¿Sobrepasamiento y colapso del sistema mundial?

31 07 2009

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Por Leonardo Boff.

Observador Juvenil/El Esplendor.

Hoy en día en todos los países y foros se habla de desarrollo-crecimiento como nunca antes. Es una obsesión que nos acompaña por lo menos desde hace tres siglos. Ahora que se ha producido el colapso económico, la idea ha vuelto con renovado vigor, porque la lógica del sistema no permite, sin autonegarse, abandonar esa idea-matriz. ¡Ay de las economías que no consigan rehacer sus niveles de desarrollo-crecimiento! Van a sucumbir junto a una eventual tragedia ecológica y humanitaria.

Pero tenemos que decirlo con todas las letras: retomar esa idea es una trampa en la que está cayendo la mayoría, inclusive Benedicto XVI en su reciente encíclica Caritas in veritate, dedicada al desarrollo. Esto puede verificarse casi de manera unánime en los discursos de los representantes de los 192 pueblos presentes en la reunión de la ONU a finales de junio. La gran excepción, que causó asombro, fue el discurso inicial y final del presidente de la Asamblea General, Miguel d’Escoto, que pensó hacia delante en la lógica de otro paradigma de relación Tierra-Vida-Humanidad, y subordinando el desarrollo al servicio de estas realidades centrales. Del resto no se oía otra cosa: hay que retomar el desarrollo-crecimiento, si no la crisis se perenniza.

¿Por qué digo que es una trampa? Porque para alcanzar los índices mínimos de desarrollo-crecimiento del 2% anual previsto, necesitaríamos dentro de poco dos Tierras iguales a la que tenemos. No lo digo yo, lo dijo el expresidente francés Jacques Chirac cuando el IPCC publicó en Paris el 2 de febrero de 2007 los resultados del calentamiento global. Lo repiten con frecuencia el renombrado biólogo Edgard Wilson y el formulador de la teoría de la Tierra como Gaia, James Lovelock, entre otros. La Tierra está dando señales inequívocas de estrés generalizado. Hay límites que no se pueden sobrepasar.

Recientemente, el Secretario de la ONU, Ban-Ki-Moon advirtió a los pueblos de que solamente tenemos unos diez años para salvar a la civilización humana de una castástrofe ecológica planetaria. En un número reciente de la revista Nature, un prestigioso grupo de científicos publicó un informe sobre «Los límites del planeta» (planetary boundaries) en el que afirmaban que en varios ecosistemas de la Tierra estamos llegando punto de no retorno (tipping point) con referencia a la desertificación, la fusión de los cascos polares y del Himalaya, y a la creciente acidez de los océanos. Cabe aquí citar, en mi opinión, el mejor fundamentado estudio de los autores del legendario Los límites del crecimiento del Club de Roma de 1972: D. Meadows y J. Randers. Su libro de 1991 tiene un título que es una llamada de alerta: Mas allá de los límites: colapso total o un futuro sostenible.

La tesis de estos autores es que la excesiva aceleración del desarrollo-crecimiento de las últimas décadas, del consumo y del desperdicio, nos han hecho conocer los límites ecológicos de la Tierra. No hay técnica ni modelo económico que garantice la sostenibilidad del proyecto actual. El economista Ignacy Sachs, amigo de Brasil, uno de los pocos que propone un ecosociodesarrollo comenta: «No se puede excluir la idea de que, por exceso de aplicación de racionalidad parcial, acabemos en una línea de irracionalidad global suicida» («Forum», junio 2009 p.19). Ya he afirmado en este espacio que la cultura del capital tiene una tendencia autosuicida. Prefiere morir a cambiar, arrastrando a otros consigo.

Los formuladores de la visión sistémica llaman a este fenómeno sobrepasamiento y colapso. Es decir, sobrepasamos los límites y nos dirigimos hacia un colapso.

¿Estaré siendo pesimista? Respondo con José Saramago: «no soy pesimista, la realidad es la que es pésima». Efectivamente: o abandonamos el barco del desarrollo insostenible en dirección a lo que la Carta de la Tierra llama «un modo sostenible de vivir» y los andinos «el bien vivir», o vamos a tener que aceptar el riesgo de ser despedidos de este planeta.

