiento de Dios al hacer que el pecado sea cosa de comidas, ciertos días y cosas similares y al oprimir a la cristiandad con la esclavitud de la ley. Actúan como si los cristianos para merecer la gracia, tuvieran que celebrar tales actos de culto como si fuesen iguales al culto levítico, arguyendo, según escriben algunos, que Dios ordenó a los apóstoles y a los obispos que los instituyeran. Es de suponer que algunos obispos fueron engañados con el ejemplo de la ley de Moisés. De ahí surgieron innumerables ordenanzas. Por ejemplo: que es pecado mortal hacer trabajo manual en los días de fiesta, aún sin dar ofensa a otros; que es pecado mortal dejar de rezar las siete horas canónicas; que algunas comidas manchan la conciencia; que el ayuno es una obra mediante la cual Dios es reconciliado; que no se puede perdonar el pecado en un caso reservado, a menos que lo conceda el que lo reservó, y esto a pesar de que el derecho eclesiástico no habla de la reservación de la culpa, sino sólo de la reservación de las penas eclesiásticas.

¿De dónde tienen los obispos el derecho y la autoridad para imponer a la cristiandad tales exigencias, enredando así a las conciencias? En Hechos 15: 10 San Pedro prohíbe poner el yugo sobre la cerviz de los apóstoles. Y San Pablo dice a los corintios que a ellos se les ha dado el poder de edificar y no de destruir. ¿Por qué multiplican los pecados mediante tales exigencias?

Pero hay textos claros de la Escritura divina que prohíben estipular tales exigencias para merecer la gracia de Dios o como necesarias para la salvación. Pablo dice en Col. 2: 15-17: “Por tanto, nadie os juzgue en comida o en bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o sábados, todo lo cual es sombra de lo que va a venir; pero el cuerpo es de Cristo.” También: “Pues si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: No toques esto, no comas ni bebas eso, no manejes aquello? Todas estas cosas se destruyen con el uso, con mandamientos y doctrinas de hombres y tienen una apariencia de sabiduría.” También en Tito 1: 14 San Pablo claramente prohíbe atender a fábulas judaicas y a mandamientos de hombres que se apartan de la verdad. En Mat. 15: 14 Cristo mismo dice de aquellos que urgen a los hombres a cumplir mandamientos humanos: “Dejadlos; son ciegos guías de ciegos.” El repudia semejante servicio divino y dice: “Toda planta que no plantó mi Padre celestial, será desarraigada.” (15: 13). Si, pues, los obispos tienen autoridad de oprimir a las iglesias con innumerables exigencias y de enredar las conciencias, ¿por qué prohíbe la Escritura divina tan a menudo el hacer y obedecer los reglamentos humanos?

¿Por qué los llama doctrina de demonios? ¿Habrá hecho en vano el Espíritu Santo toda esta amonestación?

Puesto que son contrarios al evangelio tales reglamentos, instituidos como necesarios para aplacar a Dios y merecer la gracia, de ninguna manera incumbe a los obispos imponer tales actos de culto. Es necesario retener en la cristiandad la doctrina de la libertad cristiana, es decir, que la servidumbre a la ley no es necesaria para la justificación, como dice Pablo en Gál. 5: 1: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud.” Pues es preciso preservar el artículo principal del evangelio, de que obtenemos la gracia de Dios por la fe en Cristo sin nuestro mérito y que no la merecemos mediante actos de culto establecidos por los hombres. ¿Qué se ha de decir, pues, del domingo y de otras ordenanzas eclesiásticas y ceremonias similares? Los nuestros contestan que los obispos o los pastores pueden establecer ritos para que todo se haga con orden en la iglesia, pero no con el fin de obtener la gracia divina no hacer satisfacción por el pecado ni atar las conciencias con la idea de que tales actos de culto sean necesarios y que sea pecado omitirlos cuando esto se hace sin dar ofensa. Así, San Pablo, escribiendo a los corintios, ordenó que las mujeres cubrieran su cabeza en la asamblea, también que los predicadores no hablaran al mismo tiempo en la asamblea, sino en orden, uno por uno.

Conviene a la congregación cristiana ceñirse a tales ordenanzas a causa del amor y la paz y en estos asuntos prestar obediencia a los obispos y pastores, reteniéndolas en cuanto se pueda sin dar ofensa al otro, para que no haya ningún desorden ni conducta desenfrenada en la iglesia. Pero esta obediencia debe prestarse de tal manera que no se oprima las conciencias, sosteniendo que tales cosas son necesarias para la salvación y considerando que se comete pecado al omitirlas sin dar ofensa a los demás. Nadie diría, por ejemplo, que la mujer peca al salir descubierta, si con ello no ofende a los demás.

Lo mismo sucede con la observancia del domingo, de la Pascua de Resurrección, de Pentecostés y las demás fiestas y ritos. Están muy equivocados quienes consideran que la observación del domingo es institución necesaria en lugar del sábado, ya que la Sagrada Escritura ha abolido el sábado y enseña que desde la revelación del evangelio todas las ceremonias de la ley antigua pueden ser omitidas. Sin embargo, debido a la necesidad de estipular cierto día para que el pueblo sepa cuándo congregarse, la iglesia cristiana ha designado el domingo para ese fin; y se ha complacido y agradado en introducir este cambio para dar al pueblo un ejemplo de la libertad cristiana y para que se sepa que no es necesaria la observancia del sábado ni la de ningún otro día.

Hay muchas discusiones impropias acerca de la mutación de la ley, de las ceremonias del Nuevo Testamento y del cambio del sábado, todas las cuales han surgido de la opinión errónea y equivocada de que en la cristiandad es necesario tener un culto igual al levítico o al judío, como si Cristo hubiese ordenado a los apóstoles y obispos inventar nuevas ceremonias que fuesen necesarias para la salvación. Estos errores se introdujeron en la cristiandad cuando ya no se enseñaba la justicia de la fe ni se predicaba con claridad y pureza. Algunos disputan respecto al domingo, diciendo que es necesario observarlo, si bien no por derecho divino, sin embargo casi como si fuera de derecho divino. Prescriben qué clase y qué cantidad de trabajo se puede hacer en días de fiesta. Pero, ¿qué son tales discusiones sino ataduras para las conciencias? Porque, aún cuando se propongan mitigar y temperar las ordenanzas humanas, no puede haber mitigación alguna mientras persista la idea de que son necesarias. Y esta opinión tiene que persistir mientras no se sepa nada de la justicia de la fe ni de la libertad cristiana.

Los apóstoles ordenaron abstenerse de sangre y de lo ahogado. Pero, ¿quién lo cumple ahora? Sin embargo, los que no cumplen no cometen pecado, ya que los mismos apóstoles no quisieron cargar a las conciencias con tal servidumbre, sino que decretaron tal prohibición por un tiempo para evitar escándalo. En relación a esta ordenanza es necesario fijarse en el artículo principal de la doctrina cristiana, el cual no es abrogado por este decreto.

Casi ninguno de los antiguos cánones se observa al pie de la letra, y a diario desaparecen muchos de los mismos reglamentos, aun entre aquellos que con más celo los guardan. No es posible aconsejar ni ayudar a las conciencias en los casos donde no se conceda esta mitigación: que se reconozca que tales reglas no han de ser consideradas como necesarias y que su omisión no es perjudicial a las conciencias.

Los obispos, no obstante, podrían mantener fácilmente en pie la obediencia si no insistieran en la observancia de las reglas que no pueden regularse sin pecado. Pero ahora administran el santo sacramento bajo una especie y prohíben la administración de las dos especies. También prohíben el matrimonio a los clérigos y no aceptan para el ministerio a nadie a menos que jure con anterioridad no predicar esta doctrina, aunque no cabe duda de que está de acuerdo con el santo evangelio. Nuestras iglesias no desean que los obispos restauren la paz y la unidad en menoscabo de su honra y dignidad, si bien es cierto que en casos de necesidad correspondería a los obispos hacerlo. Solamente piden que los obispos aflojen algunas cargas injustas, las cuales en tiempos pasados no existían en la iglesia y se aceptaron contra el uso de la iglesia cristiana universal. Quizás al principio hubo cierta razón para su introducción, pero ya no se adaptan a nuestros tiempos. Es innegable que algunos reglamentos fueron aceptados debido a la falta de comprensión. Por lo tanto, los obispos deberían tener la bondad de mitigar dichas reglas, ya que tales cambios en nada perjudican el mantenimiento de la unidad de la iglesia cristiana. Muchas reglas inventadas por los hombres han caído en desuso con el correr del tiempo y ya no son obligatorias, como lo testifica el mismo derecho papal. Pero si no es posible lograr la concesión de mitigar y abolir aquellas reglas humanas que no pueden guardarse sin pecado, entonces nos vemos obligados a seguir la regla apostólica que nos ordena obedecer a Dios antes que a los hombres.

San Pedro prohíbe a los obispos ejercer el dominio, como si tuviesen la autoridad de obligar a las iglesias a cumplir su voluntad. Ahora no se trata de cómo se les puede restar a los obispos su autoridad, sino que pedimos y deseamos que no obliguen a nuestras conciencias a pecar. Pero si no quieren acceder a esto y desprecian nuestra petición, que ellos vean cómo rendirán cuenta de ello Dios, ya que por su obstinación dan ocasión a cisma y división, cosa que justamente deberían ayudar a evitar.

CONCLUSIÓN

Estos son los artículos principales que se han considerado como controversiales. Aunque se hubieran podido aducir muchos más abusos y errores, no obstante, para evitar la desprolijidad y ociosidad, hemos traído a colación sólo los principales. Los demás pueden juzgarse fácilmente a la luz de éstos. En tiempos pasados hubo muchas quejas sobre las indulgencias, las peregrinaciones y el abuso de la excomunión. También los párrocos sostuvieron innumerables riñas con los monjes sobre el derecho de oír las confesiones, sobre los entierros, las predicaciones en ocasiones especiales y otras innumerables. Hemos pasado por alto todo esto discretamente y por el bien común, para que salieran a relucir aún más los asuntos principales en esta cuestión. No debe pensarse que nada se haya hablado o aducido por odio o por el deseo de injuriar. Sólo se han ennumerado los puntos que hemos considerado necesario aducir y traer a colación, para que se pueda entender más claramente que entre nosotros nada, ni en cuestión de doctrina ni de ceremonias, ha sido aceptado que esté en pugna con la Sagrada Escritura o con la iglesia cristiana universal. Es evidente y manifiesto que con toda diligencia y con la ayuda de Dios (no queremos gloriarnos) nos hemos precavido de que ninguna doctrina nueva o impía nunca se introduzca e irrumpa en nuestras iglesias y gane la primacía entre ellas.

De acuerdo con el edicto, hemos deseado entregar los susodichos artículos, haciendo constar cuál es nuestra confesión y nuestra doctrina. Si alguien encontrara que falta algo en ellos, estamos listos para dar más información con base en la Sagrada Escritura divina.

Somos los súbditos obedientes de Vuestra Majestad Imperial:
Juan, Duque de Sajonia, Elector.
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    Los Artículos de Esmalcalda

    24 06 2009

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    Los Artículos de Esmalcalda

    Artículos de Doctrina Cristiana que debieron haber sido presentados por nuestros partidarios en el concilio de Mantua, o en cualquier otro lugar en que debía de reunirse el concilio, y que habían de indicar lo que podíamos o no podíamos ceder. Escrito por el Dr. Martín Lutero en el año 1537.

    Introducción

    Desde la Dieta de Augsburgo del año 1530 se abrigaba la esperanza de que las divergencias doctrinales entre católico romanos y luteranos podrían ser subsanadas por medio de un concilio. Varios lugares fueron propuestos como sede para tal concilio. Finalmente el Papa Pablo III consintió en que éste fuera convocado en Mantua, una ciudad del norte de Italia, para la fecha del 8 de mayo de 1537. Como propósito de este concilio se estableció en una bula papal “la extirpación total del veneno pestilencial de la herejía luterana”.

    Lutero estaba convencido de que el Papa nunca permitiría que hubiese un concilio verdaderamente libre y cristiano. Los motivos para tal opinión, los explicó en su prefacio para los Artículos de Esmalcalda que fue compartida por su soberano el Príncipe Elector de Sajonia, quien creía que los luteranos no podían someterse a las decisiones de un concilio convocado con el propósito declarado de “extirpar la herejía luterana” y que debería componerse exclusivamente de obispos fieles al Papa. En consecuencia, los príncipes luteranos evangélicos reunidos en Esmalcalda resolvieron no concurrir a este concilio, aunque Lutero aconsejaba que se aceptase la invitación papal.

    El Príncipe Elector insistía en que ellos podrían asistir solamente en el caso en que existiese la seguridad de que se trataba de un concilio “general, piadoso, cristiano e imparcial”. Pero esto no podría afirmarse con respecto al concilio recién convocado; antes bien, podría anticiparse que la doctrina luterana sería condenada y sus confesores excomulgados y proscriptos. Por otra parte sería muy oportuno que en bien de la unidad de la iglesia se celebrara pronto un concilio que respondiera a las condiciones siguientes:

    1) Debía ser un concilio libre y cristiano y no papal para que no estuviera ya arreglado todo de antemano según el criterio del Papa;
    2) debía tratarse de un concilio en el cual todos los estados estuviesen representados en igualdad de condiciones, no anticipando desde el principio la posición de que los protestantes eran herejes;
    3) la base de criterio debía ser la Biblia y no las decisiones del papado;
    4) a menos que esto fuese completamente imposible, tal concilio debía realizarse en países germanos.

    A Lutero se le pidió que en preparación de tal Concilio compusiese los Artículos que podrían ser presentados como contribución Protestante para aclarar hasta dónde podrían ceder a favor de la unidad y la paz, y dónde deberían quedar firmes sin entrar en compromisos. Antes de su publicación tales Artículos deberían ser estudiados por los príncipes y sus teólogos reunidos en Esmalcalda.

    Aunque Lutero ya no abrigaba ninguna esperanza de que las divergencias entre los luteranos y católico romanos podrían ser eliminadas por un Concilio, cumplió enseguida con el deseo de su Príncipe Elector preparando una confesión luterana que debía servir un doble propósito según los conceptos de su autor: Como el reformador no estaba completamente satisfecho con el procedimiento aplicado por su colega Melanchton en la Confesión de Augsburgo y su Apología, en la que Melanchton trataba de reducir al mínimo las diferencias entre las enseñanzas romanas y protestantes –Lutero lo llamó Leisetreterei (“hipócrita”)- estos nuevos artículos debían dar más relieve a los rasgos distintivos del luteranismo, de modo que en el concilio podrían servir para demostrar la diferencia entre el ministerio evangélico y el sacerdocio romano. Por otra parte, Lutero creía en aquel entonces que no le quedaba mucho tiempo para vivir, y este presentimiento influyó en la concepción de los veintiún artículos que tal vez nunca podrían ser presentados públicamente por los príncipes luteranos, pero que podrían servir como último testamento de la fe y enseñanzas de Martín Lutero de modo que la posteridad podría saber bien claramente cuál fue su posición.

    Estos Artículos fueron examinados y suscriptos por los teólogos de Wittenberg, la cuna de reforma, pero nunca fueron presentados ni discutidos por las autoridades reunidas en Esmalcalda. Lutero y sus amigos estaban en esta ciudad de Turingia, desde el principio del año 1537, llamados por el Príncipe Elector de Sajonia y otros hombres políticamente influyentes, para que en esta asamblea se aclarase la posición que los luteranos debían adoptar frente al concilio convocado en Mantua. Se anticipó que los artículos de Lutero serían discutidos y aceptados oficialmente en esta asamblea como confesión luterana, sea para el concilio de Mantua o para otro concilio más imparcial. Pero por desgracia, Lutero se enfermó gravemente, lo que le impidió asistir a las sesiones; y debido a su ausencia no hubo en Esmalcalda una discusión ni adopción oficial de sus artículos. El motivo de fondo era que los príncipes reunidos ya estaban decididos a rechazar absolutamente el concilio, lo que quitó toda oportunidad para discutir los artículos de Lutero. Espontáneamente, sin embargo, los artículos fueron suscriptos por la gran mayoría de los teólogos presentes, por considerárseles como una exposición auténtica de la Confesión de Augsburgo, completada con una declaración concerniente al papado que faltaba en la Confesión de Augsburgo.

    La estimación de estos artículos, escritos por Lutero, creció siempre más. En 1538 Lutero se encargó de una nueva edición de los Artículos de Esmalcalda, y autorizó su publicación. Sin exagerar puede afirmarse que ya antes de la muerte de su autor, ellos comenzaron a desplazar la importancia de la Confesión de Augsburgo y su Apología como la posición oficial luterana en muchos puntos de discusión. Y en los años de confusión que siguieron a la muerte de Martín Lutero, estos artículos, como testamento del reformador, se hicieron aún más importantes, porque se caracterizan por su lenguaje claro e inequívoco y destacan la posición de Lutero en los puntos donde Melanchton, a causa de su pusilanimidad, había tratado de hacer concesiones, evitando los extremos y buscando un acuerdo. Por eso los Artículos de Esmalcalda se convirtieron en la declaración oficial de la independencia luterana de la iglesia de Roma.

    ¿Cuál es su papel o función actual no sólo desde el punto de vista histórico sino también teológico y el de una convocatoria a la unidad en la Verdad? Los artículos se subdividen en tres grupos: Primero, artículos que no requieren concesiones por ninguna parte porque son reconocidos por ambos bandos, i.e., “los altos artículos de la majestad divina” y de las dos naturalezas de Cristo; segundo, artículos en que no pueden haber concesiones, entre éstos el primero y principal artículo de Jesucristo y su obra, la redención que alcanzamos únicamente por la fe como dice el apóstol Pablo: “Nosotros creemos que el hombre es justificado, sin las obras de la Ley, sino sólo por la fe”, además, “para que sólo Dios sea justo y justifique a quien tenga fe en Jesús”. Este artículo es llamado por Lutero con razón el “primero y principal”, la base de la vida y la esperanza de todo cristiano. Por esto se concluye que “apartarse de este artículo o hacer concesiones no es posible, aunque se hundan el cielo y la tierra y todo cuanto es perecedero”. Sin duda es magistral aquí la concentración enérgica de este “artículo primero y principal”, hacia el cual todo debe orientarse. Finalmente hay un tercer grupo de cuestiones y artículos “que pueden ser tratados con personas razonables o entre nosotros mismos”. Entre tales artículos se citan el pecado, la Ley, el arrepentimiento, el Evangelio, etc., hasta los votos monásticos y las leyes humanas. Resulta que esta confesión luterana conoce también lo que según la terminología católica es llamado “una jerarquía de las verdades”, y de este modo ella se ofrece al diálogo según sus posibilidades. En este tercer grupo se encuentra la profunda observación sobre el papado “en tanto que el Papa se gloría de poseer todos los derechos y leyes en el arca de su pecho”, siendo por eso “entusiasmo que se eleva sobre las Escrituras negando la subordinación a ella y, si fuese necesario en el nombre del Espíritu Santo”. El pasaje concluye con las palabras significativas y de importancia para todos los tiempos: “El entusiasmo reside en Adán y sus hijos desde el comienzo hasta el fin del mundo, infundido en ellos y administrado como veneno por el viejo dragón y constituye el origen y la fuerza y el poder de todas las herejías, y también del papado y del islamismo. Por eso debemos y tenemos que perseverar con insistencia en que Dios quiere relacionarse con nosotros los hombres sola y únicamente mediante su Palabra externa y por los Sacramentos”. Así se formula uno de los conceptos característicos de la iglesia de la Reforma con que se rechaza enérgicamente todo entusiasmo sectario que pretende poseer el Espíritu sin la Palabra externa, y se destaca frente a tal debilitamiento del Evangelio la afirmación de que Dios quiere comunicar el Espíritu Santo y con él la participación en la salvación adquirida por Cristo de ningún otro modo sino sólo por los medios concretos de Gracia, es decir, por la predicación del Evangelio y por la administración de los Sacramentos. Estos artículos de Lutero, incorporados posteriormente como obra confesional en el Libro de Concordia, trazan en forma clara y decidida los linderos frente a todo espiritualismo que cree poder entrar en contacto con el Espíritu Santo y su actividad de modo inmediato y puramente interior. Es, pues, uno de los méritos innegables de esta obra el que ella se opone a tales corrientes espirituales (Schwaermertum) que buscaron abrirse paso en el cristianismo evangélico para su detrimento. Relacionando con tales tendencias y conceptos, que Lutero llama “origen y poder de toda herejía desde el principio”, también el papado con su pretensión de poder elevarse sobre la Palabra externa de las Escrituras e independizarse de ella, en el nombre del Espíritu Santo, se identifican para Lutero, ambos frentes de lucha y de discusión en uno solo.

    No es de extrañarse, pues, que Lutero, habiendo demostrado sobradamente su habilidad de reducir las múltiples facetas y complicaciones de los problemas candentes a una fórmula simple, ofrezca aquí al final de sus artículos una definición breve y sencilla de la iglesia que se hizo famosa: Su palabra de “los niños en la iglesia”: “Gracias a Dios, un niño de siete años sabe qué es la iglesia, es decir, los santos creyentes y el rebaño que escucha la voz de su Pastor”.

    En efecto, los niños rezan de este modo: “Yo creo en una santa iglesia cristiana”. Esta santidad consiste… “en la Palabra de Dios y en la verdadera fe”. De este modo se vuelve al gran tema de los artículos de Esmalcalda, el tema del cristianismo entero, el de la justificación del hombre pecador frente a Dios. Compenetrada de esta verdad, la iglesia sabe que hay límites entre ella y otros hombres en el mundo, porque ella se entiende como Pueblo de Dios que vive bajo el mensaje de esta justificación y que con tal responsabilidad está enviada a este mismo mundo.

    Prólogo del Dr. Martín Lutero

    1 Puesto que el Papa Pablo III convocó por escrito1 un concilio el año pasado que tendría lugar en Mantua por Pentecostés y después fue trasladado de lugar2, no sabiéndose aún dónde o si se pueda celebrarlo, y como nosotros por nuestra parte, debíamos esperar que siendo invitados o no, fuéramos condenados, me fue confiado3 componer y reunir los artículos de nuestra doctrina, para que si se tratase de deliberaciones, se supiese dónde y en qué medida queremos o podemos hacer concesiones a los papistas y sobre qué puntos pensamos definitivamente perseverar y mantenernos.

    2 En este sentido he compuesto estos artículos y los he entregado a los nuestros. Han sido aceptados también por los nuestros y confesados unánimemente, y se ha decidido que (si el Papa y los suyos alguna vez llegasen a ser tan valientes y serios, sin mentiras y engaños, para convocar un concilio verdaderamente libre, como es su deber) se debía presentarlos públicamente como confesión de nuestra fe. 3 Pero la corte romana tiene un horrible temor ante un concilio libre y huye tan vergonzosamente de la luz, que ha llegado a arrebatar a los suyos la esperanza de que puedan soportar jamás un concilio libre y mucho menos convocarlo por propia iniciativa. Están, como es justo, muy enojados y se sienten bastante molestos por ello, como los que notan que el Papa quisiera ver perdida a toda la cristiandad y condenadas a todas las almas, antes que él y los suyos quisiesen reformarse algo y dejar que se ponga un límite a su tiranía.

    No obstante, yo he decidido hacer imprimir entretanto y publicar estos artículos para el caso en que yo muera antes de que un concilio se celebre (como lo aguardo y espero con toda certeza), ya que esos bribones que huyen de la luz y temen el día tienen que darse una miserable molestia en retardar e impedir el concilio. Con ello, los que vivan y subsistan después de mí, pueden presentar mi testimonio y confesión4 fuera de la confesión que he publicado anteriormente,5 la cual he permanecido fiel hasta ahora y a la cual espero permanecer fiel con la Gracia de Dios. 4 En efecto, ¿Qué habría de decir?, ¿De qué habría de quejarme? Estoy aún en vida, escribo, predico, y dicto clases diariamente. No obstante, tales personas venenosas se encuentran no sólo entre nuestros adversarios, sino que también hay falsos hermanos que quieren pertenecer a nuestro partido y que se atreven a citar directamente contra mí mis escritos y mi doctrina y esto ante mis ojos y oídos, aunque saben que enseño de otra manera. Quieren dar una bella apariencia a su veneno con mi trabajo y seducir a la pobre gente bajo mi nombre. ¿Qué será más tarde después de mi muerte?.

    5 ¿Hay una razón por qué yo deba responder a todo mientras viva?. Y, ¿cómo podré yo solo cerrar los hocicos del diablo?. Y en particular a aquellos (todos ellos están envenenados) que no quieren escuchar ni notar lo que escribimos, sino que se ocupan con todo afán en trastocar y corromper nuestras palabras en todas sus letras de la manera más vergonzosa. Dejo responder al diablo tal cosa o finalmente a la ira de Dios, tal como merecen. 6 Pienso a menudo en el buen Gerson6, que dudaba de si se debía publicar algo bueno. Si no se hace se abandonarán muchas almas que se podrían salvar. Pero, si se le hace, ahí estará el diablo con incontables hocicos venenosos y perversos que todo lo envenenan y trastocan, de modo que se impide el fruto. 7 Lo que ganan con ello, se ve claramente: Ya que han mentido tan vergonzosamente contra nosotros y han querido mantener en su partido a la gente con mentiras, Dios ha continuado su obra; hay disminuido siempre el partido de ellos y aumentado el nuestro, y a ellos con sus mentiras los ha avergonzado y los sigue avergonzando.

    8 Tengo que contar una historia: Aquí en Wittenberg estuvo un doctor enviado de Francia,7 que dijo públicamente ante nosotros que su rey estaba convencido y más que convencido de que no había entre nosotros ni iglesia, ni autoridad, ni estado matrimonial, sino que todo andaba como entre los animales,8 y que cada uno hacía lo que le placía. 9 Ahora bien, ¿te imaginas cómo nos mirarían a la cara en el día del juicio y ante el trono de Cristo estos hombres que por sus escritos han hecho creer al rey y a otras autoridades como pura verdad tales groseras mentiras? Cristo, Señor y juez de todos nosotros, sabe muy bien que mienten y que han mentido. Tendrán que escuchar en su oportunidad el juicio; lo sé ciertamente. En cuanto a los otros, sólo será su destino pena y dolor eternos.

    10 Para volver a mi tema, deseo expresar que me agradaría ver ciertamente que se celebrase un verdadero concilio, con el cual se ayudaría a muchas cosas y personas. Nosotros no lo necesitamos, pues nuestras iglesias están ahora iluminadas y provistas por la Gracia de Dios con la palabra pura y el recto uso del Sacramento, con el conocimiento de todos los estados,9 y las obras buenas, de tal modo que por nuestra parte no buscamos ningún concilio y en lo que se refiere a estas materias no podemos esperar ni estar a la expectativa de nada mejor del concilio. Pero ahí vemos en todas partes en los obispados parroquias vacías y desiertas que el corazón se le parte a uno. Y, sin embargo, no se preguntan ni los obispos ni los canónigos cómo vive o muere la pobre gente, por la que, no obstante, murió Cristo, y a quien no quieren permitir que le oigan hablar con ellos como el buen pastor con sus ovejas10. 11 Me atemoriza y aterroriza el pensar que alguna vez haga pasar sobre Alemania un concilio de ángeles que nos destruya a todos desde la raíz, como Sodoma y Gomorra, puesto que nos burlamos tan insolentemente de El bajo el pretexto del concilio.11

    12 Además de estos asuntos necesarios de la iglesia, habría también cosas innumerables y grandes que corregir en los estados seculares. Hay discordia entre los príncipes y los estados,12 la usura y la rapacidad se han desencadenado como un diluvio, y se han transformado en puro derecho, antojo, impudicia, extravagancia en el vestir, glotonería, el juego, ostentación y los vicios de todas las clases, maldad, desobediencia de los súbditos, servidumbre y obreros, extorsión por parte de los artesanos y campesinos13 (y quién puede contar todo), se han extendido de tal forma que con diez concilios y veinte dietas no se podría restablecer el orden. 13 Si se llegase a tratar tales asuntos principales de estado eclesiástico y secular, asuntos que son contrarios a Dios, habría tanto que hacer que se olvidarían puerilidades y bufonerías sobre el largo de las albas,14 sobre el diámetro de las tonsuras, el ancho de los cinturones,15 sobre las mitras de obispo y los capelos cardenalicios, los báculos16 y demás farsas. Si hubiéramos realizado primeramente el mandamiento y la orden de Dios en el estado eclesiástico y secular, tendríamos suficiente tiempo para reformar las comidas,17 los vestidos, las tonsuras y casullas.18 Más si pensamos tragarnos tales camellos y colar los mosquitos,19 o dejar las vigas y censurar la paja (Mt. 7:3-5), podemos contentarnos con el concilio.

    14 Por eso he redactado pocos artículos. En efecto, ya de por sí tenemos tantos encargos por parte de Dios para cumplir en la iglesia, en la autoridad, en lo doméstico,20 que nunca podremos cumplirlos. ¿Para qué o de qué sirve que por añadidura se hagan muchos decretos y ordenanzas en el concilio especialmente cuando estas cosas primarias ordenadas por Dios no son respetadas ni observadas?. Precisamente como si Dios debiese honrar nuestras bufonerías a cambio de que nosotros pisoteemos sus serios mandamientos. Sin embargo, nos agobian nuestros pecados y no permiten que Dios nos dé de su Gracia, pues lejos de arrepentirnos, queremos defender todas las abominaciones que cometemos. 15 ¡Oh, amado Señor Jesucristo, celebra Tú mismo un concilio y rescata a los tuyos mediante tu retorno glorioso! Con el Papa y los suyos todo está perdido. A Ti no te quieren. Socórrenos a nosotros pobres y miserables, que elevamos suspiros a Ti y te buscamos sinceramente, según la Gracia que nos otorgaste por tu Espíritu Santo, el cual, contigo y el Padre vive y gobierna alabado eternamente. Amén.

    ILS MODERNA

    PRIMERA PARTE

    Concerniente a los altos artículos de la majestad divina

    1º Que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, tres personas distintas en una sola esencia y naturaleza divinas, son un solo Dios que ha creado los cielos y la tierra, etc.

    2º Que el Padre de nadie es nacido; el Hijo es nacido del Padre; el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo.

    3º Que el que se hizo hombre no es el Padre, ni el Espíritu Santo, sino el Hijo.

    4º El Hijo se hizo hombre de este modo: Fue concebido por obra del Espíritu Santo, sin intervención de un hombre, nació de la pura y santa Virgen María; después padeció; murió y fue sepultado; descendió a los infiernos, resucitó de entre los muertos; subió a los cielos, está sentado a la diestra de Dios, de donde vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos, etc.; como lo enseña el Credo Apostólico, el de Atanasio y el catecismo infantil usual.

    Dado que estos artículos no son motivo de discordia ni objeto de discusión, ya que nuestros adversarios y nosotros los creemos y confesamos,21 es innecesario que nos ocupemos ahora más extensamente en ellos.

    SEGUNDA PARTE

    Concierne a los artículos relativos al oficio22
    y obra de Jesucristo o a nuestra redención

    ESTE ES EL ARTICULO PRIMERO Y PRINCIPAL

    1 Que Jesucristo, nuestro Dios y Señor “fue entregado por nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación” (Ro. 4:25). 2 Sólo Él es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn. 1:29), y “Jehová cargó en Él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6). 3 De la misma forma, “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por Su Gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Ro. 3:23-25).

    4 Ya que esto es menester creerlo, sin que sea posible alcanzarlo o comprenderlo por medio de obras, leyes o méritos, es claro y seguro que sólo tal fe nos justifica como dice San Pablo en Romanos 3:28: “Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe, sin las obras de la Ley”. Igualmente: “A fin de que Él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe en Jesús” (Ro. 3:26).

    5 Apartarse de este artículo o hacer concesiones no es posible, aunque se hundan el cielo y la tierra y todo cuanto es perecedero. Pues, “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hch. 4:12), dice San Pablo. “Y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5). Sobre este artículo reposa todo lo que enseñamos y vivimos, en oposición al Papa, al diablo y al mundo. Por eso, debemos estar muy seguros de él y no dudar; de lo contrario, está todo perdido y el Papa y el diablo y todos nuestros adversarios obtendrán contra nosotros la victoria y la razón.

    ARTICULO SEGUNDO

    1 Que la misa debe ser considerada la mayor y más horrible abominación del papado, pues ella se opone directa y violentamente a este artículo principal y es de todas las idolatrías papistas la mayor y la más bella pues se admite que el sacrificio o la obra que es la misa (aun celebrada por perversos indignos23) libra24 al hombre de los pecados, tanto aquí en la vida como en el purgatorio, lo cual no puede ni debe hacer sino el Cordero de Dios únicamente, como se ha dicho anteriormente. Respecto a este artículo no hay que apartarse ni hacer concesiones, ya que el primer artículo no lo permite.

    2 Si hubiera papistas razonables, se podría hablar con ellos de la siguiente manera en forma amistosa: ¿Por qué se aferran tanto a la misa? No es sino una invención humana no ordenada por Dios y todas las invenciones humanas las podemos abandonar, como Cristo dice en Mateo 15: “En vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres” (Mt. 15:9).

    3 En segundo término la misa es una cosa innecesaria, de la cual se puede prescindir sin pecado y peligro.

    4 En tercer término, el sacramento se puede recibir de modo mucho mejor y saludable, según la institución de Cristo, y más aún, este es el único modo saludable.25 En efecto, ¿por qué querer arrojar al mundo a la extrema miseria por causa de una cosa innecesaria e inventada siendo que hay una manera mejor y más salutífera de obtenerlo?.

    5 Que se predique a la gente públicamente que la misa, como cosa humana, se puede abandonar sin pecado y que no puede ser condenado el que no la respete; podrá ser salvo sin la misa de una manera mejor. ¿No decaería entonces la misa por sí misma, no sólo entre el populacho loco, sino también entre todos los piadosos, cristianos razonables, temerosos de Dios? Mucho más debería ocurrir cuando escucharan que la misa es una cosa peligrosa, imaginada e inventada sin la Palabra y la voluntad de Dios.

    6 En cuarto lugar, ya que han surgido en todo el mundo tales incontables e indecibles abusos con la compra y venta de misas, se tendría razón en abandonarla solamente para evitar tales abusos, aun cuando tuviese en sí misma algo de útil y bueno. ¡Cuánto más debería abandonársele para prevenir abusos para siempre, ya que ella es completamente innecesaria, inútil y peligrosa, en circunstancias que se puede obtener todo de una manera más necesaria, más útil y más cierta sin la misa.

    7 En quinto lugar, dado que la misa no es ni puede ser otra cosa (como el Canon26 y todos los libros27 dicen) que una obra de los hombres (celebrada también por perversos indignos), una obra por la cual uno mismo, el hombre que la celebra, puede obtener por sí mismo y por otros reconciliación con Dios, adquirir y merecer el perdón de los pecados y la Gracia (así es, en efecto, cuando se celebra de la mejor manera; De lo contrario: ¿Qué sería entonces?), se debe y es menester condenarla y reprobarla, pues esto está directamente contra el artículo principal que afirma que el que lleva nuestros pecados no es un oficiante de misa28 con su obra, sino el Cordero de Dios y el Hijo de Dios (Jn. 1:29).

    8 Si alguien para justificar su proceder quisiera pretextar que para su propia edificación29 se da la comunión a sí mismo, éste no habla en serio, pues si quiere comulgar con seriedad, lo encontrará seguramente y de la mejor manera en el sacramento administrado según la institución de Cristo. Pero darse la comunión a sí mismo es incierto e innecesario y además prohibido. El que actúa así no sabe lo que hace, porque sigue a falsas ilusiones e invenciones humanas sin la Palabra de Dios. 9 Tampoco es justo (aunque todo lo demás estuviese en orden) que un hombre quiera usar del sacramento común de la iglesia según su necesidad religiosa30 y con ello hacer un juego a su gusto sin la Palabra de Dios y al margen de la comunidad con la iglesia.

    10 Este artículo de la misa será el punto decisivo en el concilio. En efecto, aunque fuere posible que nos hicieran concesiones en todos los otros artículos, no pueden en este hacernos concesiones, como dijo Campegio en Augsburgo31: se dejaría hacer pedazos antes que abandonar la misa.32 También yo prefiero, con ayuda de Dios, ser reducido a cenizas antes que permitir que un oficiante de misa, malo o bueno, y su obra sean iguales y mayores que mi Señor y Salvador Jesucristo. Por consiguiente, estamos y permanecemos eternamente divididos y opuestos. Bien lo sienten ellos: Si la misa cae, el papado sucumbe también.33 Antes que dejen que ocurra esto, nos matan a todos si tuviesen la posibilidad.

    11 Además de todo lo indicado, esa cola de dragón, la misa, ha engendrado muchos parásitos y ponzoñas de idolatrías de diversa clase.

    12 En primer lugar: El purgatorio34. Misas para los difuntos35, vigilias, servicios fúnebres celebrados el séptimo día, el trigésimo, al cabo de un año36, la semana común,37 el día de todos los muertos38 y el baño de las almas:39 todo esto se ha relacionado con el purgatorio, de modo que la misa se usa casi exclusivamente para los muertos, mientras Cristo instituyó el sacramento sólo para los vivos. Por eso hay que considerar el purgatorio con todas sus ceremonias, cultos y maquinaciones como un puro fantasma diabólico, pues nuevamente está contra el artículo principal, según el cual sólo Cristo y no las obras del hombre pueden ayudar a las almas. Además, nada se nos ha mandado u ordenado en relación con los muertos; por ello, se haría bien si se dejase de lado todo esto, aun cuando no fuera error o idolatría.

    13 Los papistas citan aquí a San Agustín y a ciertos padres40 que habrían escrito sobre el purgatorio y piensan que no vemos para qué y con qué intención ellos mencionan estas citas. San Agustín no dice que existe un purgatorio,41 ni tiene pasajes bíblicos que lo obliguen a aceptarlo, sino que deja sin definir si existe o no. Dice que su madre ha deseado que se le recordase en el altar o en el sacramento. Todas estas no han sido sino expresiones de devoción humana por parte de algunas personas que no instituyen artículos de fe, lo cual sólo le corresponde a Dios. 14 Pero nuestros papistas utilizan tales palabras humanas para que se deba creer en su vergonzoso, sacrílego, maldito mercado de misas que se ofrecen por los muertos, cuyas almas están en el purgatorio, etc. Están lejos de probar tales cosas por San Agustín. Cuando hayan abolido el mercado de misas por las almas del purgatorio –sobre lo cual nunca soñó San Agustín- entonces podremos hablar con ellos sobre si las palabras de San Agustín sin la Escritura son aceptables y si los muertos deben ser conmemorados en el Sacramento. 15 No es válido que de las obras o palabras de los santos padres se hagan artículos de fe; de lo contrario, tendrían también que hacerse artículo de fe los alimentos, los vestidos, las casas, etc., que ellos tuvieron, como se ha hecho con las reliquias. Está escrito42 que la Palabra de Dios debe establecer artículos de fe y nadie más, ni siquiera un ángel.