Pero como el universo está hecho de virtualidades todavía no ensayadas, esperamos que surja una que nos salve a todos.


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Gobiernos inconscientes e irresponsables

25 07 2009

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Por Leonardo Boff.

Observador Juvenil/El Esplendor.

Quienes tuvieron la suerte de dar seguimiento a la cumbre de los pueblos (192 pueblos), en la ONU, del 24 al 26 de junio, para encontrar salidas incluyentes a la crisis económico-financiera, vivenciarían una doble perplejidad. La primera, el haber llegado a un sorprendente consenso acerca de medidas económicas y financieras que deberían ser puestas en marcha a corto y a medio plazo, en función del desarrollo/crecimiento. La segunda, el verificar que todo se concentró solamente en el aspecto económico-financiero, sin referencia alguna a los limites de la biosfera y a la devastación de la naturaleza que el tipo de desarrollo vigente implica. Es decir, la economía se volvió un conjunto de teorías y fórmulas que los expertos dominan y aplican a los países, olvidándose de que esa economía es parte de la sociedad y de la política, y que, por lo tanto, está ligada a la vida de las personas. Era como si los políticos y expertos no respiraran, no comieran ni se vistieran, y anduvieran por las nubes en lugar de andar por el suelo. Para ellos, tales cosas importantes son externalidades que no cuentan.

Al oírlos, pensaba yo para mis adentros: cuán inconscientes e irresponsables son estos políticos, representantes de sus pueblos, que no se dan cuenta de que la verdadera crisis no es ésa que discuten, sino la de la insostenibilidad de la biosfera y la incapacidad de la Madre Tierra para reponer los recursos y servicios necesarios para la humanidad y para la comunidad. Bien advirtió el exsecretario de la ONU Kofi Annan: esta insostenibilidad no impide solamente la producción y la reproducción, sino que pone en riesgo la supervivencia de la especie humana.

Todos están siendo rehenes de la locura económica del «desarrollo», entendido como mero crecimiento económico (PIB, producto interior bruto…). Ahora bien, este paradigma de desarrollo -mentirosamente sostenible- del actual modo de acumulación mundial, está llevando a la humanidad y a la Tierra a la ruina. Las personas son lo último que cuenta. Primero vienen siempre los mercados, los bancos, el sistema financiero. Con sólo el 1% de lo que se aplicó para salvar a los bancos de la quiebra (algunos billones de dólares), se podría solucionar el hambre del planeta, afirma la FAO. Y actualmente la misma FAO ha alertado de que existen países con reserva de alimentos para sólo tres meses. Sin una cooperación mundial articulada, habrá hambre y muerte para millones de personas.

Discutir la crisis económico-financiera sin incluir las demás crisis -la del calentamiento global, la alimentaria, la energética y la humanitaria-, es mentir a los pueblos sobre la situación real de la Humanidad. Temo que dentro de unos años, nuestros hijos y nietos, mirando hacia nuestro tiempo, tengan motivos para maldecirnos y despreciarnos por no haber hecho lo que debíamos hacer. Conocíamos los riesgos y preferimos salvar el dinero y garantizar los bonus, cuando deberíamos haber salvado el Titanic que se hundía.

En este sentido Brasil es una pena: si hay un país en el mundo que goza de las mejores oportunidades ecológicas y geopolíticas para ayudar a formular el proyecto del «otro mundo necesario para toda la humanidad», ése sería Brasil.

Es la potencia de las aguas, posee la mayor biodiversidad del planeta, las mayores florestas tropicales, la posibilidad de una matriz energética limpia a base de agua, de viento, de sol, de mareas y de biomasa… pero no ha despertado todavía. En los foros mundiales vive en permanente siesta política, inconsciente, “yaciendo eternamente en una espléndida cuna” (palabras del Himno nacional brasileño). No se ha percatado de sus posibilidades, ni de su responsabilidad respecto a la salvaguarda de la Tierra y de la Vida.

Al contrario, marchando en dirección opuesta a la historia, estamos construyendo fábricas a base de carbón. Hemos deforestado 1.084 km2 de la Amazonia deede agosto de 2008 a mayo de 2009. Y somos el quinto mayor generador de polución del mundo… El factor ecológico no es estratégico para el actual gobierno. Somos ignorantes, atrasados, faltos de sentido de responsabilidad ante a nuestro futuro común.

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Al Papa le Hace Falta un Poco de Marxismo

18 07 2009

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Por Leonardo Boff.

Observador Juvenil/El Esplendor.

La nueva encíclica de Benedicto XVI Caritas in Veritate del 7 de julio último es una toma de posición de la Iglesia ante la crisis actual. El conjunto de las crisis que afectan a la humanidad y que conllevan amenazas severas sobre el sistema de la vida y su futuro, pediría un texto profético, cargado de urgencia. Pero no ha sido eso lo que hemos recibido sino una larga y detallada reflexión sobre la mayoría de los problemas actuales, que van desde la crisis económica al turismo, de la biotecnología a la crisis ambiental, y proyecciones sobre un Gobierno mundial de la globalización. El género no es profético, «el cual supondría un análisis concreto de una situación concreta» que posibilitaría emitir un juicio sobre los problemas a la vista en forma de denuncia-anuncio. Pero no está en la naturaleza de este papa ser profeta. Él es un doctor y un maestro. Elabora el discurso oficial del Magisterio, cuya perspectiva no viene de abajo, de la vida real y conflictiva, sino de arriba, de la doctrina ortodoxa que esfuma las contradicciones y minimiza los conflictos. La tónica dominante no es la del análisis, sino la de la ética, la de lo que deber ser.

Como no analiza la realidad actual, extremadamente compleja, el discurso magisterial permanece principista, equilibrista y se define por su indefinición. El subtexto del texto, lo no dicho en lo dicho, remite a una inocencia teórica que inconscientemente asume la ideología funcional de la sociedad dominante. Se nota ya al abordar el tema central ―el desarrollo― tan criticado hoy por no tener en cuenta los limites ecológicos de la Tierra. De esto la encíclica no dice nada. Su visión es que el sistema mundial se presenta fundamentalmente correcto. Lo que existen son disfunciones, no contradicciones. Ese diagnóstico sugiere la siguiente terapia, semejante a la del G-20: rectificaciones y no cambios, mejorías y no cambio de paradigma, reformas y no liberaciones. Es el imperativo del maestro: «corrección»; no el del profeta: «conversión».

Al leer el texto, largo y pesado, acabamos pensando: ¡qué bien le vendría al papa actual un poco de marxismo! Éste, a partir de los oprimidos, tiene el mérito de desenmascarar las oposiciones presentes en el sistema actual, sacar a la luz los conflictos de poder y denunciar la voracidad incontenida de la sociedad de mercado, competitiva, consumista, nada cooperativa e injusta. Ella representa un pecado social y estructural que sacrifica millones en el altar de la producción para el consumo ilimitado. Esto debería denunciarlo proféticamente el papa. Pero no lo hace.

El texto del Magisterio, olímpicamente por fuera y por encima de la situación conflictiva actual, no es ideológicamente «neutro» como pretende. Es un discurso reproductor del sistema imperante, que hace sufrir a todos especialmente a los pobres. No es cuestión de que Benedicto XVI lo quiera o no lo quiera, sino de la lógica estructural de su discurso magisterial. Por renunciar a un análisis crítico serio, paga un alto precio en ineficacia teórica y práctica. No innova, repite.

Y ahí pierde una enorme oportunidad de dirigirse a la humanidad en un momento dramático de la historia, a partir del capital simbólico de transformación y de esperanza contenido en el mensaje cristiano. Este papa no valora el nuevo cielo y la nueva Tierra, que pueden ser anticipados por las prácticas humanas, solamente conoce esta vida decadente, y por sí misma insostenible (su pesimismo cultural), y la vida eterna y el cielo que vendrán. Se aleja así del gran mensaje bíblico que tiene consecuencias políticas revolucionarias al afirmar que la utopía terminal del Reino de la justicia, del amor y de la libertad sólo será real en la medida en que se construyan y se anticipen, en los límites del espacio y del tiempo histórico, tales bienes entre nosotros.