    16 En segundo término, es una consecuencia que los malos espíritus han realizado la perversidad de haber aparecido como almas humanas43 y exigido con mentiras indecibles y malignidad, misas, vigilias, peregrinaciones, 17 y otras limosnas que todos hemos estado obligados a aceptar como artículos de fe y a vivir de acuerdo con ellas. Tales cosas las ha confirmado el Papa, como también la misa y todas las otras abominaciones.

    En este punto tampoco es posible ceder o hacer concesiones.

    18 En tercer lugar: las peregrinaciones. Aquí también se ha buscado misas, perdón de los pecados y Gracia de Dios, pues la misa lo ha gobernado todo. Es indudable que tales peregrinaciones, sin la Palabra de Dios44 no nos han sido mandadas, y tampoco son necesarias, porque podremos obtener la Gracia de Dios de una manera mejor, y nos podemos dispensar de ellas sin pecado ni peligro. ¿Por qué razón se echa a un lado a la propia parroquia, la Palabra de Dios, la mujer y los hijos, etc., que son necesarios y mandados por Dios, por ir detrás de manejos diabólicos innecesarios, inciertos, perjudiciales, solamente porque el diablo haya convencido al Papa de que los ensalce y confirme, para que la gente se aparte más y más de Cristo y confíe en sus propias obras y se vuelva idólatra, lo que es peor?. 19 Pero, fuera de ser cosas innecesarias, no mandadas, ni aconsejadas e inciertas, son además perjudiciales. 20 Por eso, en este punto no es tampoco posible ceder o hacer concesiones. ¡Que se predique diciendo que las peregrinaciones son cosas innecesarias, y además peligrosas, y luego veremos dónde quedan!.

    21 En cuarto lugar, las cofradías. Aquí los conventos, los capítulos y los vicarios45 se han comprometido por escrito (según un contrato justo y honrado) a compartir todas las misas, buenas obras, etc., tanto por los vivos como por los muertos. Esto no es solamente una pura invención humana, sin la Palabra de Dios, totalmente inútil y no mandada, sino también en contra del artículo primero, sobre la redención. Por ello, no podemos de ningún modo tolerarlo.

    22 En quinto lugar, las reliquias. En esto se han inventado tan diversas mentiras y necedades manifiestas, tales como los huesos de perro y caballo,46 que por la misma razón de estas imposturas,47 de las que el diablo se reía, deberían estar condenadas desde hace mucho tiempo, aunque hubiera algo de bueno en ellas. Además, sin la Palabra de Dios, no siendo prescriptas ni aconsejadas, son una cosa enteramente innecesaria e inútil. 23 Pero lo peor es que se les considera como eficaces para la obtención de indulgencias y el perdón de los pecados, como si fueran una buena obra o un culto divino, como la misa.

    24 En sexto lugar, las queridas indulgencias48 que son concedidas a los vivos y a los muertos (pero a cambio de dinero). En las tales ese miserable Judas que es el papa, vende los méritos de Cristo al mismo tiempo que los méritos superabundantes de todos los santos49 y de la iglesia entera. Todo esto no podemos tolerarlo. No es solamente sin la Palabra de Dios, innecesario y no mandado, sino también en contra del primer artículo, pues los merecimientos de Cristo no son alcanzados mediante nuestras obras o dinero, sino mediante la fe por la Gracia; son ofrecidos con ausencia de todo dinero y merecimiento, no por la fuerza del papa, sino mediante la predicación o la Palabra de Dios.

    Sobre la Invocación de los Santos

    25 La invocación de los santos es también uno de los abusos introducidos por el Anticristo, contradice el primer artículo principal y destruye el conocimiento de Cristo. Tampoco es mandada ni aconsejada, ni hay ejemplo de ello en la Escritura. Aunque fuese una cosa preciosa, lo que no lo es, tenemos todo mil veces mejor en Cristo.50

    26 Aun cuando los ángeles del cielo, lo mismo que los santos que están sobre la tierra o quizá también los del cielo interceden por nosotros (como Cristo mismo lo hizo también), no se deduce por eso que debamos invocar y adorar a los ángeles, ayunar por ellos, celebrar fiestas y misas, ofrecerles sacrificios, fundar templos, levantar altares, crear cultos especiales para ellos y servirles de alguna otra manera más, considerándolos como auxiliares atribuyéndoles diversa clase de poderes ayudadores,51 a cada uno un poder especial, como enseñan y hacen los papistas. Tal cosa es idolatría, pues tal honor sólo le corresponde a Dios. 27 En efecto, en cuanto cristiano y en cuanto santo viviente sobre a tierra, puedes rogar por mí, no sólo en una determinada necesidad sino en todas. Pero, por tal motivo, no debo adorarte, invocarte, celebrar fiestas, ayunar, sacrificar, celebrar misa en tu honor y poner en ti mi fe para la salvación. Bien te puedo honrar de otras maneras y amarte y agradecerte en Cristo. 28 Si se suprime tal honor idólatra de los ángeles y de los santos muertos, entonces, el otro honor no tendrá efectos perjudiciales e incluso se olvidará pronto. Porque una vez que no hay esperanza de conseguir ayuda corporal y espiritual [de los santos], se dejará a los santos en paz, tanto en la tumba como en el cielo. Por mero desinterés o por amor nadie se acordará mucho de ellos, ni los tendrá en estima ni honrará.

    29 En resumen, no podemos consentir y debemos condenar lo que es la misa, lo que de ella se deduce y lo que de ella depende para que se pueda conservar el Santo Sacramento en forma pura y segura, según la institución de Cristo, usado y recibido mediante la fe.

    ARTICULO TERCERO

    1 Que los capítulos52 y los conventos, fundados antiguamente con la buena intención de formar hombres instruidos y mujeres honestas, deben ser nuevamente ordenados a tal uso, a fin de que se pueda tener también pastores, predicadores y otros servidores de la iglesia, lo mismo que personas necesarias para el gobierno secular en las ciudades y en los países, también jóvenes muchachas bien educadas para llegar a ser madres de familia y amas de casa, etcétera.

    2 Si no quieren [los capítulos y conventos] servir a esto, es mejor dejarlos yacer en ruinas y destruirlos, antes que verlos ser considerados, con su culto que es una ofensa a Dios y una invención de los hombres, como superiores al estado común de cristianos, a las funciones y órdenes53 que Dios ha fundado; porque todo está nuevamente contra el primero y principal artículo de la redención realizada por Jesucristo. Además (como toda invención humana), no son mandados, ni necesarios, ni útiles, más aún, constituyen un fatigoso trabajo, peligroso y perjudicial y en vano, como dicen los profetas respecto a tales cultos divinos llamándolos aven, 54 esto es, trabajo fatigoso.

    ARTICULO CUARTO

    1 Que el Papa no es de iure divino, es decir, en virtud de la Palabra de Dios,55 la cabeza de toda la cristiandad (porque esto le corresponde solamente a Jesucristo), sino sólo el obispo o el pastor de la iglesia de [la ciudad] Roma o de todas aquellas que voluntariamente o por obediencia a una institución humana (esto es la autoridad secular56) se han supeditado a él, no bajo él como un señor, sino junto a él, hermanos y colegas, como cristianos, como lo demuestran los antiguos concilios y los tiempos de San Cipriano.57 2 No obstante, ningún obispo, ni siquiera un rey o emperador se atreven a llamar al Papa “hermano”, como en aquellos tiempos, sino que tiene que nombrarlo “muy clementísimo señor”. Esto no lo queremos, no lo debemos y no lo podemos admitir en nuestra conciencia. El que lo quiera hacer, que lo haga sin nosotros.

    3 De aquí se deduce que todo lo que el Papa ha realizado y emprendido basándose en tal falso, perverso, blasfemo, usurpado poder, no ha sido ni tampoco hoy día más que cosas y negocios diabólicos (salvo en lo que concierne al poder secular, donde Dios se sirve de un tirano o de un malvado para hacer el bien a un pueblo) para perdición de toda la santa iglesia cristiana (en cuanto de él depende) y para destruir este primer artículo principal de la redención por Jesucristo.

    4 En efecto, todas sus bulas y libros están ahí, en los que semejante a un león, ruge (como lo representa el ángel del capítulo 12 del Apocalipsis58) que ningún cristiano puede ser salvo, si no es obediente y se somete a él en todas las cosas, en lo que quiera, en lo que diga, en lo que haga.59 Esto equivale a decir: “Aunque creas en Cristo y tengas todo en él cuanto es necesario para la salvación, será en vano todo y de nada de ha de valer, sino me consideras como a tu Dios y no te sometes y me obedeces”. Sin embargo es manifiesto que la santa iglesia estuvo sin Papa por lo menos quinientos años60 y hasta hoy la iglesia griega y muchas otras iglesias que hablan otros idiomas no han estado nunca ni están bajo el dominio del Papa. 5 Esto, como se ha dicho a menudo, es una invención humana que no está basada sobre ningún mandamiento, es innecesaria y vana, pues la santa iglesia cristiana puede permanecer bien sin tal cabeza e incluso habría permanecido mejor, si tal cabeza no se le hubiera agregado por el diablo. Además, el papado no es ninguna cosa útil en la iglesia, ya que no ejerce ninguna función61 cristiana. 6 Por consiguiente, la iglesia debe permanecer y subsistir sin el Papa.

    7 Pongo el caso de que el Papa renunciase a ser el jefe supremo por derecho divino o por mandato de Dios y que, en cambio para poder mantener mejor la unidad de la iglesia contra las sectas y las herejías, se debiese tener una cabeza, a la cual se atuviesen todos los demás. Tal cabeza sería, entonces, elegida por los hombres y estaría en la elección y el poder humano modificar o destruir tal cabeza, como lo ha hecho exactamente en Constanza el concilio con los papas; destituyeron tres y eligieron un cuarto.62 Pongo el caso, pues que el Papa y la sede de Roma consintiesen y aceptasen tales cosas, lo cual es imposible, porque tendría que permitir que se cambiara y destruyera todo su gobierno y estado con todos sus derechos y libros. En resumen, no puede hacerlo. Sin embargo, con ello, no se ayudaría en nada a la cristiandad y surgirían más sectas que antes. 8 En efecto, puesto que no se tendría que estar sometido a una tal cabeza por orden de Dios, sino por la buena voluntad humana, sería pronto y fácilmente despreciada y finalmente no podría retener a ningún miembro [bajo su dominación]. No debería estar en Roma o en otro lugar determinado,63 sino donde y en qué iglesia Dios hubiera dado un hombre tal que fuese capacitado para ello. ¡Oh, qué estado de complicación y desorden tendría que surgir!.

    9 Por lo tanto, la iglesia nunca puede estar mejor gobernada y mejor conservada que cuando todos nosotros vivimos bajo una cabeza que es Cristo, y los obispos, todos iguales en cuanto a su función64 (aunque desiguales en cuanto a sus dones65) se mantienen unánimes en cuanto a la doctrina, fe, sacramentos, oraciones y obras del amor, etc. De este modo escribe San Jerónimo66 que los sacerdotes de Alejandría gobernaban en conjunto y en común las iglesias, como los apóstoles lo habían hecho también y después todos los obispos en la cristiandad entera, hasta que el Papa elevó su cabeza por encima de todos.

    10 Este hecho demuestra evidentemente que el Papa es el verdadero Anticristo,67 que se ha colocado encima de Cristo y contra Él, puesto que no quiere que los cristianos lleguen a ser salvados sin su poder, a pesar de que no vale nada, porque no ha sido ordenado ni mandado por Dios. 11 Esto propiamente, como dice San Pablo, “se opone y se levanta contra Dios” (2Ts. 2:4). Los turcos y los tártaros no actúan así, aunque sean muy enemigos de los cristianos; al contrario, dejan creer en Cristo al que quiera y no exigen de los cristianos sino el tributo y la obediencia corporales. 12 Pero el papa no quiere dejar creer [en Cristo], sino que se le debe obedecer para ser salvo. Eso no lo haremos, antes moriremos en el nombre de Dios. 13 Todo esto viene porque el papa ha exigido ser llamado de jure divino jefe de la iglesia cristiana. Por eso se tuvo que colocar a la par de Cristo y sobre Cristo, y ensalzarse como la cabeza y después como el señor de la iglesia y finalmente también de todo el mundo y directamente un Dios terrenal,68 hasta a atreverse a dar órdenes a los ángeles en el Reino de los Cielos.69

    14 Y cuando se establece una distinción entre la doctrina del papa y la Sagrada Escritura o cuando se les confronta y se les compara, se encuentra que la doctrina del papa en su mejor parte está tomada del derecho imperial pagano,70 y enseña negocios y juicios mundanos, como lo atestiguan sus decretales.71 Trata en seguida [la doctrina papal] de las ceremonias eclesiásticas, de las vestiduras, de los alimentos, de las personas y similares juegos pueriles, obras carnavalescas y necias, sin medida alguna, pero, en todas estas cosas, nada de Cristo, de la fe y de los mandamientos de Dios.

    Al fin y al cabo nadie sino el mismo diablo es quien con engaño de las misas, el purgatorio, la vida conventual, realiza su propia obra y su propio culto (lo que es, en efecto, el verdadero papado), sobreponiéndose y oponiéndose a Dios, condenando, matando, y atormentando a todos los cristianos que no ensalzan y honran sobre todas las cosas tales horrores suyos. Por lo tanto, así como no podemos adorar al diablo mismo como un señor o un dios, tampoco podemos admitir como cabeza o señor en su gobierno a su apóstol, el Papa o Anticristo. Pues su gobierno papal consiste propiamente en mentiras y asesinatos, en corromper eternamente las almas y los cuerpos, como ya he demostrado esto en muchos libros.

    15 En estos cuatro capítulos tendrán [los papistas] bastante materia para condenar en el concilio, ya que no pueden ni quieren concedernos ni un ápice en los mismos. De esto debemos estar seguros y abrigar la esperanza de que Cristo, nuestro Señor, haya de atacar a sus adversarios y se impondrá por medio de su Espíritu como por medio de su venida.72 Amén.

    16 En el concilio no estaremos delante del emperador o de una autoridad secular (como en Augsburgo, donde el emperador73 publicó un manifiesto tan clemente y con bondad permitió examinar las cosas). Al contrario, estaremos en presencia del Papa y del diablo mismo, que sin querer escuchar nada, va a querer sin vacilación alguna condenar, asesinar, y obligar a la idolatría. Por lo tanto, no besaremos aquí74 sus pies o diremos: “Sois nuestro clemente señor”, sino que igual que en Zacarías (Zac. 3:2) el ángel dice al diablo: “Jehová te reprenda, oh Satanás”.75

    TERCERA PARTE

    Las partes o artículos que ahora siguen los podremos tratar con personas instruidas, razonables o entre nosotros mismos, ya que el Papa y su imperio no los tienen en gran estima, pues conscientia76 no existe entre ellos, sino dinero, honores y poder.

    Sobre el Pecado

    1 Tenemos que confesar aquí, como San Pablo lo hace en el capítulo 5 de la Epístola a los Romanos, que el pecado ha entrado al mundo por un solo hombre, Adán, por cuya desobediencia todos los hombres han llegado a ser pecadores, sometidos a la muerte y al diablo. Esto es lo que se llama pecado original o capital.

    2 Los frutos de este pecado son las obras malas que están prohibidas en el Decálogo como la incredulidad, la falsa fe, la idolatría, desconfianza frente a Dios, falta de temor a Dios, presunción, desesperación, ceguedad y en resumen: No conocer o despreciar a Dios. Después viene el mentir, el jurar por el nombre de Dios, no orar, no invocar, despreciar la Palabra de Dios, la desobediencia a los padres, el asesinar, la impudicia, el robar, el engañar, etc.

    3 Este pecado original es una corrupción tan profunda y perniciosa de la naturaleza humana que ninguna razón la puede comprender, sino que tiene que ser creída basándose en la revelación de la Escritura,77 como consta en el Salmo 50, en el capítulo 5 de la Epístola a los Romanos, en el capítulo 33 de Éxodo y en el capítulo 3 de Génesis. Por eso, no es más que error y ceguedad lo que los teólogos escolásticos han enseñado en contra de este artículo:

    4 1º A saber, que después de la Caída original78 de Adán las fuerzas naturales del hombre quedaron íntegras e incorruptas y que el hombre, por naturaleza, tiene una razón recta y una buena voluntad, como lo enseñan los filósofos.79

    5 2º Igualmente, que el hombre posee una voluntad libre para hacer el bien y para abstenerse del mal y a su vez para abstenerse del bien y para hacer el mal.

    6 3º Del mismo modo que el hombre, por sus fuerzas naturales, puede cumplir y observar todos los mandamientos de Dios.

    7 4º De la misma manera que puede, por sus fuerzas naturales, amar a Dios por encima de todas las cosas y a su prójimo como a sí mismo.

    8 5º Igualmente, que si el hombre hace todo lo que le es posible, Dios le otorga con toda certeza su Gracia.

    9 6º Del mismo modo, que para participar del Sacramento no es necesario que el hombre tenga una buena intención de hacer el bien, sino que basta que no tenga una mala intención de cometer un pecado. Hasta tal punto es buena la naturaleza humana y eficaz el Sacramento.

    10 7º Que no está basado en la Escritura que [para hacer] buenas obras es necesario el Espíritu Santo con sus dones.

    11 Esas y otras afirmaciones semejantes han sido la consecuencia de la incomprensión y de la ignorancia, tanto respecto del pecado como de Cristo nuestro Salvador. Son verdaderas doctrinas paganas que no podemos admitir. En efecto, si esta doctrina debe ser considerada correcta, entonces ha muerto en vano Cristo, porque no hay en el hombre ni daño ni pecado, por los cuales Él habría tenido que morir, o habría muerto solamente por [nuestro] cuerpo, pero no por el alma, ya que el alma estaría sana y sólo el cuerpo sometido a la muerte.

    Sobre la Ley

    1 Aquí consideramos que la Ley ha sido dada por Dios, en primer término, para colocar un freno al pecado con amenazas y por el temor al castigo y con promesas y ofrecimiento de otorgarnos su Gracia y todo bien. Pero, a causa de la maldad que el pecado ha causado en el hombre, todo esto ha quedado malogrado. 2 Algunos han llegado a ser peores y enemigos de la Ley, porque les prohíbe lo que quisieran hacer con gusto y les manda lo que les disgusta hacer. Por eso, en la medida en que el castigo no lo impida, cometen trasgresión de la Ley, más aún que antes. Tales son las personas groseras y malvadas que hacen el mal cuando tiene ocasión y lugar.

    3 Otros llegan a ser ciegos y presuntuosos; piensan que observan la Ley y que la pueden observar por sus propias fuerzas, como antes se ha dicho respecto a los teólogos escolásticos. De aquí provienen los hipócritas y falsos santos.

    4 La función80 principal o virtud81 de la Ley es revelar el pecado original con los frutos y todo lo demás y mostrar al hombre cuán profunda y abismalmente a caído y está corrompida su naturaleza. Pues la Ley le debe decir que no tiene a Dios ni lo venera, o que adora a dioses extraños, lo cual antes y sin Ley no habría creído. Con ello el hombre se espanta, es humillado, se siente fracasado, desesperado; quisiera ser socorrido y no sabe dónde refugiarse; comienza a ser enemigo de Dios y a murmurar, etc. 5 Es lo que dice en el II capítulo de la Epístola a los Romanos: “La Ley excita la cólera”,82 y en el capítulo 5 de la misma: “El pecado se abunda por la Ley” (Ro. 5:20).

    Sobre el Arrepentimiento 83

    1 Esta función84 de la Ley la mantiene y la practica el Nuevo Testamento. Es lo que hace Pablo cuando dice en el capítulo 1 de Romanos: “La ira de Dios se revela desde el cielo contra los hombres” (Ro. 1:18); igualmente en el capítulo 3. El mundo entero es culpable ante Dios y ningún hombre es justo ante Él (Ro. 3:19 y 20); Cristo mismo dice en el capítulo 16 de Juan que el Espíritu Santo convencerá al mundo de pecado (Jn. 16:8).