Curiosamente, haciendo abstracción de nociones fideístas recurrentes («sólo a través de la caridad cristiana es posible el desarrollo integral»), cuando se «olvida» del tono magisterial en la parte final de la encíclica, habla de cosas sensatas como la reforma de la ONU, la nueva arquitectura económico-financiera internacional, el concepto de Bien Común del Globo y la inclusión relacional de la familia humana.

Parafraseando a Nietzsche: «¿cuánto análisis crítico es capaz de incorporar el Magisterio de la Iglesia?»


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Bifurcación de la Humanidad

11 07 2009

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Por Leonardo Boff.

Observador Juvenil/El Esplendor.

A principios de abril de este año, los veinte países más ricos del mundo (G-20) se reunieron en Londres para encontrar salidas a la crisis económico-financiera mundial. La decisión de base fue continuar en el mismo camino de antes de la crisis, pero con controles y regulaciones a partir de una mayor presencia del Estado en la economía. Los controles serían para el tiempo necesario para la superación de la crisis, a fin de evitar el colapso global, y las regulaciones serían para restaurar el crecimiento y la prosperidad con la misma lógica que prevalecía antes.

Esta opción implica continuar con la explotación de los recursos naturales que devastan los ecosistemas y hacen aumentar el calentamiento global y el foso social entre ricos y pobres. Si esto prospera, dentro de poco nos enfrentaremos a la crisis de la propia naturaleza, pues las causas no han sido eliminadas. Hay que añadir también el hecho de que los 172 países restantes (en total son 192) no fueron oídos ni consultados. Se pensó en ayudarles, pero con migajas. En efecto, toda África, el continente más vulnerable, sería socorrida con menos fondos de los que el gobierno de Estados Unidos ha usado para salvar a la General Motors.

El impacto perverso de la crisis sobre los países de bajos ingresos se presenta aterrador. Se estima que, mientras dure la crisis, más de 100 millones de personas caerán cada año en extrema pobreza y se perderán cada mes un millón de puestos de trabajo. Esta situación hizo que el Presidente de la ONU, Miguel d’Escoto Brokmann, imbuido de alto sentido humanitario y ético, convocase una reunión de alto nivel que reuniese a los 192 representantes de los pueblos para discutir conjuntamente la crisis y buscar soluciones incluyentes. Acaba de tener lugar, del 24-26 de junio, en los espacios de la ONU. Todos hablaron. Era impactante oír el clamor que venía de las entrañas de la humanidad: los ricos lamentando los billones de pérdidas en sus negocios y los pobres denunciando el aumento de la miseria de su pueblo.

Muchas voces sonaron claras: no bastan los controles y regulaciones que acaban beneficiando a los que provocaron la crisis. Es urgente un nuevo paradigma que redefina la relación con la naturaleza, con sus recursos escasos, el propósito del crecimiento y el tipo de civilización planetaria que queremos. Es importante elaborar una Declaración del Bien Común de la Humanidad y de la Tierra que oriente ética y espiritualmente el sentido de la vida en este pequeño planeta.

Tras un intenso trabajo, previamente llevado a cabo por una comisión de expertos presidida por el premio Nóbel de economía Joseph Stiglitz y con las colaboraciones venidas de cuatro mesas redondas y de la Asamblea General, se concertó un detallado documento que alcanzó el consenso de los 192 representantes. El peligro colectivo facilitó la convergencia colectiva, una rareza en la historia de la ONU.

El documento prevé medidas inmediatas, especialmente para salvar a los más vulnerables, bajo la coordinación de varias instituciones internacionales, articuladas entre sí. Pero lo más importante es la presentación de un programa de reformas sistémicas que prevé un sistema mundial de reservas con derechos especiales de giro, reformas de la gestión del FMI y del Banco Mundial, regulaciones internacionales de los mercados financieros y del comercio de derivados, y principalmente la creación de un Consejo de Coordinación Económica Mundial equivalente al Consejo de Seguridad. De esta manera se espera garantizar un desarrollo estable y sostenible.

Esta cúpula mundial es generadora de esperanza, pues la humanidad comienza a mirarse a sí misma como un todo y con un destino común. Pero todas las soluciones se orientan todavía bajo el signo del desarrollo. El factor principal de la crisis del sistema-Tierra tiene que ser cambiado por «un modo sostenible de vivir». Si no, asistiremos a la bifurcación de la humanidad entre los que disfrutan del desarrollo y los que son víctimas de él. No hemos llegado aún al nuevo paradigma de convivencia Tierra-humanidad, forjador de una nueva esperanza.