    2 Esto es el rayo de Dios con el cual destruye en conjunto tanto a los pecadores manifiestos como a los falsos santos; a nadie deja ser justo, les infunde a todos el horror y la desesperación. Es el martillo (como dice Jeremías): “Mi palabra es como martillo que quebranta la piedra”) (Jer. 23:29). Esto no es una activa contritio, una contrición que sería obra del hombre sino una pasiva contritio, el sincero dolor del corazón, el sufrimiento y el sentir la muerte.

    3 Y es así como comienza el verdadero arrepentimiento, debiendo el hombre escuchar la siguiente sentencia: “Vosotros todos nada valéis; vosotros, ya seáis pecadores manifiestos o santos, debéis llegar a ser otros de lo que sois ahora, y obrar de manera distinta que ahora. Quienes y cuan grandes seáis, sabios, poderosos y santos, y todo cuanto queráis, aquí no hay nadie justo, etcétera”.85

    4 A esta función86 el Nuevo Testamento agrega inmediatamente la consoladora promesa de la Gracia, promesa dada por el Evangelio y en la cual hay que creer. Como Cristo dice en el capítulo 1 de Marcos: “Arrepentios y creed en el Evangelio” (Mr. 1:15). Esto es, haceos otros y obrad de otra manera y creed mi promesa. 5 Y antes que él, Juan es llamado un predicador del arrepentimiento, pero para la remisión de los pecados. Esto es, [su misión] consistía en castigar a todos los hombres y presentarlos87 como pecadores, para que supiesen lo que eran ante Dios y se reconociesen como hombres perdidos y para que entonces estuviesen preparados para el Señor a recibir la Gracia, esperar y aceptar el perdón de los pecados. 6 Cristo mismo lo dice en el último capítulo de Lucas: “Es necesario que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecado en todas las naciones” (Lc. 24:47).

    7 Sin embargo, cuando la Ley ejerce tal función sola, sin el apoyo del Evangelio, es la muerte, el infierno, y el hombre debe caer en desesperación, como Saúl y Judas,88 según dice San Pablo: “Porque sin la Ley el pecado está muerto” (Ro. 7:10). 8 A su vez el Evangelio no da una sola clase de consuelo y perdón, sino que por la Palabra, por los Sacramentos y por otros medios semejantes, como lo explicaremos, de modo que la redención sea tan abundante en Dios (como lo dice el Salmo 12989) frente a la gran cautividad de los pecados.

    9 Pero, ahora es necesario que comparemos el arrepentimiento verdadero con el arrepentimiento falso de los sofistas,90 de manera que ambos sean entendidos mejor.

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    Sobre el Falso Arrepentimiento de los Papistas

    10 Ha sido imposible para los papistas enseñar correctamente acerca del arrepentimiento, ya que desconocen los verdaderos pecados. En efecto, como lo hemos dicho antes, captan mal el pecado original; por lo contrario, dicen que las fuerzas naturales del hombre han permanecido enteras e incorruptas; que la razón puede enseñar correctamente y la voluntad cumplir correctamente lo que dicta la razón; que Dios da con toda certeza al hombre la Gracia cuando hace todo lo que le es posible según su libre voluntad.

    11 De esto necesariamente tenía que seguir que no se arrepentían sino solamente de los pecados actuales, como los malos pensamientos a los cuales la voluntad del hombre no se había resistido (pues los malos afectos,91 placeres, los deseos impuros, las malsanas excitaciones no eran considerados pecados), malas palabras, malas obras, cosas todas de las cuales podría haberse abstenido la libre voluntad.

    12 En este arrepentimiento distinguían tres partes: Contrición, confesión y satisfacción,92 agregando este consuelo y esta promesa; Si el hombre siente una contrición verdadera, se confiesa y da satisfacción, entonces ha merecido con ello el perdón y ha pagado sus pecados ante Dios. Conducían de esta forma a los penitentes a confiar en sus propias obras. 13 De aquí viene la fórmula que se pronunciaba desde el púlpito en la confesión general al pueblo: “Oh, Dios, prolonga mi vida hasta que yo haya hecho penitencia por mis pecados y haya mejorado mi vida”.93

    14 Aquí no había mención alguna de Cristo o de la fe; por lo contrario, se esperaba por medio de las propias obras vencer los pecados y borrarlos ante Dios. También nosotros hemos llegado a ser sacerdotes y monjes, porque queríamos luchar nosotros mismos contra el pecado.

    15 Con la contrición sucedía lo siguiente: Como ningún hombre podía acordarse de todos sus pecados (en particular los cometidos durante un año entero94), encontraron entonces la siguiente escapatoria: al venir a la memoria los pecados olvidados, era preciso sentir contrición también de ellos, y confesarlos, etc.; mientras tanto estaban encomendados a la gracia divina.

    16 Además, como nadie sabía cuán grande debía ser la contrición, para que fuese satisfactoria ante Dios. daban el siguiente consuelo: El que no podía tener la contrición, debía tener atrición, o sea, lo que yo podría llamar una contrición a medias o el comienzo de una contrición, pues ellos mismos no han comprendido, ni saben lo que significan ambas cosas, lo mismo que yo. Tal attritio era contada como contritio en la confesión.

    17 Si ocurría que alguien afirmaba que no podía sentir contrición o pesar por sus pecados –lo que podía acontecer en trato amoroso con rameras o afán de venganza, etc.- se le preguntaba si acaso no deseaba o quisiera gustosamente sentir contrición. Si respondía sí (en efecto, ¿quién sino el diablo diría no?), consideraban esto entonces como contrición y le perdonaban los pecados en razón de esta su buena obra. Aquí citaban como ejemplo a San Bernardo, etcétera.95

    18 Aquí se ve que la ciega razón anda a tientas en las cosas de Dios y busca consuelo en sus propias obras, según su antojo, sin que pueda pensar en Cristo o en la fe. Si se examina esto a la luz del día, tal contrición es una idea fabricada e inventada por las propias fuerzas, sin fe y sin conocimiento de Cristo. En ello, a veces, el pobre pecador, si hubiera pensado en su placer o venganza, habría preferido reír que llorar, con excepción de los que han sido tocados en lo más íntimo por la Ley o atormentados en vano por el diablo con un espíritu de tristeza. De lo contrario, con certeza, tal contrición ha sido pura hipocresía y no ha matado el deseo de pecado. En efecto, tuvieron que sentir contrición cuando habrían preferido pecar si hubiesen tenido la libertad.

    19 En relación con la confesión las cosas estaban del modo siguiente: Cada cual debía relatar todos sus pecados (cosa completamente imposible), lo que era un gran tormento. Sin embargo, los que había olvidado le eran perdonados bajo la condición de que los confesara cuando los recordase.

    No podía saber jamás si se había confesado con bastante pureza o cuando alguna vez debería tener un fin la confesión. No obstante, era remitido a sus obras y se le decía que cuanto con mayor pureza se confiese un hombre y cuanto más se avergüence y humille ante el sacerdote, tanto más pronto y mejor satisfará por sus pecados, pues tal humildad adquirirá con certeza la Gracia de parte de Dios.96

    20 Aquí no había tampoco ni fe ni Cristo y no se le anunciaba la virtud de la absolución,97 sino que su consuelo consistía en recuentos de pecados y avergonzarse. Pero no es aquí el lugar de relatar cuántas torturas, canalladas e idolatrías ha producido tal clase de confesión. 21 La satisfacción es cosa aún más compleja, pues ningún hombre podía saber cuánto debía hacer por un solo pecado y mucho menos por todos. Imaginaron entonces un recurso, es decir, imponían escasas satisfacciones que se podían cumplir fácilmente, como cinco padrenuestros, un día de ayuno, etcétera. El resto del arrepentimiento lo remitían al purgatorio.

    22 Aquí no había tampoco sino miseria y aflicción. Algunos pensaban que nunca saldrían del purgatorio, porque de acuerdo con los antiguos cánones a un pecado mortal se le adjudicaban siete años de penitencia.98 23 También aquí se depositaba la confianza en nuestras obras de la satisfacción y si la satisfacción hubiera podido ser perfecta, entonces la confianza se habría posado totalmente sobre ella y ni la fe ni Cristo habrían sido útiles; pero tal satisfacción perfecta era imposible. Aun cuando alguien hubiese practicado tal clase de arrepentimiento durante cien años, no obstante, no habría sabido cuándo habría llegado a un arrepentimiento completo. Esto significaba arrepentirse constantemente y nunca llegar al verdadero arrepentimiento.

    24 Entonces vino a ayudar aquí la santa sede de Roma a la pobre iglesia e inventó las indulgencias, por las cuales perdonaba y suprimía la satisfacción, primero por siete años en casos particulares, después por cien años, etc.; y las repartía entre los cardenales y los obispos, de manera que uno podía dar cien años, otro cien días de indulgencia. Sin embargo, la supresión de toda la satisfacción la santa sede la reservaba para ella misma.99

    25 Dado que tal cosa comenzó a ser fuente de dinero y el mercado de bulas era bueno, la santa sede inventó “el año áureo”100 y lo radicó en Roma. Esto significaba perdón de todos los tormentos y culpas.101 Entonces acudió a la gente, pues cada uno quería verse librado de la tan pesada e insoportable carga. Esto significaba descubrir y poner a la luz los tesoros de la tierra.102 En seguida se apresuró el Papa a establecer muchos años áureos.103 Pero cuanto más dinero engullía tanto más se le ensanchaba su gaznate. Por eso envió sus legados con estos años áureos a los países, hasta que cada iglesia y cada casa estuvieron llenas de años de oro.104 26 Finalmente irrumpió hasta en el purgatorio, entre los muertos, primero con fundaciones de misas y de vigilias, después con su indulgencia105 con bulas y con su jubileo y por fin las almas bajaron tanto de precio que liberaba a una por un céntimo.106

    27 Aquí vemos que el falso arrepentimiento comenzó con pura hipocresía y que terminó con tan gran bajeza y maldad. Sin embargo, todo esto no sirvió de nada, pues aunque el Papa enseñaba a la gente a depositar su confianza en tales indulgencias, por otra parte él mismo las tornaba inciertas, ya que decía en sus bulas: “Quien quiera tener parte en las indulgencias o en los años de oro, deberá sentir contrición, confesarse y dar su dinero”.107 Ya hemos escuchado arriba que tal contrición y confesión son inciertas entre ellas e hipocresía. Asimismo nadie sabía qué alma estaría en el purgatorio y si había alguna, ¿Quién sabía cuál había sentido contrición y se había confesado correctamente? Entonces tomaba el papa el dinero y remitía consoladoramente a las almas al poder e indulgencias papales, y sin embargo, las encomendaba a las obras inciertas hechas por las almas mismas. Esto significaba la justa recompensa para el mundo por su falta de gratitud frente a Dios.

    28 Sin embargo, había algunos hombres que no se creían culpables de tales pecados reales con pensamientos, palabras y obras, como yo y mis compañeros que en los conventos y fundaciones queríamos ser monjes y frailes y que con ayuno, vigilias, oraciones, celebraciones de misas, llevando vestimentas burdas y yaciendo sobre lechos duros, etc., luchábamos contra tales malos pensamientos y con seriedad y tenacidad queríamos ser santos y, sin embargo, el mal hereditario e innato se manifestaba en el sueño (como San Agustín y Jerónimo y otros más lo confiesan), lo que es propio de la naturaleza del mal. De esta forma cada uno de entre nosotros, no obstante, decía, considerando al vecino, que algunos eran tan santos como nosotros lo enseñábamos, los cuales eran sin pecados y llenos de buenas obras, de modo que podíamos ceder y vender a otros nuestras obras, para nosotros superabundantes, para llegar al cielo. Esto es la pura verdad. Existen sellos, cartas y ejemplos al respecto.

    29 Estos hombres no tenían necesidad del arrepentimiento. ¿De qué, en efecto, tendrían que sentir contrición, puesto que su voluntad no había aprobado sus malos pensamientos? ¿Qué tendrían que confesar, puesto que habían evitado las malas palabras? ¿Por qué tendrían que dar satisfacción si no habían cometido malas acciones, hasta el punto que podían vender su justicia superabundante a otros pobres pecadores? Los escribas y fariseos del tiempo de Cristo eran también santos de esta clase.

    30 Aquí viene el ángel de fuego (Apo. 10:1), mencionado por San Juan, el predicador del verdadero arrepentimiento y con un solo golpe de trueno los destruye a todos en masa,108 diciendo: “Arrepentios” (Mt. 3:2). Algunos piensan: “Nosotros ya nos hemos arrepentido”. 31 Otros opinan: “Nosotros no necesitamos arrepentirnos”. 32 Juan afirma: “Arrepentios los unos como los otros; pues vuestro arrepentimiento es falso y la santidad de éstos también es falsa; necesitáis los unos como los otros perdón de los pecados, ya que ni unos ni otros sabéis lo que es realmente pecado y mucho menos que debéis arrepentiros del pecado o evitarlo. Ninguno de vosotros es bueno; estáis llenos de incredulidad; no comprendéis ni conocéis a Dios ni a su voluntad. Porque aquí está presente aquél de cuya plenitud debemos recibir todos gracia sobre gracia (Jn. 1:16) y ningún hombre puede ser justo ante Dios sin Él. Por eso, si queréis arrepentiros, hacedlo en forma correcta. Vuestro modo de arrepentirse de nada sirve. Y vosotros, hipócritas, que no requerís arrepentimiento, raza de víboras (Mt. 3:7), ¿quién os ha asegurado que escaparéis a la ira venidera?”.

    33 Del mismo modo predica San Pablo en el tercer capítulo de la Epístola a los Romanos (3:10-12) y afirma: “No hay ninguno que entienda, ningún justo; no hay ninguno que respete a Dios, ninguno que haga el bien, ni siquiera uno solo; todos son incapaces y renegados”. 34 También se lee en los Hechos de los Apóstoles: “Dios ordena a todos los hombres en todos los lugares que se arrepientan” (Hch. 17:30). “Todos los hombres” (dice él); no exceptúa a ningún ser humano. 35 Ese arrepentimiento nos enseña a conocer el pecado, es decir, que estamos perdidos, de modo que ni nuestra piel ni nuestros cabellos son buenos y que debemos ser enteramente renovados y llegar a ser hombres distintos.

    36 Este arrepentimiento no es parcial109 y miserable como aquél que no expía sino los pecados actuales, y tampoco es incierto como aquél, pues no disputa lo que es pecado o no, sino que al contrario no hace diferencia y dice: En nosotros todo no es sino puro pecado. ¿Para qué buscar, dividir o distinguir tanto?. Por eso, la contrición no es tampoco aquí incierta, pues no queda nada con que pudiéramos inventar algo bueno para pagar los pecados, sino que únicamente permanece con certeza un despertar en todo lo que somos, pensamos, hablamos o hacemos, etcétera.

    37 Asimismo la confesión no puede ser falsa, incierta o parcial, pues quien confiesa que todo en él no es más que puro pecado, incluye con ello a todos los pecados, no omite ni olvida alguno. 38 Tampoco la satisfacción puede ser incierta, pues no es nuestra obra incierta y pecaminosa, sino el sufrimiento y la sangre del inocente “Cordero de Dios”, que quita los pecados del mundo” (Jn. 1:29).

    39 Acerca de este arrepentimiento predica Juan y después de él Cristo en el Evangelio y nosotros también. Con este arrepentimiento echamos por tierra al Papa y todo lo que está construido sobre nuestras buenas obras; pues todo está realizado sobre una base podrida y falsa, lo que se llama buenas obras o Ley, mientras que no existe obra buena alguna, sino únicamente obras malas. Nadie cumple la Ley, sino que todos la infringen (como Cristo lo dice en Juan 7:19). Por eso, el edificio no es más que puras mentiras e hipocresías falsas, incluso donde se presenta como lo más santo y bello.

    40 Y este arrepentimiento perdura entre los cristianos hasta la muerte, pues lucha con los restantes pecados en la carne durante toda la vida, como San Pablo lo atestigua en Romanos 7:23; 8:2, que él lucha contra la Ley de sus miembros, etc., y esto no mediante propias fuerzas sino mediante el don del Espíritu Santo, don que sigue a la remisión de los pecados. Este mismo don nos purifica y nos limpia diariamente de los restantes pecados y procura hacer rectamente puro y santo al hombre.

    41 De estas cosas nada sabe el Papa, los teólogos, los juristas ni hombre alguno; es una doctrina que viene del cielo, revelada por el Evangelio y que es considerada herejía por los santos impíos.

    42 Por otra parte, es posible que vinieran ciertos sectarios110 –existen quizás algunos por ahí y en el tiempo de la sedición los tuve presentes ante mi propia vista111– estimando que todos los que un día han recibido el Espíritu o la remisión de los pecados o que han llegado a ser creyentes, permanecen, sin embargo, en la fe, aun cuando después hayan caído en pecado, y sostienen que no les perjudica tal pecado. Éstos gritan así: “Haz lo que quieras; si crees, todo el resto no es nada; la fe borra todos los pecados”, etcétera. Agregan que si alguien peca después de haber recibido la fe y el Espíritu, entonces nunca ha recibido en verdad el Espíritu y la fe. Me he encontrado mucho con tales hombres insensatos y temo que aún habite entre alguno de ellos un diablo semejante.

    43 Por eso es necesario saber y enseñar que si las personas santas, fuera de que tienen y sienten el pecado original, luchando y haciendo arrepentimiento diario por ello, caen en pecados manifiestos, como David en adulterio, asesinato y blasfemia, esto significa que la fe y el Espíritu Santo estuvieron ausentes. 44 Pues el Espíritu Santo no deja gobernar ni prevalecer al pecado hasta tal punto de que se concrete, sino que reprime y opone resistencia, de modo que no puede hacer lo que quiere. Si hace, no obstante, lo que quiere, entonces el Espíritu Santo y la fe no están presentes. 45 Porque se dice, como San Juan: “Quien ha nacido de Dios, no peca ni puede pecar” (1Jn. 3:9; 5:18). Y es también efectivamente la verdad (como el mismo San Juan escribe): “Si decimos que no tenemos pecados, entonces mentimos y la verdad de Dios no está en nosotros” (1Jn. 1:18).

    Sobre el Evangelio

    Volvamos a tratar del Evangelio que nos ofrece consejo y ayuda no sólo de una manera única contra el pecado, pues Dios es superabundante en dar su Gracia. Primero, por la Palabra oral, en la cual es predicada la remisión de los pecados en todo el mundo, lo cual constituye el oficio propio del Evangelio. En segundo término, mediante el Bautismo. En tercer lugar, por medio del Santo Sacramento del Altar. En cuarto, por medio del poder de las Llaves y también por medio de la conversación y consolación mutua entre los hermanos, según lo que se lee en el capítulo 18 de Mateo: “Donde dos estuviesen reunidos”, etcétera. (Mt. 18:20).

    Sobre el Bautismo

    1 El Bautismo no es otra cosa que la Palabra de Dios en el agua, ordenado por su institución o, como dice Pablo: Lavacrum in verbo.112 o, 2 como dice también Agustín: Accedat verbum ad elementum et fit sacramentum.113 Por eso no estamos de acuerdo con Tomás114 y los monjes predicadores115 que olvidan la Palabra (la institución divina) y dicen que Dios ha colocado un poder espiritual en el agua que lava el pecado mediante el agua. 3 Tampoco estamos de acuerdo con Escoto,116 y los monjes descalzos117 que enseñan que el Bautismo lava el pecado gracias a la asistencia de la voluntad divina, de manera que este lavado se lleva a efecto sólo por la voluntad de Dios, en ningún caso por la Palabra o el agua.

    Acerca del Bautismo de los Niños

    4 Sostenemos que se debe bautizar a los niños, pues ellos pertenecen también a la redención prometida, cumplida por Cristo,118 y la iglesia debe administrárselo cuando sea solicitado.

    Acerca del Sacramento del Altar

    1 Sostenemos que el pan y el vino en la Santa Cena es el verdadero Cuerpo y la verdadera Sangre de Cristo y es administrado y recibido no sólo por los buenos cristianos sino también por los malos.

    2 También sostenemos que no se le debe dar únicamente bajo una especie; y no tenemos necesidad de una alta ciencia que nos enseñen que bajo una especie hay tanto como bajo ambas, como afirman los sofistas y el concilio de Constanza.119 3 Incluso si fuese cierto que bajo una especie hay tanto como bajo ambas, sin embargo, no constituye el orden completo y la institución fundados y ordenados por Cristo. 4 Y especialmente condenamos y maldecimos en el nombre de Dios a aquellos que no solamente prescinden de ambas especies, sino que también lo prohíben soberanamente, lo condenan, lo tratan como herejía y se colocan con ello contra y sobre Cristo, nuestro Señor y Dios, etcétera.

    5 En cuanto a la transubstanciación, despreciamos las agudezas de la sofistería120 que enseñan que el pan y el vino abandonan o pierden su esencia natural, no quedando sino sólo la forma y el color del pan y no pan verdadero. Pues lo que está en mejor acuerdo con la Escritura es que el pan está presente y permanece, como San Pablo mismo lo designa: “El pan que partimos”. De la misma manera: “De este modo como el pan” (1Co. 10:16; 11:28).

    Sobre las Llaves

    1 Las Llaves son un oficio y poder conferidos a la iglesia por Cristo para ligar y desligar los pecados,121 no solamente los pecados groseros y manifiestos, sino también los sutiles, ocultos, que Dios solo conoce, como está escrito: “¿Quién sabe cuántos errores comete?” (Sal. 19:12) y Pablo mismo se lamenta en el capítulo séptimo de la Epístola a los Romanos de que él sirve con la carne a la “ley del pecado” (Ro. 7:23). 2 Pues no nos corresponde a nosotros, sino sólo a Dios juzgar cuáles, cuán grandes y cuántos son los pecados, como está escrito: “No entres en juicio con tu servidor, pues para ti no hay hombre alguno vivo que sea justo” (sal. 143:2). 3 También dice Pablo en el capítulo cuarto de la Primera Epístola a los Corintios: “Yo no soy consciente de nada, pero no por eso soy justo” (1Co. 4:4).

    Sobre la Confesión

    1 Ya que la absolución o poder de las Llaves, instituido por Cristo en el Evangelio, también constituye una ayuda y consuelo contra el pecado y la mala conciencia, así la Confesión o Absolución no debe caer en desuso en la iglesia, especialmente por las conciencias débiles y también por el pueblo joven e inculto para que sea examinado e instruido en la doctrina cristiana.

    2 La enumeración de los pecados, sin embargo, debe quedar librada a cada cual, es decir, lo que quiera contar o no. Pues mientras estemos en la carne, no mentiremos si decimos: “Yo soy un pobre hombre lleno de pecados”, como dice en Romanos 7: “Yo siento otra Ley en mis miembros”, etcétera (Ro. 7:23). En efecto, ya que la Absolución Privada tiene en su origen en el Oficio de las Llaves, no debe despreciársela, sino tenerla en alta estima y valor como todos los otros oficios de la iglesia cristiana.122 3 Y en estas cosas que conciernen a la Palabra oral, exterior, hay que mantenerse firmes en el sentido de que Dios no da a nadie su Gracia o su Espíritu si no es con o por la Palabra previa y exterior, de modo que estemos prevenidos frente a los entusiastas, esto es, espíritus fanáticos123 que se jactan de tener el espíritu sin y antes de la Palabra y después juzgan, interpretan y entienden la Escritura o la Palabra externa según su deseo, como lo hizo Münzer y muchos más lo hacen aún hoy día, los cuales quieren ser jueces severos que distinguen entre el espíritu y la Letra y no saben lo que dicen o enseñan. 4 En efecto, el papado es también puro entusiasmo, en el cual el Papa se gloría de que “todos los derechos están en el arca de su pecho”124 y lo que él con su iglesia juzga y ordena, debe ser considerado como espíritu y justo, aunque esté sobre y contra la Escritura y la Palabra externa. 5 Todo esto es el diablo o la antigua serpiente que hizo a Adán y Eva entusiastas, que los llevó de la Palabra externa de Dios a una falsa espiritualidad125 y a opiniones propias. 6 No obstante, lo hizo, también mediante Palabras externas, pero de otra índole, de la misma forma como nuestros entusiastas condenan la Palabra externa, pero ellos mismos no callan, sino que llenan el mundo entero de sus habladurías y escriben, precisamente como si el Espíritu no pudiera venir mediante la Escritura o la Palabra externa de los apóstoles, sino que debiese venir mediante los escritos y palabras de ellos. Por este motivo, ¿por qué no se abstienen tampoco de predicar y escribir, puesto que ellos se jactan de que el Espíritu ha venido hacia ellos sin la predicación de la Escritura?. Pero no es el momento de continuar aquí esta discusión; ya hemos tratado suficientemente de ella.

    7 Esos mismos que tienen la fe antes del Bautismo o en el momento del Bautismo, tienen la fe por la Palabra exterior y previa, como los adultos que han llegado a la edad de la razón y que deben haber escuchado antes que “el que creyere y fuere bautizado, será salvo” (Mr. 16:16), no importa que primero sean incrédulos y que recién después de diez años reciban el Espíritu y el Bautismo. 8 Cornelio, según se lee en el capítulo 10 de los Hechos de los Apóstoles, había escuchado mucho antes entre los judíos sobre el Mesías venidero. En esta fe él fue justo ante Dios y sus oraciones y limosnas agradables (así como la llama Lucas “justo y temeroso de Dios” (Hch. 10:2 y 22); y sin tal palabra y escuchar previos no habría podido creer ni ser justo. Sin embargo, tuvo que revelarle San Pedro que el Mesías (en cuya venida futura él había creído) había llegado entonces y su fe en el Mesías futuro no lo tuvo cautivo entre los judíos endurecidos e incrédulos; por lo contrario, sabía que debía ser salvo por el Mesías presente, y no negarlo, ni perseguirlo con los judíos, etcétera.

    9 En resumen: El entusiasmo reside en Adán y sus hijos desde el comienzo hasta el fin del mundo, infundido en ellos e inyectado como veneno por el viejo dragón (apo. 12:9) y constituye el origen, la fuerza y el poder de todas las herejías y también del papado y del islamismo. 10 Por eso, debemos y tenemos que perseverar con insistencia en que Dios sólo quiere relacionarse con nosotros los hombres mediante su Palabra externa y por los Sacramentos únicamente. 11 Todo lo que se diga jactanciosamente del Espíritu sin tal Palabra y Sacramentos, es del diablo. En efecto, Dios quiso aparecer a Moisés mediante la zarza ardiente y la Palabra oral (Ex. 3:2 y 4 y sgtes.) y ningún profeta, ni Elías ni Eliseo recibieron el Espíritu fuera o sin los diez mandamientos. 12 Y Juan el Bautista no fue concebido sin la palabra previa de Gabriel (Lc. 1:13-20), ni saltó en el seno de su madre sin la voz de María (Lc. 1:41-44). 13 Y San Pedro dice: “los profetas no profetizaron ‘por voluntad humana’ sino por ‘el Espíritu Santo’, mas como santos hombres de Dios” (2P. 1:21). Ahora bien, sin la Palabra externa no habrían sido santos y mucho menos los habría impulsado el Espíritu Santo a hablar cuando aún no eran santos. En efecto, dice el apóstol, eran santos en el momento en que el Espíritu Santo hablaba a través de ellos.

    Sobre la Excomunión

    La excomunión mayor, como el Papa la designa, no la admitimos, la consideramos como mera pena secular y no nos concierne a nosotros, siervos de la iglesia. Pero, la menor, esto es, la verdadera excomunión cristiana, consiste en que no se debe permitir a los pecadores manifiestos y obstinados acercarse al Sacramento o a otra comunión de la iglesia, hasta que se corrijan y eviten los pecados, y los predicadores no deben mezclar las penas civiles en este castigo espiritual o excomunión.126

    De la Ordenación y Vocación

    1 Si los obispos quisieran ser verdaderos obispos y tener preocupación por la iglesia y el Evangelio, se podría permitir, en virtud del amor y de la unión pero no por necesidad, que ordenaran y confirmaran a nosotros y a nuestros predicadores, dejando, no obstante, todas las mascaradas y fantasmagorías cuya esencia y pompa no son cristianas. 2 Pero como no son ni quieren ser verdaderos obispos, sino señores y príncipes mundanos que ni predican ni enseñan ni bautizan, ni dan la comunión ni quieren realizar ninguna obra o función127 de la iglesia y, además, persiguen y condenan a aquellos que cumplen tal función en virtud de su llamado, la iglesia no debe quedar sin servidores por causa de ellos.

    Por eso, como los antiguos ejemplos de la iglesia y de los Padres nos enseñan, deseamos y estamos obligados nosotros mismos a ordenar a las personas aptas para tal función.128 Y esto los obispos no tienen que prohibírnoslo, ni impedirlo, ni siquiera de acuerdo a su propio derecho. Pues su derecho dice que los que son ordenados por herejes, deben ser considerados como ordenados y permanecer como tales.129 De la misma manera San Jerónimo escribe sobre la iglesia en Alejandría que en sus primeros tiempos carecía de obispos y que era gobernada por sacerdotes y predicadores en común.130

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    Sobre el Matrimonio de los Sacerdotes

    1 Cuando han prohibido el matrimonio y han impuesto la carga de una castidad perpetua al estado divino de los sacerdotes, no han tenido ni la atribución ni el derecho, sino que han actuado como perversos anticristianos, tiránicos y desesperados, dando con ellos motivo a toda clase de pecados horrorosos, 2 espantosos e incontables de impudicia y ahí se encuentran hundidos aún. Lo mismo que a nosotros como a ellos no nos ha sido dado poder de cambiar un hombre en mujer o una mujer en hombre o suprimir la diferencia de sexos, de la misma forma no han tenido poder para separar o prohibir a tales criaturas de Dios vivir honradamente en el estado matrimonial entre sí. 3 Por eso no estamos dispuestos a consentir o soportar este su lamentable celibato, sino a dejar libre el matrimonio, como Dios lo ha ordenado e instituido y no queremos desgarrar ni obstaculizar su obra. En efecto, San Pablo dice que es “una doctrina diabólica”.131

    Sobre la Iglesia

    1 No les concedemos que ellos sean la iglesia y tampoco lo son. 2 Y no queremos oír lo que ellos mandan o prohíben bajo el nombre de la iglesia. Pues gracias a Dios, un niño de siete años132 sabe qué es la iglesia, es decir, los santos creyentes y “el rebaño que escucha la voz de su pastor” (Jn. 10:3). 3 En efecto, los niños rezan de este modo: “Yo creo en una santa iglesia cristiana”. Esta santidad no consiste en sobrepellices, tonsuras, albas y en otras de sus ceremonias que han inventado sobrepasando por completo la Sagrada Escritura, sino en la Palabra de Dios y en la verdadera fe.

    Cómo se es justificado ante Dios y sobre las buenas obras

    1 Lo que he enseñado hasta ahora y sin cesar sobre este tema no sabría cómo poder cambiarlo, es decir, que “por la fe” (como dice San Pedro en Hch. 15:9) recibimos un corazón distinto, nuevo, puro y que Dios, por causa de Cristo, nuestro mediador, quiere considerarnos y nos considera completamente justos y santos. Aunque el pecado en la carne no está totalmente borrado ni ha perecido, sin embargo, Dios no quiere tenerlo en cuenta ni saber de él.

    2 Y tal fe, renovación y perdón de los pecados tienen como consecuencia las buenas obras y lo que en ellas haya de pecaminoso e imperfecto, no debe ser contado como pecado o imperfección, precisamente por causa del mismo Cristo: Por lo contrario, el hombre debe ser considerado y será en su totalidad, tanto en su persona como en sus obras, justo y santo por la pura Gracia y Misericordia en Cristo, derramadas y extendidas abundantemente sobre nosotros. 3 Por eso no nos podemos gloriar de mucho merecimiento por nuestras obras cuando son consideradas sin la Gracia y la Misericordia; por lo contrario, como está escrito: “El que se gloría, gloríese en el Señor” (1Co. 1:31; 2Co. 10:17), esto es, que tiene un Dios misericordioso.133 Entonces, todo saldrá bien. Agreguemos, que si la fe no tiene como consecuencia buenas obras, es falsa y en ningún caso verdadera.

    Sobre los Votos Monásticos

    1 Ya que los votos monásticos están en directa oposición al primer artículo principal, deben ser totalmente suprimidos. Sobre ellos dice Cristo en el capítulo 24 de Mateo: Ego sum Christus, etcétera (Mt. 24:5-Yo soy Cristo). En efecto, el que ha hecho votos de vivir en convento, cree que lleva una vida superior a la del cristiano común y quiere ayudar con sus obras a llegar al cielo no sólo a sí mismo sino también a otros. Esto significa negar a Cristo, etcétera. Y se jacta, basándose en Santo Tomás, que los votos monásticos son iguales al bautismo, lo que es una blasfemia.134

    Sobre las Ordenanzas Humanas135

    1 Cuando los papistas dicen que las ordenanzas humanas sirven para el perdón de los pecados o merecen la salvación, esto es cosa no cristiana y condenada, como dice Cristo: “En vano me sirven, pues enseñan una tal doctrina que no es sino mandamiento de hombres” (Mt. 15:9). Lo mismo leemos en el capítulo de la Epístola a Tito: Aversantium veritatem.136 2 Tampoco es correcto que digan que es pecado mortal quebrantar tales ordenanzas.

    3 Estos son los artículos a los que me debo atener y me atendré hasta mi muerte, si Dios quiere, y no sé qué pueda modificar o conceder en ellos. Si alguien quiere conceder algo, que lo haga según su propia conciencia.

    4 Finalmente, queda aún el saco de malicias del Papa lleno de artículos insensatos e infantiles, como la dedicación de iglesias, bautismo de campanas, bautismo de piedras de altares y pedir padrinos que dan dinero para eso, etc. Estos bautismos son una burla y un escarnio al Santo Bautismo, lo cual no se debe tolerar.

    5 Después vienen la bendición de candelas, palmas, especias, avenas, panes,137 cosas que no pueden llamarse o ser bendecidas, sino que son mera burla y engaño.

    Y estas bufonadas son incontables, cuya adoración encomendamos a su dios138 y a ellos mismos, hasta que se cansen. Nosotros no queremos ser perturbados con ello.

    Martín Lutero D., suscribió.
    Justus Jonas, D. Rector, suscribió con su propia mano.
    Juan Bugenhagen, Doctor de Pomerania, suscribió.
    Caspar Creutziger, D., suscribió.
    Nicolas Amsdorff, de Magdeburgo, suscribió.
    Jorge Spalatin, de Altenburgo, suscribió.
    Yo, Felipe Melanchton, considero también los artículos presentados como verdaderos y cristianos, pero sobre el Papa estimo que, si quisiese admitir el Evangelio, nosotros también le concederíamos la superioridad sobre los obispos que él posee por derecho humano, haciendo esta concesión por la paz y la unidad general entre los cristianos que están ahora bajo él y que quisieran estar en el futuro bajo él.
    Joannes Agrícola, de Eisleben, suscribió.
    Gabriel Dydimus, suscribió.
    Yo, Urbano Rhegius D., superintendente de las iglesias en el ducado de Lüneburgo, suscribo en mi propio nombre y en el de mis hermanos y en el de la iglesia de Hannover.
    Yo, Esteban Agrícola, eclesiástico de la corte, suscribo.
    Y yo, Joannes Draconites, profesor y eclesiástico en Marburgo, suscribo.
    Yo, Conrado Figenbocz, por la gloria de Dios suscribo que así he creído y aún predico y creo firmemente como se indica arriba.
    Andreas Osiander, eclesiástico de Nuremburg.
    M. Vito Dietrich, eclesiástico de Nuremburg, suscribo.
    Erardo Schnepffius, predicador de Stuttgart, suscribo.
    Conrado Öttinger de Pforzheim, predicador del duque Ulrico.
    Simon Schneeweiss, pastor de la iglesia de Kreilsheim.
    Juan Schlachinhauffen, pastor de la iglesia de Köthen, suscribo.
    Maestro Jorge Heltus de Forchheim.
    Maestro Adamus de Fulda, predicador de Essen.
    Maestro Antonio Corvinus.
    Yo, Dr. Juan Bugenhagen, de Pomerania, suscribo otra vez en nombre del maestro Juan Brenz, quien residiendo en Esmalcalda me mandó en forma oral y por escrito, lo cual he mostrado a estos hermanos que han suscripto.
    Yo, Dionisio Melander, suscribo la Confesión, la Apología y la Concordia en lo que se refiere a la eucaristía.
    Pablo Rhodius, superintendente de Stettin.
    Gerardo Oemcken, superintendente de la iglesia de Minden.
    Yo, Brixius Northanus, ministro de la iglesia de Cristo que está en Soest, suscribo los artículos del reverendo padre Martín Lutero y confieso que he creído estas cosas hasta ahora y las he enseñado y pienso que por el Espíritu de Cristo de este modo las seguiré creyendo y enseñando.
    Miguel Caelius, predicador en Mansfeld, suscribe.
    Maestro Pedro Geltner, predicador en Frankfurt, suscribió.
    Maestro Wendal Faber, párroco de Seeburg en Mansfeld.
    Yo, Juan Aepinus, suscribo.
    De la misma forma yo, Juan Ámsterdam, de Bremen.
    Yo, Federico Myconius, pastor de la iglesia en Gotha, Thuringia, suscribo en mi propio nombre y en el de Justo Menús, de Eisenach.
    Yo, Juan Langus, doctor y predicador de la iglesia en Erfurt, en mi propio nombre y en el de mis colaboradores en el Evangelio, es decir:
    Reverendo licenciado Luis Platz, de Melsungen.
    Reverendo maestro Segismundo Kirchner.
    Reverendo Wolfgang Kiswetter.
    Reverendo Melchor Weitman.
    Reverendo Juan Thall.
    Reverendo Juan Kilian.
    Reverendo Nicolás Faber.
    Reverendo Andrés Menser (suscribo con mi mano).
    Y yo, Egidio Melcher, he suscripto con mi mano.


    NOTAS

    1 Pablo III, en la bula del 2 de junio de 1536.

    2 El 20 de Abril de 1537 Pablo III anunció la postergación del Concilio para el 1º. de Noviembre de 1537 en una bula que luego editó Lutero con una introducción y notas marginales. El 8 de Octubre de 1537 proclamó en una nueva bula como sede del Concilio a Vicenza y al mismo tiempo la segunda prórroga del mismo para el 1º. de Mayo de 1538. El 25 de Abril de 1538 prorrogó su apertura. El 28 de junio anunciaba la tercera postergación para el 6 de abril de 1539. Después que el 21 de Mayo de 1539 fuera suspendido por tiempo indefinido, se celebró finalmente el 13 de Diciembre de 1545, en Trento.

    3 Por el príncipe Juan Federico de Sajonia, el 11 de Diciembre de 1536.

    4 Esto fue solicitado expresamente por el Príncipe Elector Juan Federico de Sajonia.

    5 Lutero hace referencia a su escrito Vom Abendmahl Christi Bekenntnis (Confesión Acerca de la Santa Cena de Cristo), de 1528.