El futuro próximo, decía el Presidente de la Asamblea, pasa por la utopía que necesitamos construir para poder seguir viviendo juntos en la misma Casa Común.

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Ética para la nueva era

11 07 2009

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Por Leonardo Boff.

Observador Juvenil/El Esplendor.

Ninguna sociedad tanto en el pasado como en el presente, vive sin una ética. Como seres sociales, necesitamos elaborar ciertos consensos, cohibir ciertas acciones y crear proyectos colectivos que dan sentido y rumbo a la historia. Hoy, debido a la globalización, se constata el encuentro de muchos proyectos éticos, no todos compatibles entre sí. De cara a la nueva era de la humanidad, ahora mundializada, se siente la urgencia de una base ética mínima que pueda conseguir la aceptación de todos y hacer así viable la convivencia entre los pueblos. Veamos sucintamente cómo se han formulado las éticas en la historia.

Una fuente permanente de ética son las religiones. Éstas animan valores, dictan comportamientos y dan significado a la vida de gran parte de la humanidad, que, a pesar del proceso de secularización, se rige por una cosmovisión religiosa. Como las religiones son muchas y diferentes, las normas éticas también varían. Difícilmente se podría fundar un consenso ético basado solamente en el factor religioso. ¿Qué religión tomar como referencia? La ética fundada en la religión tiene, sin embargo, un valor inestimable por referirla a un último fundamento que es el Absoluto.

La segunda fuente es la razón. Fue mérito de los filósofos griegos el construir una arquitectura ética fundada en algo universal, precisamente la razón, presente en todos los seres humanos. A las normas que rigen la vida personal las llamaron ética y a las que presiden la vida social las llamaron política. Por eso, para ellos, la política es siempre ética. No existe, como entre nosotros, política sin ética.

Esta ética racional es irrenunciable, pero no cubre toda la vida humana, pues existen otras dimensiones que están más acá de la razón, como la vida afectiva, o más allá, como la estética y la experiencia espiritual.

La tercera fuente es el deseo. Somos, por esencia, seres de deseo. El deseo posee una estructura infinita. No conoce límites y es indefinido por ser naturalmente difuso. Cabe al ser humano darle forma. En la manera de realizar, limitar y dirigir el deseo, surgen normas y valores. La ética del deseo casa perfectamente con la cultura moderna que surgió del deseo de conquistar el mundo. Adquirió una forma particular en el capitalismo con su afán de realizar todos los deseos. Y lo hace excitando de forma exacerbada todos los deseos. La realización de deseos se relaciona con la felicidad, pero actualmente, sin freno ni control, puede poner en peligro la especie y destruir el planeta. Necesitamos incorporarla en algo más fundamental.

La cuarta fuente es el cuidado, fundado en la razón sensible y en su expresión racional, la responsabilidad. El cuidado está ligado esencialmente a la vida, pues ésta, sin cuidado, no se mantiene. De ahí que haya una tradición filosófica que viene de la antigüedad, de la fábula-mito 220 de Higinio, que define al ser humano como un ser esencialmente de cuidado. La ética del cuidado protege, potencia, preserva, cura y previene. Por su naturaleza no es agresiva y cuando interviene en la realidad lo hace tomando en consideración las consecuencias benéficas o maléficas de la intervención. Es decir, se responsabiliza de todas las acciones humanas. Cuidado y responsabilidad andan siempre juntos.

Esta ética es imperativa hoy. El planeta, la naturaleza, la humanidad, los pueblos, el mundo de la vida (Lebenswelt) están reclamando cuidado y responsabilidad. Si no trasformamos estas actitudes en valores normativos difícilmente evitaremos catástrofes en todos los niveles. Los problemas del calentamiento global y el conjunto de las distintas crisis sólo serán resueltos en el espíritu de una ética del cuidado y la responsabilidad colectiva. La ética de la nueva era.

La ética del cuidado no invalida las demás éticas, sino que las obliga a servir a la causa principal que es salvaguardar la vida y preservar la Casa Común para que siga siendo habitable.

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