    6 Juan Gerson, canciller de la universidad de París (1363-1429).

    7 Se trata de Gervasio Waim (o Wain) quien, enviado por el Rey Fernando I, permaneció también entre otros en Torgau, Melanchton lo designó en aquel tiempo “El hombre aparentemente más hostil a nuestra causa” (“Homo, ut videtur inimicissimus nostrae causae”).

    8 La primera traducción latina tiene: “Sino que todos vivíamos en promiscuidad como los animales”.

    9 Lutero quiere decir quizá: “Con la comprensión verdadera del significado de las diversas ocupaciones humanas”.

    10 Cf. Jn. 10:12.

    11 La primera traducción latina tiene: “En nombre y bajo el pretexto del concilio”.

    12 En el original: Stände: Estados. Parece referirse a las distintas clases sociales representadas en la Dieta.

    13 Al referirse aquí a “extorsión”, en el original Übersetzung alude al abuso ejercido por los obreros artesanos y también por los campesinos. En la exhortación a la “oración contra los turcos” dice Lutero: “Der baur steiger neben dem Adel Korn, Gersten und alles und machen mutwillige Teurunge, da sonst Gott gnug hat wachsen lasen. Der Bürger schätzt in seinem Handwerk auch, was und wie er will” (WA LI, pág. 588). (“El campesino sube de precio, juntamente con la nobleza, el trigo, la cebada y todo realizando carestías arbitrarias que por lo demás son cosas que Dios hace crecer gratuitamente en forma suficiente. El burgués impone cargas en su oficio, cuántas y cómo quiere”.)

    14 Vestidura de lino blanco que cubre la túnica. Pertenece a las vestiduras litúrgicas de los religiosos de grado mayor.

    15 Se refiere al cinturón ancho y muy adornado que rodea al alba. En castellano se designa con el nombre de “cíngulo”.

    16 Se refiere al báculo pastoral que pueden usar los obispos y cardenales. Por su figura “se parece casi siempre al cayado que traen los pastores de ovejas” (Diccionario de la Real Academia).

    17 Se refiere a las comidas prohibidas en tiempo de cuaresma.

    18 Se trata de la casulla, “vestidura sagrada que se pone el sacerdote sobre las demás que sirven para celebrar el santo sacrificio de la Misa. Está abierta por lo alto, para entrar la cabeza, y por los lados; cae por delante y por detrás desde los hombros hasta media pierna” (Id. Dic. De la Real Academia).

    19 Cf. Mt. 23:24.

    20 Lutero hace referencia a los tres órdenes fundamentales que en aquel entonces componían la sociedad.

    21 Lutero escribió en primer lugar “gläuben und bekennen” (“creemos y confesamos”); sin embargo, posteriormente borró las dos primeras palabras, ya que no confiaba en la fe de los católicos. En 1544 escribió: Was hilft ihn, dass er mit dem Maul hoch rühmet den rechten Gott, den Vater, Sohn und Heilegen Geist und trefflichen Schein furwendet eines christlichen Lebens? Gleichwohl ist und bleibt er der grossest Feind Christi un der rechte Antichrist (WA LIV, pág. 160). (¿De qué le sirve al Papa ensalzar tanto con la boca al verdadero Dios, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo pretextando una verdadera apariencia de vida cristiana? De todos modos es y permanece siendo el mayor enemigo de Cristo y el verdadero Anticristo.)

    22 En el original Ampt. Hemos traducido el término por oficio. Se podría también decir, “misión” y “ministerio”.

    23 Lutero dice: “Usitatissimum ex Gregorio dicitur missam mal sacerdotis non minoris ducendam quam boni cuiuscunque nec sancti Petri mediorem fuisse quam Judae traditoris, si sacrificassent” (WA VI, pág. 371 y 525) (“Se acostumbra mucho desde el tiempo de Gregorio decir que la misa de un mal sacerdote no hay que estimarla en menor grado que la de uno bueno, no habiendo sido mejor la de San Pedro que la de Judas el traidor, siempre que hubiesen sacrificado”). Para este tema es de interés comparar el pensamiento de Sto. Tomás expresado en la parte III de la Suma Teológica, q. 64, arts. 5 y 9.

    24 En el original helfe: Literalmente significa ayuda.

    25 En el original: seligerweise. Textualmente sería: De manera más saludable.

    26 El canon de la misa. A él se refiere Lutero en el escrito, “Vom Greuel de Stillmesse so man den Kanon nennet” (1525): “Un tun die papistischen Pfaffen in der Mece nichts anders, denn dass sie ohn Unterlass mit solchen Worten fahren: ‘Wir opfern, wir opfern un diese Gaben, diese Gaben, etc.’, und schweigen des Opfers gar still, das Christus tan hat, danken ihm nicht ja verachten’s und verleuken’s uns wollen selbs für Gott comen mit irme Opfer” (WA, XVIII, pág. 24). (Del horror de la misa en silencio que se llama Canon: “Ahora no hacen otra cosa los curas papistas en la misa que sin cesar andar con estas palabras: ‘Nosotros sacrificamos, nosotros sacrificamos y estos dones, estos dones, etc.’, permaneciendo en completo silencio sobre el sacrificio que ha hecho Cristo: No le agradecen, le desprecian y lo reniegan y quieren ellos mismos presentarse ante Dios con su propio sacrificio”.)

    27 Los libros litúrgicos; por ejemplo, Durandus, Rationale divinorum officiorum, IV, 35.

    28 En el original Messeknecht. Está como variante boser oder frommer. Malo o bueno.

    29 En el original: zur Andacht; también podría traducirse: Para su propia devoción.

    30 En el original: nach seiner eigen Andacht, para traducción véase nota 41.

    31 Lorenzo Campegio, legado pontificio en la Dieta de Augsburgo (1530).

    32 La misa fue uno de los puntos decisivos y centrales que se trataron en la Dieta de Augsburgo.

    33 A menudo caracteriza Lutero la misa y el celibato con alusión a un pasaje del Libro de los Jueces: “Las dos columnas sobre las cuales descansa el papado…” (Jue. 16:29).

    34 Lutero se pronunció en diversos escritos en relación con el purgatorio (especialmente WA XXX 255ª parte, 367-390).

    35 En el original: Seelmessen. La traducción latina dice, “Missis enim pro animabus”. Se podría decir también, misas por las almas.

    36 Bajo vigilia se entiende una ceremonia en conmemoración de algún muerto. Tienen lugar la tarde anterior al día de conmemoración, en el que se celebra la misa correspondiente por el difunto. El año de conmemoración por los muertos es mencionado por Tertuliano y por Ambrosio.

    37 Die gemeine Woche o la hebdomada o septimana communis, es toda la semana después del día de San Miguel (29 de septiembre). En ella se celebran innumerables misas por los difuntos.

    38 El 2 de noviembre. Este día en conmemoración de los difuntos era celebrado ya en el siglo X.

    39 Baños públicos y gratuitos, para la gente pobre instalados con la intención de contribuir a la salvación de la propia alma.

    40 De Civitate Dei XXI, cap. 24. Entre los padres puede citarse a Gregorio, Dialog. IV, cap. 39.

    41 Confes. IX, 11 y 13.

    42 CF. Gá. 1:8.

    43 Lutero se refiere aquí a las apariciones de almas, sobre las cuales informan Pedro Damiano (Opusculum XXXIV, cap. 5, MSL CXLV, pág. 578 y sgtes.) y Gregorio Magno (Dialog. IV, cap. 40, MSL LXXVII, pág. 396 y sgtes.) Lutero de expresó sobre este problema en diversos escritos.

    44 Es decir, no prescriptos por la Palabra de Dios.

    45 Eclesiásticos menores que pueden representar en ciertos casos al Pastor.

    46 Lutero expresa esta misma opinión en WA LI. 138, L. 642.

    47 En el original: Buberei. Nos ha parecido más adecuado traducir por “imposturas”, de acuerdo con el contexto, aunque signifique más directamente “perversidad”, “maldad”.

    48 Cf. “Las 95 tesis”.

    49 En el original: Übrigen (restantes). Sin embargo, se hace referencia a las opera supererogationis o superabundantia.

    50 Este pasaje fue redactado a fines de diciembre de 1536, en relación con el coloquio de teólogos celebrado en Wittenberg.

    51 En el original: allerlei Hülfe. Hemos traducido por: Diversa clase de poderes ayudadores. Textualmente debería ser: Toda clase de ayudas.

    52 Son asociaciones de sacerdotes seculares que se llamaban canónigos. Hubo también canonizas, mujeres que vivían bajo un reglamento común, pero sin haber hecho el voto de castidad perpetua.

    53 En el original: gestifte Ämpter und Orden. Aquí hemos traducido Ämpter por funciones. Orden parece referirse a “profesiones”, “estados”.

    54 Cf. Zac. 10:2. Hab. 1:3. Is. 1:13, etc.

    55 Para Lutero solo se podía considerar “de jure divino” la Escritura o lo que se basara directamente en ella. Cf. WA II, pág. 279: “Sacra Scriptura, quae est proprie jus divinum”.

    56 Se refiere aquí al poder patrimonial que tiene el Papa (Patrimonium Petri).

    57 Lutero piensa en los concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia.

    58 Ver, asimismo, Apocalipsis 10, 3.

    59 Cf. la bula Unam Sanctam de Bonifacio VIII: Porro subesse Romano pontifici omni humanae creaturae declaramus, dicimus, diffinimus et pronunciamus omnino esse de necesítate salutis. (Además declaramos, decimos, definimos y promulgamos que a toda criatura humana le es absolutamente necesario para la salvación sujetarse al pontífice romano).

    60 Lutero considera como ultimo Obispo romano a Gregorio I (590-604). A Sabiniano (604-606) y a Bonifacio III (607) los llamaba los primeros papas.

    61 En el original: christlich Ampt.

    62 Juan XXIII fue destituido en la 12ª sesión, el 29 de mayo de 1415, Benedicto XIII, en la 37ª sesión, el 20 de julio de 1417; Gregorio XII renunció voluntariamente el 4 de julio de 1415. Martín V fue elegido el 11 de noviembre de 1417.

    63 Los papas residieron en Aviñón entre 1309 y 1377 en forma permanente.

    64 En el original: Ampt.

    65 Cf. 1Co. 12:4 y 8-10. Ro. 12:6-8.

    66 Lutero aquí cita de memoria dos pasajes juntos de Jerónimo, que menciona a menudo. Se trata de Commentarius en Epist. ad Titum 1, 5 y sgtes. (MSL XXVI, 562; Decr. Grat. P. ID. 95 c. 5). Allí se dice : “Las iglesias eran gobernadas por un concilio común de los obispos”. (… communi presbyterorum consilio ecclesiae gubernabantur). El pasaje de Jerónimo es Epist.146 ad Euangelum presbyterum (MSL XXII 1194; CSEL LVI 310; Decr. Grat. P. ID. 93 c. 24) en la que se menciona a Alejandría. Esta última carta fue publicada por Lutero en 1538 (WA L 339-343).

    67 En el original Endechrist, es decir “el cristo del fin”. Es una expresión usual en los textos alemanes de la Edad Media que apunta a la aparición del Anticristo en el fin del mundo. En 1522, en sus Adventspostille (WA X, 1, pág. 47) rechaza esta etimología popular y para mayor claridad substituye el término Endechrist por Widerchrist, que indica más directamente Anticristo.

    68 En otra parte se expresa Lutero en forma semejante: Er ist, wie die Juristen sagen, ein irdischer Gott (WA LIV, pág. 227). (Es, como los juristas dicen, un dios terrenal).

    69 Alusión a la bula probablemente no auténtica del Papa Clemente VI: Ad memorian reducendo, del 27 de junio de 1346, en la que, debido al año 1350 de jubileo, el Papa habría ordenado a los ángeles “conducir al cielo el alma de los peregrinos que llegaran a morir en su viaje a Roma”.

    70 Es decir, el derecho romano.

    71 Se refiere a los edictos y decisiones papales en forma de cartas.

    72 Cf. 2 Ts. 2:8.

    73 Se refiere a la Dieta de Augsburgo y a la convocación de Carlos V del 23 de enero de 1530.

    74 La adoratio mediante la prosternación y el beso de los pies es solamente atribuible al Papa. Aún se observa hoy en la elección de un nuevo Papa. En 1520 escribe Lutero: Es ist ein unchchristlich, ja endchristlich Exempel, dass ein armer, sundiger Mensch ihm lässit seine Fuss kussen von dem, der hundertmal beser ist denn er (WA VI, pág. 435). (Es un ejemplo no cristiano, incluso anticristiano, que un pobre hombre pecador se deje besar sus pies por alguien que es cien veces mejor que él mismo).

    75 Originariamente Lutero agregó: Pfui dein mal an, expresión típica que significaría: ¡avergüénzate!.

    76 El término conscientia aparece citado en el original alemán.

    77 Lutero basa su afirmación citando los capítulos de algunos libros de la Escritura: Sal. 51:7; Ro. 5; 12; Ex. 33:20; Gn. 3:6 y sgtes. Sólo cita los capítulos de estos libros, pero no sus versículos correspondientes. Esta forma de citar es usual en Lutero.

    78 En el original Erbfall: “caída hereditaria”.

    79 Por ejemplo, Platón y Aristóteles.

    80 En el original: Ampt.

    81 En el original: Kraft. En la traducción latina se coloca el término griego “energeia”.

    82 Se trata del versículo 15 del capítulo 4 de la Epístola a los Romanos.

    83 En el original: Busse. Hemos optado por el término “arrepentimiento” en lugar de “penitencia” a pesar de que la traducción latina usa poenitentia. “Arrepentimiento” reproduce con mayor fidelidad el concepto bíblico “metánoia” que Lutero opone al concepto escolástico.

    84 En el original Ampt.

    85 El término que se ha traducido como “justo” es fromm.

    86 En el original Ampt.

    87 En el original: …sie alle… zu Sunder machen… Textualmente debería decirse: “…hacer de todos ellos pecadores”.

    88 Cf. 1 Sam. 28:20; 31:4; Mt. 27:3-5.

    89 Sal. 130:7. (129:7, según la numeración de la Vulgata).

    90 Se refiere a los escolásticos. Es un término característico empleado por los humanistas del círculo de Erfert para calificar a los escolásticos. Lutero lo utilizó a partir del año 1518 y constantemente, basándose en ese círculo.

    91 En el original: Böse Bewegung. Textualmente: “Mal movimiento”.

    92 Así enseñaban los escolásticos desde Pedro Lombardo. Las tres partes eran: Contritio cordis, confessio oris, satisfactio operis (contrición del corazón, confesión de la boca, satisfacción de la obra).

    93 Estas palabras provienen de la confesión pública de los pecados, que desde el siglo X el sacerdote pronuncia en nombre de la comunidad y después del sermón.

    94 En el IV Concilio Lateranense se estableció la obligación de confesarse por lo menos una vez al año para todas las personas adultas (“ad annos discretionis”) de ambos sexos.

    95 San Bernardo de Claraval, Tractatus de tratia et libero arbitrio IV, 10 (MSL CLXXXII 1007).

    96 Cf. la obra de Abelardo: Ethica seu scito teipsum, cap. 24 (MSL CLXXVIII, 668).

    97 En el original: Die Kraft der Absolution. Hemos traducido “la virtud de la absolución”. “Virtud” en el sentido de “fuerza”, “poder”.

    98 Tal orden se basa en los llamados 47 Cánones penitenciales, que corresponden a un resumen del Decretum Gratiani y de los decretales de Gregorio IX. Eran muy conocidos a fines de la Edad Media.

    99 En la indulgencia se trataba en un comienzo de la remisión de las penas impuestas por la iglesia; más tarde, de una manera general, de las penas temporales. La indulgencia plenaria (dispensa del conjunto de las obras de penitencia) fue acordada por primera vez por el Papa Urbano II, en 1095 a los cruzados.

    100 Bonifacio VIII fundó en el año 1300 en Roma el llamado “año de jubileo”. Ya en el siglo XIV se denominaba a ese año, “año de oro” o “año áureo”. Lo proclamó en la bula Antiquorun habet fida.

    101 La expresión latina remissio poenae et culpae (Vergebung aller Pein und Schuld) se encuentra desde el siglo XIII. Sin embargo, desaparece de todas las actas oficiales de la curia a partir del concilio de Constanza (1414-18).

    102 Cf. Dn. 11:43.

    103 Los años de jubileo tuvieron lugar en 1300, 1350, 1390, 1423, 1450, 1475, 1500, 1525.

    104 En Alemania, por ejemplo, Nicolás de Cusa, como legado papal anunció el año 1450 como año de indulgencias de jubileo. También la indulgencia del año áureo 1500, se podía conseguir aun fuera de Roma.

    105 Se estima que la primera indulgencia otorgada por los muertos fue otorgada por Sixto IV (1476).

    106 Lutero alude aquí al verso empleado por los concesionarios de indulgencias: Sobald das Geld im Kasten klingt, die Seele aus dem Fegefuer in den Himmel springt. (“Tan pronto como suena el dinero en la caja, salta un alma del purgatorio al cielo”).

    107 La contrición y la confesión eran a menudo mencionadas como condiciones para recibir las indulgencias.

    108 “A todos en masa” se refiere a vendedores como a compradores de las buenas obras superabundantes.

    109 “Parcial” en el sentido de “imperfecto”, “incompleto”.

    110 En el original: Rottengeister. Se traduce a veces como “fanáticos” o “entusiastas”.

    111 Se refiere a la guerra de los campesinos de 1525.

    112 Ef. 5:26 (Lavamiento por la Palabra).

    113 S. Agustín. Tractatus 80 in Joh., cap. 3 (MSL XXXV 1840). (La palabra se une al elemento y llega a ser Sacramento).

    114 Tomás de Aquino. Summa Theologiae. P. III. Q. 62, art. 4.

    115 Se refiere a los dominicos.

    116 Duns Escoto. Sententiae IV, dist. 7, q. 2 sigtes.

    117 Se refiere a los franciscanos.

    118 Cf. Mt. 19:14.

    119 En el decreto del 15 de junio de 1415 del Concilio de Constanza se estableció que hay que creer que una especie contiene tanto como ambas el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo. Es la llamada doctrina de la concomitancia.

    120 Lutero llama a la transubstanciación: einen Wahn sancti Toma und des Papsts: Una locura de Santo Tomás y del Papa.

    121 Cf. Mt. 16:19; 18:18.

    122 En el original: ämpter der christlichen Kirchen.

    123 En el original: Enthusiasten. También dice Lutero a veces Rottengeister o Schwärmer. Vid. Nota 110.

    124 En el texto: Alle Recte sind im Schrein seines Herzens. Es una cita textual del Corpus de derecho canónigo: Pontifex, qui jura onmia in scrinio pectoris sui censetur habere. Liber Sextus 1, 2 c. 1.

    125 En el original: Geisterei corresponde a Schwarmgeisterei; por eso hemos traducido por “falsa espiritualidad”; también podría decirse “espiritualidad entusiasta” o “espiritualidad fanática”.

    126 Ya en 1520 se había expresado Lutero en el sentido de que debía ser excomulgado quien pecare públicamente, pero no como venganza, sino para su mejoramiento.

    127 En el original: Ampt.

    128 En el original: Ampt.

    129 Cf. Decr. Grat. P.I., D. 68, c. 1; P. III, D. 4, c. 107.

    130 Vid. Nota 66.

    131 Cf. 1 Ti. 4:1-3.

    132 En el siglo XIV y en el siglo XV se consideraba los siete años como la edad del discernimiento.

    133 En el original: …einen gnädigen Gott… Hemos traducido por “un Dios misericordioso”. La traducción latina dice: Deus propitium. Cabría también en castellano traducir “Dios propicio”. Literalmente se refiere “al Dios que da o hace la Gracia”.

    134 Cf. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, P. II, 2, q. 189, art. 3 ad 3; IV Sent. Dist. 4 q. 3 a. 3 q. 3. 3.

    135 En el original: “Von Meschensatzungen”. La traducción nuestra se ciñe más al texto original al decir: “sobre las ordenanzas humanas”. La traducción latina dice: “De humanis traditionibus”.

    136 Tit. 1:14 (Que se apartan de la verdad).

    137 Tales bendiciones eran hechas por sacerdotes. Después que en el sábado de Semana Santa se apagaba el fuego viejo en la iglesia, se encendía el nuevo y era rociado con agua bendita. Con este fuego eran encendidas las velas de Pascua de Resurrección, benditas en la vigilia correspondiente. También en la fiesta de la Candelaria (2 de febrero) se bendecían candelas. El domingo de Ramos se bendecían palmas. El 15 de agosto (Ascensión de María) se bendecían hierbas, flores, espigas de trigo, miel, vides, etc. El 26 de diciembre (Día de San Esteban) se bendecían tortas o dulces de pascua sin levadura.

    138 Obviamente Lutero se refiere al papa como dios de los papistas.

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      Catecismo Menor

      24 06 2009

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      Catecismo Menor

      Prefacio

      ¿ Por qué el doctor Martín Lutero escribió este Catecismo?

      El año 1527 Lutero fue nombrado visitador de las iglesias por su soberano, el príncipe Juan, elector de Sajonia (en Alemania). Al visitar las varias congregaciones de su distrito, Lutero encontró en las iglesias una verdadera miseria espiritual. Solamente en las grandes ciudades había una instrucción religiosa tolerable. Pero en las aldeas y en el campo mucha gente, bajo el nombre de cristianos, vivía abiertamente en pecados y vicios. Todos ellos habían sido bautizados y gozaban del privilegio de comulgar, mas no habían aprendido ni aun las partes más necesarias de la doctrina cristiana.

      ¿Y cómo podían aprenderlas? si también “muchos párrocos o curas eran ineptos e incompetentes para enseñar . . . . sin saber tan siquiera el Padrenuestro, ni el Credo, ni los Diez Mandamientos, viviendo muchos de ellos como bestias”. Y ya, desde el año 1517, se les predicaba “la salvación por la fe, sin las obras de la Ley”, y esto lo tomaron muchos, tanto sacerdotes como feligreses, como un permiso general para pecar más aún. Quitadas las falsas y onerosas leyes impuestas por el papa, entonces abusaban en grande escala de la libertad que les trajo el Evangelio.

      Pero, preguntaréis, ¿no había obispos que se cuidasen de la enseñanza y que obligaran a los curas a cumplir con los deberes de su oficio? Sí, ciertamente que había obispos. Pero desgraciadamente muchos de ellos, si bien que sabían mejor la doctrina cristiana, daban más importancia a la política, a las guerras, a la busca de riquezas que a sus deberes espirituales. No pocos de ellos aun daban ejemplos de una vida viciosa e impía, y así no ejercían verdaderamente, ni siquiera por un momento, su ministerio sagrado. Más todavía: los mismos obispos falsificaban la Santa Cena, quitando al pueblo la copa de bendición del Sacramento, e introdujeron otras doctrinas contrarias a la Palabra de Dios. Mientras tanto, ni averiguaban si la gente sabía el Padrenuestro, el Credo, los Diez Mandamientos, o cualquiera otra parte de la Palabra de Dios. “¡Ah, obispos! – exclama Lutero – ¿qué cuentas daréis a Cristo algún día por el descuido ignominioso en que habéis tenido al pueblo? … ¡Que el juicio no caiga sobre vosotros!” – Naturalmente, en aquel tiempo no había libros de instrucción religiosa, y una Biblia valía casi una fortuna; además, la mayoría de la gente no sabía leer.

      Fue después de esta visitación de las iglesias que Lutero se puso a escribir una forma sencilla de la doctrina cristiana. A los textos ya conocidos de los Diez Mandamientos, del Credo, del Padrenuestro, añadió sus insuperables explicaciones. A todo esto adicionó las palabras de los Sacramentos, también con excelentes explicaciones, enseñando lo que es el Santo Bautismo y la Santa Cena según las Sagradas Escrituras, y cómo un cristiano debe utilizar estos únicos dos Sacramentos ordenados para nuestra salvación por Dios mismo. Hizo que esta enseñanza necesaria y utilísima se imprimiera en tablas de cartón para que se pudiesen colgar de la pared, sirviendo así a toda una clase. Solamente más tarde fueron estampadas estas Partes Principales en un Enchiridion o “libretín manual”, en el cual se hallaban también las oraciones más necesarias y la Tabla de Deberes de textos selectos de la Biblia. En esta forma el Catecismo Menor de Lutero se ha impreso en ediciones innumerables al través de más de cuatro siglos, y traducido en muchísimos idiomas. Ha sido llamado la Biblia de los Legos por lo útil que es para enseñar las verdades eternas y salvadores de la Palabra de Dios a los niños y a personas de poca o mucha erudición.

      Casi al mismo tiempo apareció un libro más extenso sobre las mismas Partes Principales, llamado por Lutero el Catecismo Mayor.

      ¿Cómo se ha de Usar el Catecismo?

      Editando sus primeras tablas del Catecismo, Lutero añadió unos excelentes consejos para usarlos con el mayor provecho:

      1. Escoger una forma buena del texto, ya sea ésta u otra cualquiera, y adherirse a ella año tras año, para no confundir a los niños y jóvenes por cambios en el texto. “Sin que cambiemos una sílaba siquiera . . .”, escribe Lutero.

      2. Exigir e insistir en que los alumnos aprendan de memoria este texto escogido, palabra por palabra, repitiéndolo muchas veces, hasta que se les quede grabado en la memoria para toda la vida.

      3. “Cuando hayan aprendido de memoria el texto, enseñarles también el sentido del mismo, de manera que conozcan su significado . . . No es necesario tomar todas las partes a una vez”.

      4. “Después de haberles enseñado el Catecismo Menor, tomar el Catecismo Mayor e impartirles un conocimiento más abundante y extenso”. (Para este fin tenemos hoy día el excelente catecismo llamado Exposición Breve del Catecismo Menor, con su arreglo insuperable de preguntas y respuestas, y su rica selección de textos bíblicos para explicar y comprobar las doctrinas expuestas, y con referencias a gran número de historias bíblicas. En la edición encuadernada de este presente libro la Exposición Breve se encuentra luego después de las Preguntas Cristianas a empezar en la página 40.)

      5. “Por último, como ya la tiranía del papa ha desaparecido, encontramos que muchos no acuden a la Santa Cena, sino que la menosprecian. Por lo tanto, es necesario que apremiemos en esto, sin olvidar desde luego que no debemos forzar a nadie a que crea o a que reciba la Santa Cena, ni tampoco fijarle ley, tiempo, o lugar para la misma; sino que debemos predicar de tal manera que podamos sembrar en ellos el deseo de acudir a los Sacramentos. . . . Esto lo podemos lograr diciéndoles que si uno no solicita o desea participar de la Santa Cena al menos cuatro veces al año, menosprecia el Sacramento y no es cristiano, poniéndose al nivel de aquel que no cree o rehusa oír el Evangelio”.

      Amonestación seria de Lutero

      “Por lo tanto, no necesitáis imponer leyes con respecto a este Sacramento, como ocurre en la iglesia papista; mas exponed con claridad el beneficio y el perjuicio, la necesidad y el uso, el peligro y la bendición de la Santa Cena. v la gente vendrá a ella de su propia voluntad sin necesidad de compulsión. . . .
      “Por lo tanto, velad, pastores y predicadores; nuestro cargo es muy diferente de lo que era cuando estábamos bajo el dominio del papa. Ahora es un cargo serio y saludable, y requiere más incomodidad y trabajo, más peligro y sufrimiento, y no nos asegura mucha recompensa y gratitud en este mundo. Mas si trabajamos fielmente, Cristo mismo será nuestra recompensa. ¡Que el Señor de la divina gracia nos conceda esto! ¡A Él sólo alabemos y le demos gracias eternamente por Jesucristo, nuestro Señor! Amén”.

      ILS MODERNA

      EL CATECISMO MENOR DE MARTIN LUTERO

      LOS DIEZ MANDAMIENTOS
      Como el jefe de la familia debe enseñarlos sencillamente en su casa

      El Primer Mandamiento

      No tendrás dioses ajenos delante de mí.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios y confiar en Él sobre todas las cosas.

      El Segundo Mandamiento

      No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que no usemos su nombre para maldecir, jurar, hechizar, mentir o engañar, sino que le invoquemos en todas las necesidades, le adoremos, alabemos y demos gracias.

      El Tercer Mandamiento

      Acuérdate del día de reposo para santificarlo.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que no despreciemos su Palabra y la predicación de ella, sino que la consideremos santa, la oigamos y aprendamos de buena voluntad.

      El Cuarto Mandamiento

      Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que no despreciemos ni irritemos a nuestros padres y superiores, sino que les honremos, sirvamos y obedezcamos, amándoles y estimándoles en gran manera.

      El Quinto Mandamiento

      No matarás.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que no hagamos desafío a nuestro prójimo ni amarguemos su vida, sino que le ayudemos y protejamos en todo peligro y necesidad.

      El Sexto Mandamiento

      No cometerás adulterio.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que llevemos una vida casta y honesta en palabras y obras, y que el esposo y la esposa se amen y honren mutuamente.

      El Séptimo Mandamiento

      No hurtarás.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que no quitemos el dinero o los bienes a nuestro prójimo, ni nos apropiemos de ellos con malas mercancías o ¡lícitos negocios, sino que le ayudemos a conservar y mejorar sus bienes y medios de vida.

      El Octavo Mandamiento

      No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que no mintamos contra nuestro prójimo, ni le traicionemos, ni le calumniemos, ni le difamemos, sino que le disculpemos, hablemos bien de él e interpretemos todo en el mejor sentido.

      El Noveno Mandamiento

      No codiciarás la casa de tu prójimo.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que no tratemos de obtener con astucia la herencia o la casa de nuestro prójimo, ni nos apropiemos de ellas alegando un derecho ficticio, sino que le ayudemos y cooperemos con él en la conservación de lo que le pertenece.

      El Décimo Mandamiento

      No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo.

      ¿Qué significa esto?
      Debemos temer y amar a Dios de modo que no le sonsaquemos al prójimo su mujer, sus criados o sus animales, ni los alejemos, ni los hagamos extraños a él, sino que los instemos a que permanezcan con él y cumplan diligentemente con sus obligaciones.

      ¿Qué dice Dios mismo de estos Mandamientos?
      Así dice Dios: “Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares a los que me aman y guardan mis Mandamientos”.

      ¿Qué significa esto?
      Dios amenaza con castigar a todos los que quebrantan sus Mandamientos; por tanto, temamos su ira y no traspasemos dichos Mandamientos. En cambio, Él promete su gracia y todo género de bienes a quienes los cumplen; por tanto, amémosle, confiemos en Él y observemos gustosos sus Mandamientos.

      EL CREDO
      Como el jefe de la familia debe enseñarlo sencillamente en su casa

      Artículo Primero: La Creación

      Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.

      ¿Qué significa esto?
      Creo que Dios me ha creado a mí juntamente con las demás criaturas; que me ha dado mi cuerpo y mi alma, mis ojos y mis oídos y todos mis miembros, mi razón y todos mis sentidos; y aún los sostiene; además, me da vestido y calzado, comida y bebida, casa y hogar, consorte e hijos, campos, animales y toda clase de bienes; que me provee a diario y abundantemente de todo lo que mi cuerpo y mi vida necesitan, me protege de todo peligro y me preserva y libra de todo mal. Y todo esto lo hace por pura bondad y misericordia paternales y divinas, sin que yo lo merezca, ni sea digno de ello. Por tanto, estoy obligado a darle gracias por todo y ensalzarle, servirle y obedecerle. Esto es ciertamente la verdad.

      Artículo Segundo: La Redención

      Y en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor; que fue concebido por obra del Espíritu Santo, nació de la Virgen María; padeció bajo el poder de Poncio Pilatos, fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso; y desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.

      ¿Qué significa esto?
      Creo que Jesucristo, verdadero Dios, engendrado del Padre en la eternidad, y también verdadero hombre, nacido de la Virgen María, es mi Señor, que me ha redimido a mí, hombre perdido y condenado, y me ha rescatado y librado de todos mis pecados, de la muerte y del poder del diablo; mas no con oro ni plata, sino con su santa y preciosa sangre y con su inocente Pasión y muerte; todo lo cual hizo para que yo sea suyo y viva bajo Él en su reino, y le sirva en justicia, inocencia y bienaventuranza eternas, así como Él resucitó de entre los muertos y vive y reina eternamente. Esto es ciertamente la verdad.

      Artículo Tercero: La Santificación

      Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Cristiana* la comunión de los santos; el perdón de los pecados; la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén.
      *0 se puede decir: “la santa iglesia católica”, la versión original, también de uso extenso.

      ¿Qué significa esto?
      Creo que ni por mi propia razón, ni por mis propias fuerzas soy capaz de creer en Jesucristo, mi Señor, y allegarme Él; sino que el Espíritu Santo me ha llamado mediante el Evangelio, me ha iluminado con sus dones y me ha santificado y guardado mediante la verdadera fe, del mismo modo que Él llama, congrega, ilumina y santifica a toda la cristiandad en la tierra y en Jesucristo la conserva en la única y verdadera fe; en esta cristiandad Él nos perdona todos los pecados a mí y a todos los fieles diariamente con gran misericordia, y en el postrer día me resucitará a mí y a todos los muertos y me dará en Cristo, juntamente con todos los creyentes, la vida eterna. Esto es ciertamente la verdad.

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      EL PADRENUESTRO

      Como el jefe de la familia debe enseñarlo sencillamente en su casa

      La Introducción

      Padre nuestro que estás en los cielos.

      ¿Qué significa esto?
      Con esta invocación quiere Dios atraemos para que creamos que Él es nuestro verdadero Padre y nosotros sus verdaderos hijos, de modo que con valor y plena confianza le supliquemos, como hijos amados a su amoroso padre.

      Primera Petición

      Santificado sea tu nombre.

      ¿Qué significa esto?
      Se santifica el nombre de Dios cuando la Palabra divina es enseñada con pureza y rectitud y nosotros vivimos santamente, como hijos de Dios, conforme a ella. ¡Haz que esto sea así, amado Padre celestial! Pero quien no enseña, ni vive conforme a la Palabra de Dios, profana entre nosotros el nombre de Dios. ¡Guárdanos de ello, Padre celestial!

      Segunda Petición

      Venga a nos tu reino.

      ¿Qué significa esto?
      El reino de Dios viene en verdad por sí solo, sin necesidad de nuestra oración. Pero en esta petición rogamos que también venga a nosotros.

      ¿Cómo sucede esto?
      El reino de Dios viene a nosotros cuando el Padre celestial nos da su Espíritu Santo, para que, por su gracia, creamos en su santa Palabra y llevemos una vida de piedad, en este mundo temporalmente y en el otro eternamente.

      Tercera Petición

      Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

      ¿Qué significa esto?
      La buena y misericordioso voluntad de Dios se hace en verdad sin necesidad de nuestra oración; pero en esta petición rogamos que también se haga entre nosotros.

      ¿Cómo sucede esto?
      La voluntad de Dios se hace entre nosotros cuando Dios desbarata y estorba todo mal propósito y toda mala voluntad que nos impiden santificar el nombre de Dios y son obstáculo a la venida de su reino, esto es: la voluntad del diablo, del mundo y de nuestra carne. Así también se hace la voluntad de Dios cuando Él nos fortalece y nos mantiene firmes en su Palabra y en la fe hasta el fin de nuestros días. Ésta es su buena y misericordiosa voluntad.

      Cuarta Petición

      El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

      ¿Qué significa esto?
      Dios da diariamente el pan, también sin necesidad de nuestra súplica, aun a todos los malos; pero en esta petición rogamos que Él nos haga reconocer esto para que recibamos nuestro pan cotidiano con gratitud.

      ¿En qué consiste el pan cotidiano?
      Consiste en todo aquello que se necesita como alimento y para satisfacción de las necesidades de esta vida, esto es: comida, bebida, vestido, calzado, casa, hogar, tierras, animales, dinero, bienes; piadoso consorte, hijos piadosos, piadosos trabajadores (y superiores), autoridades piadosas y fieles; buen gobierno, buen tiempo; paz, salud, buena conducta, honra, buenos amigos, solícitos vecinos y cosas semejantes a éstas.

      Quinta Petición

      Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.

      ¿Qué significa esto?
      En esta petición rogamos al Padre celestial que no tome en cuenta nuestros pecados ni por causa de ellos nos niegue lo que pedimos. Pues no somos dignos de recibir nada de lo que imploramos, ni tampoco lo merecemos. Pero quiera Dios dárnoslo todo por su gracia, ya que nosotros en verdad pecamos a diario y sólo merecemos el castigo. Así, perdonaremos también nosotros de corazón, y con agrado haremos bien a todos los que contra nosotros pecaren.

      Sexta Petición

      Y no nos dejes caer en la tentación.

      ¿Qué significa esto?
      Dios, en verdad, no tienta a nadie; pero con esta petición le rogamos que nos guarde y mantenga, a fin de que el diablo, el mundo y nuestra carne no nos engañen y seduzcan, llevándonos a una fe errónea, a la desesperación y a otros grandes vicios y vergüenzas. Y cuando fuéremos tentados a ello, que al fin alcancemos y retengamos la victoria.

      Séptima Petición

      Mas líbranos del mal.

      ¿Qué significa esto?
      En esta petición, que es compendio de todas, rogamos que el Padre celestial nos libre de todo mal de cuerpo y alma, del perjuicio en nuestros bienes y honra, y que cuando llegue nuestra última hora nos conceda un fin bienaventurado y, por su gracia, nos lleve de este valle de lágrimas al cielo, a morar con Él.

      La Conclusión

      Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

      ¿Qué significa “Amén”?
      Significa que debo estar seguro de que el Padre celestial acepta mis súplicas y las atiende; pues Él mismo nos ha ordenado orar así y ha prometido atendemos. Amén, amén, quiere decir: Sí, sí, que así sea.

      EL SACRAMENTO DEL SANTO BAUTISMO

      Como el jefe de la familia debe enseñarlo sencillamente en su casa

      Primero

      ¿Qué es el Bautismo?
      El Bautismo no es solamente agua, sino que es el agua comprendida en el mandato divino y ligada con la Palabra de Dios.

      ¿Qué palabra de Dios es ésta?
      Es la palabra de nuestro Señor Jesucristo escrita en el último capítulo del Evangelio según San Mateo: “Id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”.

      Segundo

      ¿Qué dones o beneficios confiere el Bautismo?
      El Bautismo obra el perdón de los pecados, libra de la muerte y del diablo y da la salvación eterna a todos los que creen lo que dicen las palabras y promesas de Dios.

      ¿Qué palabras y promesas son éstas?
      Son las que se encuentran en el último capítulo del Evangelio según San Marcos, donde dice nuestro Señor Jesucristo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”.

      Tercero

      ¿Cómo puede el agua hacer cosas tan grandes?
      El agua en verdad no las hace, sino la Palabra de Dios que está en unión con el agua, y la fe que se apoya en dicha Palabra de Dios ligada con el agua. Porque sin la Palabra de Dios el agua es simple agua, y no es bautismo; pero con la Palabra de Dios sí es bautismo, es decir, es un agua de vida, nena de gracia, y un “lavamiento de regeneración en el Espíritu Santo”, como San Pablo dice en el tercer capítulo de su Epístola a Tito: “Por su misericordia nos salvó por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Palabra fiel es ésta”.

      Cuarto

      ¿Qué significa este bautizo con agua?
      Significa que el viejo Adán en nosotros debe ser ahogado por pesar y arrepentimiento diarios, y que debe morir con todos sus pecados y malos deseos; asimismo, también cada día debe surgir y resucitar el nuevo hombre, para vivir eternamente delante de Dios en justicia y pureza.

      ¿Dónde está escrito esto?
      En la Epístola de San Pablo a los Romanos, capítulo seis: “Somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva”.

      EL OFICIO DE LAS LLAVES

      Como el jefe de la familia debe enseñarlo sencillamente en su casa

      ¿Qué es el Oficio de las Llaves?
      El Oficio de las Llaves es el poder peculiar que nuestro Señor Jesucristo ha dado a su Iglesia en la tierra, de perdonar los pecados a los penitentes, y de retener los pecados a los impenitentes mientras no se arrepientan.

      ¿Dónde está escrito esto?
      Así escribe el evangelista San Juan en el capítulo veinte: “El Señor sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes remitierais los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuvierais, les son retenidos”.

      ¿Qué crees según estas palabras?
      Cuando los ministros debidamente llamados de Cristo, por su mandato divino, tratan con nosotros, especialmente cuando excluyen a los pecadores manifiestos e impenitentes de la congregación cristiana, y cuando absuelven a los que se arrepienten de sus pecados y prometen enmendarse, creo que esto es tan válido y cierto, también en el cielo, como si nuestro Señor Jesucristo mismo tratase con nosotros.

      La Confesión

      ¿Qué es la confesión?
      La confesión contiene dos partes. La primera es la confesión de los pecados, y la segunda, el recibir la absolución del confesor como de Dios mismo, no dudando, sino creyendo firmemente que por ella los pecados son perdonados ante Dios en el cielo.

      ¿Qué pecados hay que confesar?
      Ante Dios uno debe tenerse por culpable de todos los pecados, aun de aquellos que ignoramos, como ya lo hacemos al decir el Padrenuestro. Pero ante el pastor confesamos solamente los pecados que conocemos y sentimos en nuestro corazón.

      ¿Cuáles son tales pecados?
      Considera tu estado con respecto a los Diez Mandamientos, seas padre o madre, hijo o hija, señor o señora o servidor; mira si has sido desobediente, infiel, perozoso, airado, insolente, reñidor; si de palabra u obra hiciste sufrir a otro; si hurtaste, fuiste negligente o derrochador o causaste algún otro daño.

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      EL SACRAMENTO DEL ALTAR

      Como el Jefe de la familia debe enseñarlo sencillamente en su casa

      ¿Qué es el Sacramento del Altar?
      El Sacramento del Altar, instituido por Cristo mismo, es el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, dados a cristianos con el pan y el vino para que los comamos y bebamos.

      ¿Dónde está escrito esto?
      Así escriben los santos evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, y también San Pablo: “Nuestro Señor Jesucristo, la noche en que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió y dio a sus discípulos, diciendo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es dado. Haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó la copa, después de haber cenado, y habiendo dado gracias, la dio a ellos diciendo: Bebed de ella todos; esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por vosotros y por muchos para remisión de los pecados. Haced esto, todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí”.

      ¿Qué beneficios confiere el comer y beber así?

      Los beneficios son indicados por las palabras: “por vosotros dado” y “por vosotros derramada para remisión de los pecados”. 0 sea, por tales palabras recibimos en el Sacramento remisión de pecados, vida y salvación; porque donde hay remisión de pecados, hay también vida y salvación.

      ¿Cómo puede este comer y beber corporal hacer cosas tan grandes?

      Ciertamente, el comer y beber corporal no es lo que las hace, sino las palabras que dicen: “por vosotros dado” y “por vosotros derramada para remisión de los pecados”. Estas palabras son, junto con el comer y beber corporal, lo principal en el Sacramento. Y el que cree dichas palabras, obtiene lo que ellas dicen y expresan; esto es: “la remisión de los pecados”.

      ¿Quién recibe este Sacramento dignamente?

      El ayuno y la preparación corporal son una buena disciplina externa; pero digno del sacramento y apto para recibirlo es quien tiene fe en las palabras: “por vosotros dado” y “por vosotros derramada para remisión de los pecados”. Mas el que no cree estas palabras o duda de ellas, no es digno, ni apto; porque las palabras “por vosotros” exigen corazones enteramente creyentes.

      Formas de Bendición que el Jefe de la Familia Debe Enseñar a los suyos por la Mañana y la Noche

      Oración de la Mañana

      Por la mañana, apenas hayas abandonado el lecho, dirás así:
      En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
      Entonces, puesto de pie o de rodillas, dirás el Credo y el Padrenuestro. Si quieres, puedes orar brevemente así:
      Te doy gracias, Padre celestial, por medio de Jesucristo, tu amado Hijo, porque me has protegido durante la noche de todo mal y peligro, y te ruego también que me preserves y me guardes de pecado y de todo mal en este día, para que en todos mis pensamientos, palabras y obras te pueda servir y agradar. En tus manos encomiendo el cuerpo, el alma y todo lo que es mío. Tu santo ángel me acompañe para que el maligno no tenga ningún poder sobre mí. Amén.
      Te dirigirás entonces con gozo a tu trabajo, entonando un himno o recitando lo que tu corazón te dicte.

      Oración de la Noche

      Por la noche, cuando te retires a descansar, dirás así:
      En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
      Entonces, puesto de pie o de rodillas, dirás el Credo y el Padrenuestro. Si quieres, puedes orar brevemente así:
      Te doy gracias, Padre celestial, por medio de Jesucristo, tu amado Hijo, porque me has protegido con tu gracia en este día, y te ruego que me perdones todos los pecados que haya cometido, y que por tu gran misericordia me guardes de todos los peligros de esta noche. En tus manos encomiendo el cuerpo, el alma y todo lo que es mío. Tu santo ángel me acompañe para que el maligno no tenga ningún poder sobre mí. Amén.
      Luego descansa confiadamente.

      Bendición de la Mesa y Acción de Gracias que el Jefe de la Familia Debe Enseñar a los Suyos

      La Bendición

      Tanto los niños como los criados se acercarán a la mesa con reverencia, y dirán así:
      Los ojos de todos esperan en Ti, Señor, y Tú les das su comida a su tiempo. Abres tu mano y colmas de bendición a todo ser viviente.
      Luego recitarán el Padrenuestro y esta oración:
      Señor Dios, Padre celestial: Bendícenos y bendice estos tus dones, que de tu gran bondad recibimos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

      Acción de Gracias

      Después de haber comido, con reverencia dirán así:
      Alabad al Señor, porque es bueno; porque para siempre es su misericordia. Él da alimento a todo ser viviente; a la bestia su mantenimiento, y a los pequeños cuervos que claman. No se deleita en la fuerza del caballo, ni se complace en la agilidad del hombre. Se complace el Señor en los que le temen, y en los que esperan en su misericordia.
      Entonces recitarán el Padrenuestro, añadiendo la siguiente oración:
      Te damos gracias, Dios, Señor nuestro y Padre celestial, por Jesucristo nuestro Señor, por todos tus beneficios: Tú que vives y reinas ahora y por siempre. Amén.

      Tablas de Deberes

      Ciertas porciones de las Sagradas Escrituras, por las cuales el cristiano es amonestado con respecto a su vocación y a sus deberes

      Sobre los Obispos, Pastores y Predicadores

      Es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad; no un neófito; retenedor de la palabra fiel tal como ha sido ensenada, para que también pueda exhortar con sana enseñanza y convencer a los que contradicen. 1 Tim. 3:2-6; Tito 1: 9.

      Deberes de los Cristianos para con sus Maestros y Pastores

      Comed y bebed lo que os dieren; porque el obrero digno es de su salario. Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio. Luc. 10:7; 1 Cor. 9:14.
      El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye; no os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Gál. 6: 6-7.
      Los ancianos que gobiernan bien, sean tenidos por dignos de doble honor, mayormente los que trabajan en predicar y enseñar; pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario. 1 Tim. 5:17-18.
      Os rogamos, hermanos, que reconozcáis a los que trabajan entre vosotros, y os presiden en el Señor, y os amonestan; y que los tengáis en mucha estima y amor por causa de su obra. Tened paz entre vosotros. 1 Tes. 5: 12-13.
      Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no oses provechoso. Heb. 13: 17.

      Sobre la Autoridad Civil

      Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios y las que hay, por Dios han sido establecidas; porque es servidor de Dios para tu bien. Pero si haces lo malo, teme; porque no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo. Rom. 13:1-4.
      Deberes del Ciudadano para con la Autoridad Civil
      Le dijeron: De César. Y les dijo: Dad, pues, a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios. Mat. 22: 21.
      Por lo cual es necesario estarle sujetos, no solamente por razón del castigo, sino también por causa de la conciencia. Pagad a todos lo que debéis: al que tributo, tributo; al que impuesto, impuesto; al que respeto, respeto; al que honra, honra. Rom. 13:5-7.
      Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad. Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador. 1 Tim. 2:1-3.
      Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra. Tit. 3:1.
      Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien. 1 Ped. 2:13-14.

      Los Maridos

      Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas. Col. 3:19.
      Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo. 1 Ped.3:7.

      Las Esposas

      Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor. Efe. 5:22.
      Casadas, estad sujetas a vuestros maridos, como conviene en el Señor. Col. 3:18.
      Como Sara obedecía a Abraham, llamándole señor; de la cual vosotras habéis venido a ser hijas, si hacéis el bien, sin temer ninguna amenaza. 1 Ped. 3: 6.

      Los Padres

      Vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina, y amonestación del Señor. Efe. 6:4.
      Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten. Col. 3:21.

      Los Hijos

      Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra. Efe. 6:1-3.
      Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, porque esto agrada al Señor. Col. 3: 20.

      Los Sirvientes, Jornaleros, Obreros, etc.

      Siervos, obedeced a vuestros amos terrenales con temor y temblor, con sencillez de vuestro corazón, como a Cristo; no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios; sirviendo de buena voluntad como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, ése recibirá del Señor, sea siervo o sea libre. Efe. 6: 5-8.
      Siervos, obedeced en todo a vuestros amos terrenales, no sirviendo al ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino con corazón sincero, temiendo a Dios. Col. 3:22.

      Los Amos, Patronos, Jefes, etc.

      Vosotros, amos, haced con ellos lo mismo, dejando las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos, y que para él no hay acepción de personas. Efe. 6:9.
      Amos, haced lo que es justo y recto con vuestros siervos, sabiendo que también vosotros tenéis un Amo en los cielos. Col. 4: 1.

      La Juventud en General

      Igualmente, jóvenes, estad sujetos a los ancianos; y todos sumisos unos a otros, revestíos de humildad; porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo. 1 Ped. 5:5-6.

      Las Viudas

      Mas la que en verdad es viuda y ha quedado sola, espera en Dios, y es diligente en súplicas y oraciones noche y día. Pero la que se entrega a los placeres, viviendo está muerta. 1 Tim. 5:5-6.

      Los Cristianos en General

      No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor. Rom. 13:9-10.
      Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres. 1 Tim. 2: 1-2.
      Lo suyo aprenda cada cual, y en casa nada podrá ir mal.

      PREGUNTAS CRISTIANAS
      con sus respuestas, formuladas por el doctor Martín Lutero para los que intentan comulgar

      Después de la confesión e instrucción en los Diez Mandamientos, el Credo, el Padrenuestro, los Sacramentos del Santo Bautismo y la Santa Cena, el confesor preguntará, o uno a sí mismo:

      1. ¿Crees que eres pecador?
      Sí, lo creo; soy pecador.

      2. ¿Cómo lo sabes?
      Sé que soy pecador por los Diez Mandamientos, los cuales no he guardado.

      3. ¿Sientes pesar por tus pecados?
      Sí, siento mucho el haber pecado contra Dios.

      4. ¿Qué mereciste de Dios por tus pecados?
      Merecí la ira y el desagrado de Dios, muerte temporal y eterna condenación.

      5. ¿Esperas ser salvo?
      Sí, es mi esperanza entrar en la vida eterna.

      6. ¿En quién confías para tu salvación?
      Confío en mi amado Señor Jesucristo.

      7. ¿Quién es Cristo?
      Cristo es el Hijo de Dios, verdadero Dios y hombre.

      8. ¿Cuántos dioses hay?
      Hay un solo Dios; mas hay tres personas: el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo.

      9. ¿Qué ha hecho Cristo por ti para que confíes en Él?
      Cristo murió por mí, derramando su sangre en la cruz para la remisión de mis pecados.

      10. ¿El Padre también murió por ti?
      No; el Padre es Dios solamente, el Espíritu Santo también. Mas el Hijo es verdadero Dios y verdadero hombre: Él murió por mí y derramó su sangre por mí.

      11. ¿Cómo lo sabes?
      Lo sé por el santo Evangelio y por las palabras del Sacramento, y por su cuerpo y sangre que se me dan como prenda en la Santa Cena.

      12. ¿Cuáles son estas palabras?
      El Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos: esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros es derramada para remisión de los pecados; haced esto, todas las veces que la bebierais, en memoria de mí.

      13. ¿Crees, pues, que en la Santa Cena está el verdadero cuerpo y sangre de Cristo?
      Sí, lo creo.

      14. ¿Qué te hace creerlo?
      Háceme creerlo la palabra de Cristo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo; bebed de ella todos: esto es mi sangre.

      15. ¿Qué debemos hacer cuando comemos su cuerpo y bebemos su sangre, recibiendo así la prenda de la promesa?
      Debemos anunciar su muerte y el derramamiento de su sangre, y pensar como Él enseñó: Haced esto, todas las veces que la bebierais, en memoria de mí.

      16. ¿Por qué debemos pensar en la muerte de Cristo y anunciarla?
      Debemos aprender a creer que ninguna criatura ha podido expiar nuestros pecados, sino Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre; y debemos aprender también a considerar con temor nuestros pecados y conocerlos en verdad como graves, y regocijarnos y consolarnos sólo en Él, y por tal fe ser salvos.

      17. ¿Qué indujo a Cristo a morir por tus pecados y expiarlos?
      Cristo murió por mí movido por su gran amor para con su Padre, para conmigo y los demás pecadores, como está escrito en Juan 15:13; Rom. 5:8; Gál. 2:20; Efe. 5:2.

      18. En fin, ¿por qué deseas comulgar?
      En la Santa Cena quiero aprender a creer que Cristo murió por mis pecados, por el gran amor que tiene para conmigo, como queda dicho; y quiero aprender también de Él a amar a Dios y a mi prójimo.

      19. ¿Qué ha de amonestar y animar al cristiano que comulgue con frecuencia?
      Respecto a Dios, tanto el mandato como la promesa del Señor Jesucristo deben animar al cristiano a comulgar con frecuencia; mas con respecto a sí mismo, la miseria que lo aflige debe impulsarlo, debido a lo cual se dan tal mandato, estímulo y promesa.

      20. Pero, ¿qué debe hacer uno, si no siente esa miseria, ni tampoco esa hambre y sed por la Cena del Señor?
      Al tal no se podrá aconsejar mejor que, en primer lugar, ponga su mano en su pecho y palpe si tiene todavía carne y sangre, y crea lo que las Sagradas Escrituras dicen en Gál. 5:19 y Rom. 7:18.
      En segundo lugar, debe mirar en torno de sí, para ver si está aún en el mundo, y debe pensar que no faltarán pecados y miserias, como dicen las Sagradas Escrituras en Juan 15:18; 16:20 y 1 Juan 2:15-16; 5:19.
      En tercer lugar, seguramente tendrá también al diablo muy cerca de sí, quien con mentiras y asechanzas de día y noche no lo dejará en paz interior ni exteriormente, como lo describen las Sagradas Escrituras en Juan 8:44; 1 Ped. 5:8-9; Efe. 6:11-12; 2 Tim. 2:26.

      NOTA

      Estas preguntas y respuestas no son juguete, sino que han sido compuestas con toda seriedad y propósito por el venerable y piadoso doctor Martín Lutero, para jóvenes y ancianos. Cada uno debe considerarlas bien y con toda seriedad, pues el apóstol San Pablo dice a los Gálatas en el capítulo sexto: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado”.

      Fin del texto del Catecismo Menor de Lutero

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      El Credo de Atanasio

      24 06 2009

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      El Credo de Atanasio

      Todo el que quiere ser salvo, antes que todo es necesario que tenga la verdadera fe cristiana.
      Y si alguno no la guardare íntegra e inviolada, es indudable que perecerá eternamente.
      Y la verdadera fe cristiana es esta, que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y la Trinidad en la unidad; no confundiendo las personas, ni dividiendo la substancia.
      Una es la persona del Padre, otra la del Hijo, otra la del Espíritu Santo.
      Pero una sola es la divinidad del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; igual es la gloria, y coeterna la majestad.
      Cual el Padre, tal el Hijo, tal el Espíritu Santo.
      Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo.
      El Padre es inmenso, el Hijo es inmenso, el Espíritu Santo es inmenso.
      El Padre es eterno, el Hijo es eterno, el Espíritu Santo es eterno.
      Sin embargo, no son tres eternos, sino un Eterno.
      Como tampoco son tres increados, ni tres inmensos, sino un Increado y un Inmenso.
      Igualmente, el Padre es todopoderoso, el Hijo es todopoderoso, el Espíritu Santo es todopoderoso. Sin embargo, no son tres todopoderosos, sino un Todopoderoso.
      Así que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios.
      Sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios.
      Asimismo, el Padre es Señor, el Hijo es Señor, el Espíritu Santo es Señor.
      Sin embargo, no son tres señores, sino un solo Señor.
      Porque, así como somos compelidos por la verdad cristiana a confesar a cada una de las tres personas, por sí misma, Dios y Señor:
      Así nos prohibe la religión cristiana decir que son tres dioses y tres señores.
      El Padre no fue hecho por nadie, ni creado, ni engrendrado.
      El Espíritu Santo es del Padre y del Hijo; ni hecho ni creado, ni engendrado, sino procedente.
      Así que es un Padre, no tres padres; un Hijo, no tres hijos; un Espíritu Santo, no tres espíritus santos.
      Y en esta Trinidad ninguno es primero o postrero; ninguno mayor o menor; sino que todas las tres personas son coeternas juntamente y coiguales;
      Así que en todas las cosas, como queda dicho, debe ser venerada la Trinidad en la unidad, y la unidad en la Trinidad.
      Quien, pues, quiere ser salvo, debe pensar así de la Trinidad.
      Además, es necesario para la salvación que se crea también fielmente la encarnación de nuestro Señor Jesucristo.
      Esta es, pues, la fe verdadera, que creamos y confesemos que nuestro Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, es Dios y hombre;
      Dios de la substancia del Padre, engendrado antes de los siglos; y hombre de la substancia de su madre, nacido en el tiempo;
      Perfecto Dios y perfecto hombre, subsistiendo de alma racional y de carne humana;
      Igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad;
      Quien, aunque es Dios y hombre, sin embargo no son dos, sino un solo Cristo;
      Uno, empero, no por la conversión de la divinidad en carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios;
      Absolutamente uno, no por la confusión de la substancia, sino por la unidad de la persona.
      Porque como el alma racional y la carne es un hombre, así Dios y el hombre es un Cristo;
      Quien padeció por nuestra salvación; descendió al infierno, al tercer día resucitó de los muertos;
      Subió al cielo; está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso;
      De donde ha de venir para juzgar a los vivos y a los muertos;
      En cuya venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos; y han de dar cuenta de sus propias obras.
      Los que hicieron bien, irán a la vida eterna; pero los que hicieron mal, al fuego eterno.
      Esta es la verdadera fe cristiana; que si alguno no la creyere firme y fielmente, no podrá ser salvo.

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